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Fragmento:


Se abrían los días en el palacio con un rito sutil: un enviado depositaba un correo abultado, pero nadie lo leía. Los sobres se apilaban en lo alto de la credenza, creciendo como promesas olvidadas, mientras alguno se perdía por las corrientes de aire, terminando por servir de alfombra para un secretario despistado, o de sombrero improvisado para el ratón que, como muchos allí, vivía a costa de las sobras.

Duración: 04:40

El festín invisible
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En el centro de la vasta capital, un edificio resplandecía bajo mil luces, tan ocupado con sí mismo que parecía ignorar el polvo, la miseria y el tumulto que lo rodeaban. Era una colmena de mármoles, pasillos aterciopelados, y puertas de cedro rajadas por el tiempo; por dentro, sin embargo, hervía una vida que difícilmente podía llamarse humana.

Allí, cada tarde, se reunían los notables: hombres de frente amplia y memoria corta, mujeres de voz asertiva y mirada esquiva, y toda una plétora de acólitos cuya existencia dependía de la habilidad para asentir sin vacilar. Sobre sus cabezas colgaban retratos descomunales: sonreían en óleo ministros que habían jurado cambiar el mundo, aunque muchos recordaban con amargura que lo único que había cambiado eventualmente era el precio del vino barato.

Se abrían los días en el palacio con un rito sutil: un enviado depositaba un correo abultado, pero nadie lo leía. Los sobres se apilaban en lo alto de la credenza, creciendo como promesas olvidadas, mientras alguno se perdía por las corrientes de aire, terminando por servir de alfombra para un secretario despistado, o de sombrero improvisado para el ratón que, como muchos allí, vivía a costa de las sobras.

El motivo aparente de aquel encuentro era la construcción del porvenir. A nadie se le escapaba, no obstante, que era el porvenir lo más pospuesto. Hablaban con entusiasmo de reformas imposibles, leyes tan elevadas que no podían verse desde el humilde suelo de la ciudadanía. —Hay que pensar en grande, decían—, mientras recortaban presupuestos para la reparación de los techos escolares.

Pero ¡ay del necio que señalara la grieta en el muro! Un consejero (él mismo en sus años mozos revolucionario y furibundo), señalaba, con ceño fruncido: —No es el momento de la crítica, sino de la unidad—. Aquellos que temblaban ante el frío comenzaban a temblar aún más: el calabozo del ostracismo estaba a pocos pasos de la sala del consejo.

De tiempo en tiempo, llegaba un ciudadano franco, resuelto a ser escuchado. Lo guiaban con amabilidad hasta una antesala. Allí, tras horas de espera, la fatiga le convencía de que su causa no era tan urgente después de todo. Nadie lamentaba su retirada; la rueda debía seguir girando.

Discursos no faltaban. Cada ministro, cada subsecretario, encaramado a su atril, prometía erradicar las penurias como quien promete una eternidad de cosechas en pleno desierto. El truco, por supuesto, estaba en la sintaxis: “Nos comprometemos a iniciar estudios para contemplar las posibles soluciones…”. Los asistentes asentían; el eco del consenso reverberaba, tan inasible y hueco como el aliento de las estatuas contemplando el tedio circundante.

Mientras tanto, a las afueras del palacio, un viejo lustrabotas escuchaba los rezongos de un estómago vacío y la letanía de una clientela cada vez más lejana. Si alguna vez tuvo fe en los ilustres allí adentro, la había dejado olvidada junto a una esponja seca y la gana de discutir con los niños callejeros. Decía, para sí y a voz en cuello: —Aquí cada quién cobra peaje para cruzar su puente, pero después nadie recuerda que el río se desborda—.

No todo era indolencia, claro. En las noches de invierno, cuando los informes apilados no calentaban ni el alma, algunos en el palacio soñaban, sí, con hacer el bien. Sueños breves, interrumpidos por el zumbido de las moscas, la llegada de un nuevo escándalo, o la sensación desconcertante de que algo, en el fondo, les escapaba. Se consolaban con la convicción de que la historia los absolvería —pero la historia, astuta, aguardaba paciente a que firmaran la próxima resolución para luego archivar sus nombres bajo el rubro de “anécdotas”.

Una vez, alguien preguntó: —¿Y si dejamos de hablar y simplemente escuchamos lo que pide la ciudad?—. La sala quedó en silencio. Se rumoró —no sin pavor— que el inconformista había solicitado un puesto en provincias, lejos de la arquitectura y los oradores. Nadie supo más de él.

Así siguió el palacio, y los notables, y los nombres cambiando en la puerta dorada, como ocurre siempre en los sitios donde el tiempo es harina demasiado fina para las manos de los panaderos. Los rostros olvidados encarnaron nuevas promesas, los discursos repitieron viejos amuletos y, afuera, el lustrabotas, los niños y la ciudad crecían, menguaban, o simplemente sobrevivían.

Y en cada amanecer, cuando los rayos arrancan destellos deslumbrantes en la cúpula gastada, el palacio resplandece otra vez; y nada parece pasar, salvo el silencio festivo de quienes, entre las sombras, catan con gula el festín invisible del poder.

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