Fragmento:
Mientras tanto, la Cámara de los Proceres, sintiéndose eclipsada por la elegancia del Comité del Conde, anunció un plan revolucionario: destinarían la mitad de su presupuesto a comprar espejos nuevos para que los ciudadanos pudieran observarse a sí mismos y así comprender que la pobreza era mera cuestión de perspectiva. “Mirad e ilustraos”, clamaba el panfleto oficial, colándose por debajo de cada mísera puerta, “que la riqueza empieza en el reflejo”.
Duración: 04:35
En las costas frías del reino de Plenipol, donde los sauces lloraban tanto como los súbditos, se extendía un sistema de gobierno tan enredado y viscoso como el más antiguo de los pantanos. Gobernaba allí el excelentísimo Conde Basilio, de cabellos perfectamente pulidos y lengua más afilada que la aguja de la modista de la corte. Bajo su mandato, los asuntos del pueblo se manejaban en encuentros secretos que los cortesanos llamaban “veladas de reflexión” y los campesinos “festines de la avaricia”.
El palacio estaba dividido en dos: una mitad de mármol pulido, donde el sol bailaba con las estatuas y las opiniones se medían siguiendo el ritmo de los latidos del Conde; la otra mitad, un bosque oscuro de madera podrida, donde los pasillos crujían bajo el peso de tantos secretos olvidados. En este bosque se reunía la Cámara de los Proceres, compuesta por sabandijas tan antiguas como la monarquía, y cuyas promesas cambiaban como el clima bajo el cielo de Plenipol.
Una mañana, mientras los sapos croaban un réquiem lastimero en el jardín oriental, se informó de una terrible plaga de hambre en los barrios más allá del canal. Los comisionados del Conde formaron al instante un gran comité para resolver la situación, y durante seis semanas discutieron sin descanso sobre cómo confeccionar nuevas galas para sus reuniones, pues argumentaron que ninguna decisión sobre el hambre podía tomarse con ropajes pasados de moda, ya que afectarían a la moral y, con ello, al equilibrio del reino. Así fue como el desfile de sastrerías ocupó los pensamientos y las arcas, y no un solo saco de avena llegó jamás a los hambrientos.
Mientras tanto, la Cámara de los Proceres, sintiéndose eclipsada por la elegancia del Comité del Conde, anunció un plan revolucionario: destinarían la mitad de su presupuesto a comprar espejos nuevos para que los ciudadanos pudieran observarse a sí mismos y así comprender que la pobreza era mera cuestión de perspectiva. “Mirad e ilustraos”, clamaba el panfleto oficial, colándose por debajo de cada mísera puerta, “que la riqueza empieza en el reflejo”.
En el fondo del marasmo, una voz familiar y cansada vibraba: la del cronista oficial, un hombre tan desatendido que, de escribir tantos memoriales, sus dedos parecían raíces torcidas. Desde el margen de la realidad, narraba lo que veía: cómo los Proceres pontificaban desde percheros dorados mientras el pueblo devoraba corteza de árbol y cómo el Conde organizaba pomposos bailes en los que se ahogaba en vino la desesperanza.
La prensa, custodiada fiel por el perro amaestrado del Reino, ladraba a cualquiera que osara denunciar los desatinos del poder. La inventiva no tenía límites: una vez, acusaron al viento mismo de conspirar para enfriar los hogares; y en otra ocasión, se otorgó una medalla a la plaga de ratones, pues, al comerse los graneros reales, “habían estimulado la austeridad y la virtud de la abstinencia”.
Y así, el pueblo de Plenipol aprendió el arte de la espera y de la ironía. Algunos tejían largas fábulas para sus hijos, donde los héroes eran mulas viejas que emigraban a tierras lejanas cuando comprendían que el único alimento abundante era la promesa de un mañana mejor. Otros, con un humor negro gastado como sus botas, apostaban a cuántas lunas podían pasar antes de que el palacio se derrumbara bajo el peso de tanto espejo y tanto ropaje.
Un día, llegó al reino un forastero vestido con harapos, pero ojos brillantes de lucidez. Fue recibido con una ceremonia discreta, pues la novedad de un extranjero traía aire fresco al salón viciado del poder. En el banquete de bienvenida, se le preguntó, entre la sopa aguada y el vino malo, qué opinaba del gobierno. El forastero se limitó a sonreír suavemente y, tras retirar sus sandalias rotas, se reflejó en uno de esos nuevos espejos y dijo: “Veo tanta brillantez que debéis de estar caminando a pleno día; o tal vez tan ciegos que solo necesitáis reflejar vuestra sombra para sentiros llenos”.
La frase se regó como pólvora, y durante días fue tema de charla hasta que, cansados de la disidencia que no comprendían, convocaron al Comité de la Armonía Pública, quienes recomendaron instalar cortinas gruesas sobre los espejos, para así no herir la sensibilidad ni la vanidad del pueblo. El reino volvió a la oscuridad de las ilusiones, los Proceres celebraron un banquete con las cortinas y el Conde pensó que, cuanto menos viese la gente, más seguro estaba su poder.
Y así, bajo un cielo gris y una luna discreta, en Plenipol solo los ciegos encontraron pleno sustento, y los que lograban ver aprendieron, finalmente, a no mirar demasiado fijo a los espejos.
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