Fragmento:
El día de la gran decisión transcurría siempre igual: tras depositar sus votos empequeñecidos, los súbditos se reunían en la Plaza Mayor para escuchar al Gran Orador, un hombre revestido de túnicas cuya principal virtud, según me aseguraron numerosos testimonios, era la capacidad de hablar durante horas sin abordar jamás el asunto en cuestión. “Amados conciudadanos”, empezaba, “hoy escribimos una nueva página de nuestra gloriosa…”, pero justo cuando iba a añadir “historia”, era interrumpido por el Tamborilero de la Esperanza, encargado de ahogar cualquier mención inapropiada a cosas concretas.
Duración: 06:18
En algún recóndito rincón del Viejo Continente, lugar olvidado incluso por los mapas más generosos, yacía una nación prodigiosa llamada Clandenburgo. Llámesele así porque en ella aquello que debía permanecer oculto era siempre lo más visible, igual que las narices de sus dirigentes, las cuales, por regla inexplicable, eran seis veces más largas que las de sus súbditos, detalle del que podría derivarse muchas más explicaciones de las necesarias; pues ¿qué otro defecto puede dar nacimiento a la vigilancia constante y el olfato por los asuntos ajenos que unas narices prodigiosas e insaciables?
En Clandenburgo, cada cuatro inviernos –ya que las primaveras, por decreto del Gran Consejo, habían sido abolidas a fin de evitar molestas floraciones y resurgimientos imprevistos– se celebraban elecciones tan ceremoniosas como vacías. Un vasto Gentío, compuesto en su mayoría por súbditos convencidos de que su voz pesaba más que un grano de arena en el desierto, se presentaba ante las urnas invertidas. No eran urnas comunes, sino recubiertas de espejos deformantes, para que quien depositaba un voto creyese ver su importancia multiplicada, cuando en verdad el cristal sólo reducía y retorcía, devolviendo al votante una imagen hinchada de sí mismo.
A las diez en punto, los Heraldos del Recuerdo, funcionarios provistos de enormes libros dorados llenos de páginas en blanco, daban el banderazo inicial. Se postulaban aspirantes a los más altos puestos de la administración, cada uno pertrechado de promesas tan sonoras como vagas: “¡Reduciremos la ignorancia!” gritaba el candidato con más diplomas colgados, mientras distribuía panfletos con letras tan minúsculas que sólo quienes llevaban lupas obsequiadas por el Estado podían descifrarlas. “¡Redistribuiremos el poder!” aseguraba su rival, repartiendo sombreros a todo el mundo, pero asegurándose de que la pluma de los suyos fuera siempre más larga y visible.
El día de la gran decisión transcurría siempre igual: tras depositar sus votos empequeñecidos, los súbditos se reunían en la Plaza Mayor para escuchar al Gran Orador, un hombre revestido de túnicas cuya principal virtud, según me aseguraron numerosos testimonios, era la capacidad de hablar durante horas sin abordar jamás el asunto en cuestión. “Amados conciudadanos”, empezaba, “hoy escribimos una nueva página de nuestra gloriosa…”, pero justo cuando iba a añadir “historia”, era interrumpido por el Tamborilero de la Esperanza, encargado de ahogar cualquier mención inapropiada a cosas concretas.
El resultado final nunca sorprendía a nadie: ganaba la facción que mejor había sabido soplar polvo de ilusiones sobre los anteojos colectivos. Las gentes entonces retornaban a sus tareas: unos a cuidar de los cultivos menguantes, otros a tejer leyes incomprensibles en el Taller de las Regulaciones, fábrica que exportaba textos legales a países vecinos, quienes los aceptaban sólo para utilizar el suave papel como envoltorio para sus propias mercancías dudosas.
Al frente del tinglado, gobernaba el Consejo de Sabios Ignorantes, compuesto por siete ancianos y una anciana –la cual sólo había conseguido su puesto porque los otros, por confusión o divertido hastío, pensaron erróneamente que votarían por un complemento para el té–. Estos dignatarios celebraban reuniones semanales en salones tan recubiertos de tapices y cortinajes, que no sólo era imposible escuchar sus deliberaciones, sino también respirar con comodidad. Así aseguraban el secreto, aunque algunos maliciosos opinaban que la atmósfera lastrada de aire viciado era idónea para inspirar las más brumosas conclusiones.
El Consejo se mantenía ocupado por días enteros debatiendo cuántas veces al año debía celebrarse la Fiesta de la Frugalidad; qué forma debían tener las galletas oficiales; cuál era el tamaño ideal de las sanciones para quienes pensaran más de la cuenta, y por qué las ranas croaban en exceso los jueves. Nada escapaba a su autoridad, salvo el sentido común, fugitivo legendario en aquellas tierras, del cual se decía había huido hacía generaciones y no tenía intención de volver.
Aquellos que osaban cuestionar el estado de las cosas sufrían rápidos exilios: los enviaban a la Isla de las Opiniones Prohibidas, pequeño peñasco rodeado de nubes y nieblas, donde debían dialogar interminablemente consigo mismos. Pese a ello, algunos regresaban tras años de soledad. Contaban anécdotas asombrosas –como haber descubierto que los problemas marchan más ligeros allá donde ninguna asamblea decide jamás sobre el sexo de los caracoles–, pero su retorno nada alteraba, pues la costumbre, esa argamasa inexpugnable, lo soldaba todo.
Entre los súbditos, sin embargo, circulaba la sospecha de que el verdadero gobierno recaía en el llamado Comité de los Trajes Invertidos, grupo de comerciantes cuyos ropajes, cosidos del revés, simbolizaban la transparencia y honestidad. En la práctica, lo único transparente era la facilidad con la que los bolsillos de tales trajes tragaban monedas, y la honestidad consistía en publicar al detalle el costo de cada favor concedido, cosa que encarecía el oficio pero ahorraba sorpresas.
Un año ocurrió algo insólito: una pequeña niña, hija de pastores, preguntó en plena plaza por qué los gobernantes necesitaban tanto ceremonial y tramoya para decir siempre lo mismo. El Gentío, a punto de echarla del recinto, fue contenido por una súbita ráfaga de viento que les revistió a todos los sombreros al revés, mostrando por un instante los pensamientos ocultos de cada cual. Entre risas nerviosas y un par de desmayos, algunos comprendieron por fin la raíz del problema: la nación entera estaba gestionada para glorificar todo aquello que más se temía y ocultar cuanto mayor era la necesidad de conocerlo.
Fue así como Clandenburgo, país de formas desmesuradas y lógica invertida, continuó avanzando con el paso regular de quien marcha en círculo creyéndose en camino recto. Los Sabios seguían deliberando, los trajes consumían fortuna, y los espejos invertían la imagen de todos hasta dejar irreconocibles los anhelos de libertad. Y si en alguna esquina alguien osaba elevar la voz, las narices de los poderosos le olían desde lejos, y de inmediato era invitado, con exquisitas fórmulas y dulces promesas de comprensión, a contemplar la Isla de las Opiniones Prohibidas, donde, dicen algunos, aún vaga el sentido común, aguardando paciente a que los hombres liberen por fin sus miradas de los imposibles espejos y los reverendísimos disfraces.
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