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Portada del relato El Banquete de las Máscaras
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Fragmento:


En aquella nación singular, lo ordinario había devenido sublime arte, pues el gobierno de la nobleza ilustrada—los autoproclamados Sabios Impertérritos—considerábase, más que garante, artífice de toda gracia y consuelo. Los Sabios, en lugar de despilfarrar su tiempo con nimiedades como escuelas, hospitales o caminos, preferían obsequiar al pueblo con luminosas proclamas sobre la paz, cosas inusitadas como la guerra, y la inestimable bendición de la unidad irrefutable.

Duración: 04:43

El Banquete de las Máscaras
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Érase una vez en la excelsa nación de Adulonia, donde la hierba florecía por decreto, las nubes danzaban siguiendo partituras, y el pueblo, convencido por el rumor general, aplaudía incluso a la estatua del perro del primer ministro. Porque en Adulonia, todo era objeto de júbilo nacional, proeza nada sencilla, considerando las magras condiciones de las despensas, los huecos en los zapatos y el frío que, más que de la estación, era del alma.

En aquella nación singular, lo ordinario había devenido sublime arte, pues el gobierno de la nobleza ilustrada—los autoproclamados Sabios Impertérritos—considerábase, más que garante, artífice de toda gracia y consuelo. Los Sabios, en lugar de despilfarrar su tiempo con nimiedades como escuelas, hospitales o caminos, preferían obsequiar al pueblo con luminosas proclamas sobre la paz, cosas inusitadas como la guerra, y la inestimable bendición de la unidad irrefutable.

En uno de los callejones de la maravillosa capital, bajo la sombra de una fábrica desdentada, habitaba el viejo Ambrosio, librero por nostalgia y bufón por necesidad. Cada tarde, montaba un tenderete con novedades de segunda mano: obras filosóficas, tratados de aritmética, y algún que otro almanaque rancio. La mayoría de sus clientes, sin querer libros y sin saber leer, se detenían solo a escuchar cómo Ambrosio recitaba titulares oficiales con tal teatralidad que hasta los mendigos dejaban de pedir limosna, robados por la risa y el desasosiego.

Cierta mañana, el Gran Sabio Gregorio convocó a la nación para debatir un asunto de enorme trascendencia: quién debía ser el responsable de la decreciente felicidad. Se organizó entonces el Gran Banquete de las Máscaras. A cada ciudadano se le distribuyó, con fondos reservados del erario común, un disfraz adecuado a su casta: los comerciantes, de ratones; los artesanos, de osos; los poetas, de cencerros. Los Sabios acudieron magníficos, ocultos tras caretas de mármol y empolvados con el polvo de las promesas incumplidas.

“¡Hoy encontraremos al culpable de nuestra desdicha!” exclamó el Gran Sabio Gregorio, con voz acaramelada como jarabe rancio. Los asistentes aplaudieron con fervor irregular, temiendo que la falta de entusiasmo revelara una sedición involuntaria. Comenzó la procesión de acusaciones: los ratones señalaron a los osos; los osos, a los cencerros; los cencerros, a los ratones. Finalmente, todos juntos denunciaron al clima, la corrupción de la luna y el mal talante de las coles.

Mientras la mayoría se regodeaba en la diversidad de culpables, Ambrosio, disfrazado de cencerro, leyó una carta falsa y satírica supuestamente enviada por el mismísimo Espíritu de Adulonia. En ella, el Espíritu felicitaba a los Sabios por mantener a todos ocupados con debates tan esenciales: “Ocúpese el pueblo, que mientras coman promesas, el pan será lujo innecesario”.

La broma circuló rápido. Algunos la entendieron; otros, la repitieron sin comprender, y muchos la temieron, sospechando que toda verdad que rime podría ser peligrosa en sí misma. El eco se filtró hasta las cámaras de los Sabios, quienes, entre asombro y miedo, decretaron que jamás podría bromearse sobre el Espíritu Nacional, que de ahora en adelante sería sagrado e inviolable. Los poetas, ebrios de inspiración y cerveza agria, ensayaron odas solemnes en octosílabos y los panaderos fueron instruidos en técnicas de amasar sin harina.

El tiempo, inmutable o burlón, continuó. Adulonia se especializaba cada año más en ingeniosos métodos de evitar la realidad. Se instituyeron academias de elogio, escuelas de interpretación para gesticular aplausos y cátedras de ornamento del discurso público. Los Sabios, sintiéndose inmortales y necesarios, se autorrecompensaron con medallones y estatuas cuyas bases garabateó el nieto tuerto del ministro de impuestos.

Ambrosio, por su parte, se convirtió en cronista involuntario. Sus historias, nacidas de la desesperación, cruzaron las fronteras disfrazadas de chistes, y en otras comarcas, más sensatas o menos, se recitaban como cuentos de hadas macabras. El librero no fue perseguido—¿de qué serviría?—, pero cada tanto, un Sabio se detenía ante su tenderete, hojeaba de reojo un libro sin título, y partía con la nueva misión de crear una ley para limitar la literatura a la que nadie tuviera acceso.

Con los años, Adulonia prosperó en el arte del autoengaño; y aunque sus gentes vivieron convencidas de su dicha, el rumor de Ambrosio persistió como un silbido entre la neblina, recordando a alguno, muy de vez en cuando, que la sátira es memoria y remedio, y que un país donde solo aplauden las estatuas, no es sino un teatro esperando público.

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