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Fragmento:


Había una vez, en el país de los horarios flexibles, un gobierno tan ingenioso en sus métodos para hacer creer a todo el mundo que eran felices, que los ciudadanos solo se daban cuenta de su propio fastidio los lunes cada cuatro años, cuando, por dosis homeopáticas de democracia, recordaban súbitamente que algo no andaba del todo bien. Nadie gritaba en esa tierra, porque se había decretado el silencio como símbolo de buena educación. El que tosía en público tenía que disculparse en televisoras nacionales, aunque los funcionarios, claro está, hacían gárgaras con agua mineral y seguían brindando discursos como si nada.

Duración: 04:19

El último cumpleaños de Billy
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Había una vez, en el país de los horarios flexibles, un gobierno tan ingenioso en sus métodos para hacer creer a todo el mundo que eran felices, que los ciudadanos solo se daban cuenta de su propio fastidio los lunes cada cuatro años, cuando, por dosis homeopáticas de democracia, recordaban súbitamente que algo no andaba del todo bien. Nadie gritaba en esa tierra, porque se había decretado el silencio como símbolo de buena educación. El que tosía en público tenía que disculparse en televisoras nacionales, aunque los funcionarios, claro está, hacían gárgaras con agua mineral y seguían brindando discursos como si nada.

La gente tenía sus raciones diarias de esperanza, servidas en cajas plateadas administradas desde el Comité Central de Optimismo. Allí todos comían sueños de lunes a viernes y, los sábados, una ensalada de promesas que se estiraba para alcanzar a toda la familia. Los domingos eran reservados para la gran lectura del boletín oficial, en donde se rezaba el número exacto de sonrisas forzadas producidas en la semana. Nadie sabía quién las contaba, pero sí que salían cifras hermosas, redondas, y luego se dormían tranquilos y en paz.

En medio de todo esto, Billy, que había cumplido sesenta y tres años, se propuso recordar para qué servía el sarcasmo, esa cosa de la que le habían hablado sus abuelos en noches de apagón voluntario. Salió una mañana—era lunes cada cuatro años, así que sentía que podía darse un permiso especial—y se sentó en el parque bajo la sombra de un reloj que nunca marcaba la hora. Observó a su alrededor, preguntándose si era el único que oía los latidos de ese bicho horrible llamado desencanto, que zumbaba a pesar de las cortinas bien cerradas y los altavoces que transmitían suaves melodías de aprobación.

Billy vio pasar a dos viejecitas que murmuraban entre sí, cubriéndose la boca con la mano como si contaran secretos nucleares. “¿Piensas que las cosas van a cambiar?”, preguntó una. “No lo sé”, respondió la otra, “me han dicho que debemos confiar en la bondad del clima y la sagacidad del pronosticador”. Billy sonrió; no era fácil distinguir si hablaban de meteorología o de política, pero en esos días, casi todo era meteorología y casi nada era política.

Varios niños colgaban en los columpios mientras sus padres les mostraban aplicaciones de actualidad en sus tabletas, haciendo scroll automático sobre las noticias aprobadas. Los titulares rebotaban: “¡Nuevo proyecto de felicidad nacional aprobado por unanimidad!”, “Crisis internacional resuelta antes de dormir, afirman expertos certificados”, “Se descubren 1001 razones para agradecer otro año de estabilidad”. Nadie preguntaba de qué crisis se había tratado o quiénes eran los expertos, pero todos asentían, porque mover la cabeza en otra dirección era peligroso para las cervicales y para el historial de búsqueda.

Billy, valiéndose de cierto arrojo que había heredado de su madre—la única mujer que se negó a cruzar la calle cuando el semáforo estaba en verde porque prefería las sorpresas—, decidió escribir una carta. No una carta cualquiera, sino una de esas que nadie lee ya, escrita a mano, en papel reciclado, con una caligrafía ilegible solo para los sistemas automáticos. La carta no llevaba dirección ni remitente, porque en el país de los horarios flexibles las identidades eran cosas de antes, reliquias de museo. Empezaba así: “Querido futuro, ¿eres tan aburrido como parece o te has guardado alguna travesura para sorprendernos?”.

La carta fue depositada en un buzón invisible, de esos que aparecen solo cuando uno cruza los dedos y desea fuerte. En el fondo, Billy sabía que la carta era para sí mismo, para ese yo cansado de reglas perfectas, de promesas empaquetadas y de la absurda felicidad doblemente sellada. Caminó a casa despacio, con la convicción de que era mejor un paraguas para la ironía que para la lluvia oficial.

Esa noche, en la gran sala iluminada por la pantalla panorámica, el presidente apareció leyendo los números hermosos y redondos como siempre, con los guantes transparentes que todos sabían inútiles. “Un año más de plenitud programada”, anunció, y Billy se imaginó que, si tuviese valor suficiente, le lanzaría la carta justo en mitad de la transmisión. No por cambiar el mundo, sino por el simple placer de estornudar el polvo de lo humano, ese que se cuela inevitable, incluso por debajo de las cortinas cerradas.

A veces, pensó Billy antes de apagar la luz, la verdadera desobediencia consiste en recordar que uno estuvo harto, aunque sea en silencio, durante un lunes cada cuatro años. Y quizás, en algún otro país, en otra sala o debajo de otro reloj que nunca marca la hora, alguien encuentre una carta sin remitente y recuerde que todavía queda espacio en la memoria para una risa bien lanzada, aunque nadie se atreva a escucharla en voz alta.

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