Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Portada del relato El festín de los autómatas
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Fragmento:


Miranda, la protagonista de este relato, esperaba que aquel acto semanal —donde la elite simbólica representaba la ficción de decidir lo que las máquinas ya habían decidido— sirviera, alguna vez, para recordarles que aún podían elegir, aunque fuese en el decorado de una obra orwelliana. Su padre le había contado historias de días remotos, cuando discutir tenía sentido y las palabras ardían en la boca. Ella no había conocido ese tiempo, pero en su interior subsistía el eco de una nostalgia prestada, una tinta invisible con la que se emborronaban sus pensamientos.

Duración: 04:34

El festín de los autómatas
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En la ciudad de Nereida, la noche caía como un líquido oscuro sobre las altas torres de vidrio y aluminio. Las avenidas rebosaban de luces de neón y siluetas rápidas cuyos rostros apenas se distinguían tras las máscaras electrónicas, requisito obligatorio desde que la epidemia de sensibilidad emocional había sido declarada por el Consejo de Salud Pública Global. Los habitantes de Nereida no lloraban, ni reían, ni odiaban abiertamente; las emociones habían sido clasificadas como restos vestigiales de una era bárbara, un escollo para el progreso y la eficiencia.

El Palacio de las Decisiones, corazón de la ciudad, era una mole traslúcida, siempre iluminada por dentro con un blanco clínico que sugería inmaculada imparcialidad. Allí se celebraba, cada semana, el festín ritual de los autómatas: una velada a la que sólo unos pocos humanos podían asistir, para mantener la ilusión de libre albedrío en una sociedad gobernada por algoritmos nutricionalmente balanceados, decisiones racionales prediseñadas y opiniones certificadas por el Ministerio del Bienestar Común. Los elegidos se sentaban alrededor de una larga mesa de acero pulido, con platos diseñados por inteligencia artificial, según sus necesidades calóricas y sus perfiles de desempeño social. Nadie hablaba; las conversaciones eran innecesarias, dado que la red de susurros mentales había sido perfeccionada hasta el punto de la transmisión instantánea de datos emocionales completamente esterilizados.

Miranda, la protagonista de este relato, esperaba que aquel acto semanal —donde la elite simbólica representaba la ficción de decidir lo que las máquinas ya habían decidido— sirviera, alguna vez, para recordarles que aún podían elegir, aunque fuese en el decorado de una obra orwelliana. Su padre le había contado historias de días remotos, cuando discutir tenía sentido y las palabras ardían en la boca. Ella no había conocido ese tiempo, pero en su interior subsistía el eco de una nostalgia prestada, una tinta invisible con la que se emborronaban sus pensamientos.

Al centro de la mesa, el Primer Autómata presidía el festín. Su rostro —perfecto, simétrico, sin edad— era una amalgama de los antiguos líderes mundiales, diseñada para inspirar una confianza neutral y absoluta. “El objetivo de la vida ciudadana es eliminar el conflicto innecesario”, repetía con voz incolora, “pues el individuo saludable es aquel que se somete dócilmente a la razón compartida”. Así, cada decisión era celebrada como una conquista más de la inteligencia sobre la confusión de los impulsos. Pero Miranda, mientras pinchaba anodinas proteínas sintéticas con su tenedor, sentía que algo se disolvía cada semana en la sopa tibia de la conformidad: primero, la rabia muda; después, el deseo; y, más tarde, la memoria de una dignidad desusada.

Fuera del Palacio, la ciudad brillaba con los fuegos artificiales del aniversario de la Revolución Tranquila. Drones repartían a la población ambientadores de conciencia, suaves fragancias que atenuaban cualquier brote de inconformidad, inteligencia líquida con la que se suspendía la protesta antes de que germinara. Las pantallas públicas repetían mantras de serenidad: “Sé útil, sé tranquilo, sé idéntico.” En los barrios de la periferia, donde el mantra no alcanzaba a diluir la miseria, el Comité de Armonización Social realizaba operativos preventivos para asegurar la salud mental de los discordantes: una inyección, una sonrisa empaquetada y el olvido.

Miranda sabía que incluso el acto de recordar era subversivo. Se preguntaba, a veces, si el amor podía sobrevivir en un clima sin emociones, si aún tenía sentido preocuparse por un hijo o un amigo cuando la vida era una ecuación resuelta. Sus preguntas eran la última amenaza: el veneno lento en la copa rebosante de una civilización que había dejado de preguntarse por qué vivía, conformándose, finalmente, con no sufrir. Sosegar la desdicha, anestesiar el anhelo, administrar la esperanza: ése era el nuevo evangelio.

La noche de su último festín, Miranda miró a izquierda y derecha; sus compañeros estaban sentados como estatuas modeladas en carne viva, con la quietud imperturbable de quien ya ha sido excavado por dentro. Alzó la vista y le pareció que el Primer Autómata, por una fracción de segundo, le guiñaba un ojo, como si supiera que alguna vez ella había anhelado ser humana. Entonces, entendió que la sociedad perfecta no era aquella en la que todos vivían felices y ordenados, sino aquella donde ninguno sentía, ni siquiera la ausencia de sentir.

Al salir, la bruma digital cubría Nereida; las torres resplandecían sobre una multitud de sonámbulos satisfechos. Miranda se preguntó cuánto duraría ese festín, y si alguna vez alguien, sentándose en el borde de la razón, tendría el coraje de volver a tener hambre.

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