Fragmento:
En el sótano del gobierno, Antonia barría tazas rotas y discursos descartados. Recordaba vagamente cuando creyó que su trabajo implicaría limpiar el futuro y no solo la porcelana. Obtenía migajas de discursos para leer por la noche: “Compromiso”, “Transparencia”, “Unidad”. Palabras con el mismo sabor rancio de las galletas abandonadas en la sala de prensa para reporteros hambrientos. A veces Antonia probaba una palabra en su boca, como quien se atreve a masticar una moneda y comprobar si es de chocolate. Pero nunca lo eran.
Duración: 04:20
Era miércoles. Lo sabían los relojes de la plaza, las lágrimas sin razones vertidas en los cajones de los jubilados, y la sonrisa utilizada a medias por el Ministro de Asuntos Inaugurales. El clima, por razones obvias, permanecía indiferente, como un gato de mármol subido al alféizar de la catedral. Las calles hervían de ciudadanos que esperaban, siempre esperaban: promesas, subsidios, soluciones, una mesa menos tambaleante, y hasta un aire menos viciado.
En la sala de juntas del edificio más alto, donde los mapas colgaban tristes de clavos oxidados, los representantes de la nación se ocupaban en incluso menos de nada. Eran diestrísimos en el arte de cambiar el nombre a los problemas para luego declararlos resueltos. Los preocupaban, en todo caso, sus propios trajes, el aliento del adversario y el tamaño exacto de sus propios retratos en la galería. Bajando por los ascensores de acero, el eco de sus promesas se convertía en una parodia cada vez más aguda, como un chiste privado que nadie entiende pero todos repiten.
En el sótano del gobierno, Antonia barría tazas rotas y discursos descartados. Recordaba vagamente cuando creyó que su trabajo implicaría limpiar el futuro y no solo la porcelana. Obtenía migajas de discursos para leer por la noche: “Compromiso”, “Transparencia”, “Unidad”. Palabras con el mismo sabor rancio de las galletas abandonadas en la sala de prensa para reporteros hambrientos. A veces Antonia probaba una palabra en su boca, como quien se atreve a masticar una moneda y comprobar si es de chocolate. Pero nunca lo eran.
En el Parlamento, los más experimentados en la gesticulación sabían entretener cualquier tema durante días, hinchando las horas como globos de feria: la “crisis del calzado”, la “inseguridad del horario”, la “frontera con el bostezo”, y otros dilemas de mimbre. Los legisladores ensayaban sus posturas y escupían frases como si tuvieran pólvora en la lengua. Unos pocos alardeaban de haber visto un problema real de cerca, como una medalla de guerra olvidada en una gaveta. Pero nunca, jamás, encontraban el modo de usarla.
Aunque fuera de la burbuja, la ciudad hervía de pequeñas conspiraciones: obreros que cambiaban cromos de billetes falsos, barrenderos que memorizaban titulares para recitarlos con ironía, jubilados que protestaban a la hora precisa en que las cámaras filmaban el telediario. Nadie parecía colonizar el país como sus dueños; todo quedaba en alquiler. El aire, la reputación, la rabia, y hasta los himnos, que eran reescritos por encargo según la necesidad de un cliente invisible.
El Ministro de Asuntos Inaugurales tenía, ese miércoles, una declaración que hacer. Echó sal a la lengua seca y leyó: “Hoy renovamos nuestro juramento con la verdad, la justicia y la ciudadanía ejemplar. Protegeremos a los débiles. Reformaremos lo irreformable. Nadie quedará atrás.” Detrás de las cámaras, una asesora le soplaba, “no te olvides de los niños”. Ministros y asesores asintieron, entrenados como perros de exposición, moviendo la cabeza en el ángulo justo para no parecer ni demasiado crédulos ni excesivamente cínicos.
Había, sin embargo, una grieta escurridiza en cada una de las paredes del edificio. Tal vez era la misma que recorría los bolsillos vacíos de Antonia o el insomnio del panadero, o la carta sin respuesta del maestro jubilado. Las palabras resonaban y morían, y en su lugar quedaba el ruido viscoso de una maquinaria vieja que hace lo que puede para no caerse a pedazos, un Estado que aparenta gobernarse solo, aceitado de eufemismos, blindado de “urgencias impostergables”.
Por la noche, la ciudad destilaba un cansancio viscoso, de los que no se lavan ni con la mejor de las lluvias. Antonia caminó al filo de la vereda, sabiendo que mañana encontraría el piso cubierto de nuevas promesas estampadas en servilletas. Tal vez las limpiaría con la escoba, o las barrería para usarlas de almohada, en caso de necesitar un resguardo del insomnio. Una luna pálida iluminaba el rostro sin expresión de la nación, que dormitaba soñando que gobernaba su propio destino. Pero en la asamblea de los pálidos, nadie soñaba, solo repetían lo último que creyeron escuchar: “Mañana será mejor.” Y el eco, desde el subsuelo hasta la linterna de la catedral, parecía responder: “Para quién.”
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