Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
La niñera
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
La grieta del silencio
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Ballenas filosóficas en la Cámara Baja
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Tomemos por caso a Zaphod Beeblebrox V, el presidente más mediático que jamás haya sido elegido por accidente mediante una encuesta de popularidad intergaláctica. Nunca nadie había conseguido dedicar tantas palabras a decir tan poco, y hacerlo sonar tan extraordinariamente importante. Una tarde cualquiera, Zaphod se encontró sentado en el Parlamento Congelado, llamado así por el hecho de que, en su historia, ninguna idea revolucionaria había conseguido avanzar ni un milímetro sin chocar con una pared de hielo formada por comisiones de expertos en obstrucción.

Duración: 05:35

Ballenas filosóficas en la Cámara Baja
-a / +A

En algún punto infinitamente improbable de la galaxia, existía un planeta extraordinariamente similar a la Tierra en casi todos los aspectos, salvo en uno fundamental: aquí, los políticos debían someterse a exámenes públicos de lógica y empatía, puntuados por un jurado compuesto de niños, ancianos y delfines altamente cualificados.

Naturalmente, la política en este planeta era algo más que una competición de peinados y promesas huecas. Era, para muchos, una delicada forma de arte parecida a la jardinería zen, en la que el objetivo principal consistía en recortar cuidadosamente el arbusto de la realidad hasta dar la ilusión de que todo iba perfectamente bien, incluso cuando en el centro del seto se ocultaba un basilisco hambriento y crónicamente decepcionado con los presupuestos públicos.

Tomemos por caso a Zaphod Beeblebrox V, el presidente más mediático que jamás haya sido elegido por accidente mediante una encuesta de popularidad intergaláctica. Nunca nadie había conseguido dedicar tantas palabras a decir tan poco, y hacerlo sonar tan extraordinariamente importante. Una tarde cualquiera, Zaphod se encontró sentado en el Parlamento Congelado, llamado así por el hecho de que, en su historia, ninguna idea revolucionaria había conseguido avanzar ni un milímetro sin chocar con una pared de hielo formada por comisiones de expertos en obstrucción.

El debate del día versaba sobre la necesidad de implantar un nuevo sistema de transporte público: el teletransporte emocional. Supuestamente, este sistema permitiría transportar a los ciudadanos de la ansiedad al entusiasmo en seis minutos, minimizando la contaminación causada por el pesimismo urbano. Por supuesto, la oposición exigía informes de impacto existencial, y el partido de los pingüinos extraplanetarios pedía garantías en caso de derretimiento inesperado.

Arthur Dent —que nunca había votado voluntariamente y que sospechaba que se podía gobernar mejor un planeta de la forma en la que se cocina una tostada: con atención y sin prisas— fue arrestado en plena sesión por leer en voz alta la letra pequeña de un proyecto de ley. “Por la presente se autoriza—”, leía Arthur, “—a todas las instituciones responsables de establecer límites a la autocrítica, siempre y cuando dichos límites sean suficientemente vagos para permitir un margen razonable de irresponsabilidad.” En cuestión de segundos, Arthur fue declarado culpable de subversión masiva del statu quo, una falta menor penada con la obligación de asistir a clases de retórica por tres eones o, en su defecto, convertirse en miembro titular del comité de reorganización de las reuniones sobre la reorganización.

En medio de este desvarío, Marvin, el androide paranoide, redactaba su manifiesto ante la Comisión Interplanetaria de Revisión de Narrativas: “Si los humanos se gobernaran con la mitad de lógica que usan para dejar de funcionar sus propios ordenadores, el universo sería un lugar ideal para celebrar reuniones infinitas.” Nadie le prestaba demasiada atención, claro, ya que la comisión llevaba años discutiendo el uso correcto de las comillas dobles.

Ford Prefect abrió una guía de supervivencia ("Cómo sobrevivir cinco elecciones seguidas sin convertirse en una contradicción ambulante") y la lanzó furioso contra el ministro de Educación, quien intentaba demostrar, con la ayuda de un gráfico en tres dimensiones, que la ignorancia era la base de la estabilidad política. En la pantalla, la línea que representaba el índice de satisfacción ciudadana se esfumaba misteriosamente cada vez que alguien intentaba hacerle una pregunta pertinente sobre la realidad.

Mientras tanto, Trillian llevaba el sutil arte de la protesta al siguiente nivel: organizaba una sentada poética en el hemiciclo, proponiendo versos alternativos a todas las leyes. "Planteemos," decía Trillian con voz melodiosa, "que la austeridad fiscal sólo puede promulgarse con rimas asonantes y que las privatizaciones deberán someterse al escrutinio de los limericks." El resultado era devastador. Los diputados, incapacitados para elaborar argumentos que respetaran la métrica, terminaban condenando la propuesta al olvido, citando la peligrosidad de la poesía subversiva para el equilibrio del mercado de la lira.

Pero ni siquiera las formas más brillantes de la sátira o la protesta parecían doblegar un sistema en el que la realidad se filtraba a través de capas y capas de papeles, sellos y comunicados redactados a tal nivel de ambigüedad que el propio Alan Turing habría renunciado a descifrarlos. Los ciudadanos, por su parte, sobrevivían gracias a la ironía aplicada y al uso masivo del sarcasmo, que en este planeta era considerado un derecho constitucional, protegido por la carta magna después de la "Rebelión de los Días de Asueto".

Si acaso el planeta tenía algún futuro, pasaba por el esfuerzo incesante de minorías improbables: los pingüinos reformistas, los delfines críticos, una legión de robots escépticos y unas cuantas ballenas con vocación de editores de prensa. Porque, a fin de cuentas, los poderes fácticos solo temen una cosa: que la gente dedique cinco minutos a hacerse preguntas más largas que las respuestas.

Y así, mientras un sol ligeramente perplejo seguía saliendo cada día sobre los tejados bureaucráticos y se ponía entre informes enterrados en las ruinas de la coherencia pública, la política del planeta seguía flotando en el espacio-tiempo, autojustificándose con una elegancia tan absurda, tan fantástica, que los propios representantes aún creían, ingenuamente, que estaban construyendo el futuro —cuando en realidad sólo estaban robusteciendo el pasado.

Fin del comunicado. No es necesario tomar precauciones. La burocracia sigue siendo inerte. Por ahora.

Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
La niñera
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
La grieta del silencio
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.