Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Edición limitada de la novela Anatema.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Portada del relato La Danza de los Rostros Inmutables
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Fragmento:


Esta sonrisa universal no brotaba de la carne ni del alma, sino de la urgente necesidad de parecer felices, en una mezcla de temor y costumbre. El Consejo de Bulliciosos Bienaventurados—un nombre larguísimo para la junta de regidores elegidos por el arte de adulación más que por sufragio—había decretado algunos inviernos atrás que la imagen nacional debía ser la de un pueblo contento, pues la miseria en rostro, así aseveraban los grandes, socavaba los precios de exportación del trigo, de la lana, y hasta de los mismos retratos oficiales.

Duración: 05:24

La Danza de los Rostros Inmutables
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En la pálida mañana de un reino no muy distante, donde el sol titubeaba antes de rozar el horizonte, los ciudadanos habían aprendido el arte supremo de la satisfacción perpetua. Era un arte, se decía, incluso más valorado que la aritmética, la pesca o el cardado de lana. Nadie recordaba ya si la moda la impuso un rey, un clérigo, un bufón licenciado en leyes, o el mismísimo espíritu del tiempo. Simplemente, todos y cada uno de los habitantes, desde la niñez temblorosa hasta la ancianidad marchita, portaban en sus semblantes una sonrisa tan inmóvil, tan perfectamente uniforme, que uno podría confundir a la ciudad entera con un teatro de autómatas bien aceitados.

Esta sonrisa universal no brotaba de la carne ni del alma, sino de la urgente necesidad de parecer felices, en una mezcla de temor y costumbre. El Consejo de Bulliciosos Bienaventurados—un nombre larguísimo para la junta de regidores elegidos por el arte de adulación más que por sufragio—había decretado algunos inviernos atrás que la imagen nacional debía ser la de un pueblo contento, pues la miseria en rostro, así aseveraban los grandes, socavaba los precios de exportación del trigo, de la lana, y hasta de los mismos retratos oficiales.

Quien hubiese viajado de noche por las tabernas y los pasillos húmedos de los hospicios, conocería el susurro sordo y continuo de los que añoraban tiempos donde al menos la tristeza era posible; quienes no toleraban más el mandato de la sonrisa eterna. Había, sin embargo, un fenómeno más intrigante que todos estos lamentos secretos: la nueva ciencia del rostro sin sonrisa.

Los poderosos, instruidos en la retórica del espejo y la sombra, consiguieron poco a poco un extrañísimo privilegio. Mientras la muchedumbre seguía con la boca arqueada como un laúd sin cuerda, los ministros, consejeros, directores y todos aquellos que habitaban la Casa Dorada del poder, comenzaron a desplegar otro arte: el de la sonrisa invisible, o para ser precisos, la sonrisa sin rostro.

Nadie sabría decir cómo lo lograban. En sesiones públicas, sus palabras eran dulzonas y sus promesas tan melifluas que empalagaban el aire, pero sus rostros permanecían neutros, pulidos, sin un atisbo de expresión. Ni risa, ni pena, ni ira; solamente una piel lisa como la porcelana y tan pulcra que ofendía la vista. Así, toda la atmósfera de autoridad ganó tal ambigüedad que ya no se sabía si la ley se promulgaba con benevolencia o con desprecio; si la limosna era un don de bondad o una excusa para continuar el abandono.

Un joven escribiente, Tomás Nimbos, se propuso investigar la razón de tan peculiar fenómeno. Armado con su pluma afilada, se paseó por habitaciones de tribunales y banquetes regios, fingiendo tomar notas de cotidianas trivialidades mientras acechaba el secreto de los rostros inmutables. Descubrió, entre copa de vino y sopa aguada, que los grandes del reino habían desarrollado una mueca interior: el esbozo de una sonrisa enterrada en los pliegues de la voluntad, visible solo para sus iguales. Para el pueblo, la felicidad era un mandato exterior; para los poderosos, era un pacto silencioso, una prescindencia de la emoción genuina, pues ellos ya no necesitaban sonreír si la multitud lo hacía por ellos.

Sucedió que, en una asamblea memorable donde el rey—figura ornamental como una lámpara de salón—presidía la entrega de “medallas por alegría ejemplar”, una anciana de manos nudosas, ganadora del premio gracias a su sonrisa tan estable como el almanaque, preguntó al Consejo: “Si toda la nación muestra alegría, ¿por qué sus rostros son tan, tan lisos?”

El Consejo, acostumbrado a desviar preguntas con respuestas circulares, quedó inmóvil. Durante un larguísimo segundo, el salón entero pareció inclinarse, como si la pregunta misma pesara más que la corona del rey.

“No mostramos el rostro porque lo hemos donado al bien común”, pronunció la voz más grave, que todos identificaron como la del Ministro de Satisfacción Universal. Los presentes aceptaron tal respuesta como si se tratase de una revelación divina, aunque nadie logró ocultar el escalofrío que recorrió la estancia.

Desde aquel día, la costumbre de sonreír sin rostro se expandió. Los poderosos ya no fingían alegría siquiera; estaban tan por encima del dolor y del gozo que sus caras eran pantallas en blanco, vacías de toda consideración humana. El pueblo, por el contrario, perfeccionaba su destreza frente a los espejos empañados de sus hogares, separados irónicamente por una línea tan fina como una arruga mal escondida: ellos sonreían porque debían, los otros porque podían no hacerlo.

Así la nación, entre sonrisas de fachada y rostros de piedra, olvidó paulatinamente el sentido de ambas cosas. El arte de la satisfacción perpetua mutó en pura costumbre, y el miedo a no sonreír se convirtió en el único latido sincero de la vida pública. Nadie recordaba ya si el imperio alguna vez fue feliz o si simplemente acató al pie de la letra la orden de aparentarlo.

Y mientras afuera, en la noche, el viento peinaba los tejados con el mismo silencio que llevan los poderosos en la cara, Tomás Nimbos escribía: “Un reino sin tristeza es una prisión. Un reino donde la sonrisa no tiene rostro, una farsa sin remedio.” Pero no firmó su crónica, consciente de que, en la danza de los rostros inmutables, hasta la verdad debía enmascararse.

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