Fragmento:
En la cuarta fila, Ricarda, redactora y contadora profesional de segundos en la vida de otros, se peleaba con la pantalla de su móvil. El algoritmo le acababa de enviar una notificación de que “el 87% de los asistentes estaba más tiempo conectado que el ponente.” Miró de reojo a su acompañante, un influencer menor de nombre Boris, que ya estaba subiendo a stories un selfie acompañado del hashtag #MientrasElTrajeHabla.
Duración: 04:41
Nada se ha vestido nunca de manera tan impecable y con tanto sarcasmo como el doctor Martino De la Vega, en la mismísima antesala de la Media Tech. Martino llevaba un traje de lino blanco, recién planchado por alguien de la casta de los remordimientos domésticos, y unos mocasines que originalmente debieron ser de charol, pero el brillo del pasado les sentaba mucho mejor a los museos que a sus pies. Y ahí estaba él, subido en el púlpito imaginario de la autoestima inflada, con las rodillas cruzadas como dos frases subordinadas. El tema del día—porque todo en aquella era tecnocrática requería su trending topic—era la adicción, esa palabra versátil que usaba desde los banqueros hasta las coprotagonistas de reality. Pero Martino era un hombre de ciencia, así que lo llamaba “proceso de refuerzo conductual dopamínico” y se quedaba tan ancho, mientras el auditorio de los digitalmente afectados fingía escuchar, aunque en realidad sólo se preguntaban si la WiFi de la sala era lo bastante fuerte para soportar otro ciclo de doomscrolling.
—¿Es usted adicto, o simplemente un apóstol de la multitarea contemporánea?—inquirió Martino, mientras varias cejas, perfectamente depiladas, subían como drones al techo de la sala.
En la cuarta fila, Ricarda, redactora y contadora profesional de segundos en la vida de otros, se peleaba con la pantalla de su móvil. El algoritmo le acababa de enviar una notificación de que “el 87% de los asistentes estaba más tiempo conectado que el ponente.” Miró de reojo a su acompañante, un influencer menor de nombre Boris, que ya estaba subiendo a stories un selfie acompañado del hashtag #MientrasElTrajeHabla.
El doctor seguía: “La dependencia digital no es más que una manifestación sintomática del enorme vacío existencial que nos permite, por una módica cuota mensual, elegir nuestros anuncios.” Y mientras disertaba sobre las superficies deslizantes del deseo—esas pantallas resplandecientes donde el alma se va a tomar un cóctel con media docena de likes—, los asistentes, en vez de tomar notas, se preguntaban por qué los bisagras de sus dispositivos sonaban como lamentos de ballena.
De repente, apareció, entre la multitud, el titán del minimalismo vegano de Silicon Valley, Bromio. Y si existiera una medalla oficial a la camisa más brillante, suya habría sido de oro de 32 quilates (explotados de manera ética, por supuesto). Bromio irrumpió en la ponencia con una pregunta que era más bien un performance conceptual: “¿No creéis que el verdadero detox digital sería desconectar el capitalismo afectivo y abrazar un poco de wifi comunitaria?”
El público no supo si aplaudir, meditar en posición de loto o publicar un hilo urgente en X (el lugar donde antes se tuiteaba y ahora se cataleptiza en masa). Martino, sin inmutarse, desplegó una sonrisa a lo Mefistófeles y prosiguió: “¿Y si la adicción no es fallar en el intento de parar, sino tener éxito repitiendo la escapada?”
Afuera, en la terraza para fumadores, la adicción tomaba otros matices; se mascaba en una nube de vapor dulce, sabor mango y conspiración. Ahí, Lurdes y Jaume, dos sociópatas funcionales de la economía creativa, se debatían sobre la nostalgia de lo analógico. “Yo era más feliz cuando me llamaban por teléfono fijo,” suspiró Lurdes, acariciando la funda biodegradable de su smartphone, “al menos entonces la ansiedad tenía un cable con límite de longitud.”
Una legión de camareros deslizaba bandejas de cócteles con nombres que imitaban emociones que nadie sentía realmente. Bajo focos fríos y miradas cálidas (cálidas porque derivaban del alcohol), la velada se fue tornando un aquelarre de confesiones microdosificadas: “¿Te has medido el cortisol mientras revisabas tu propio feed?” “He subido mi tasa de engagement solo meditando en directo.” Unos culpaban a la dopamina, otros a la serotonina, y los más avezados—directores de recursos humanos—al simple hecho de tener recursos.
La noche continuó, ricocheteando entre podcasts fallidos, apps que nunca lanzarían, y propuestas de orgías virtuales en realidad aumentada. Al filo de las tres de la mañana, Martino, cansado de su propio alarde narcisista, concluyó: “Quizá lo único a lo que podamos aspirar es a una adicción escolástica, uno de esos vicios lentos, que ni siquiera Google Analytics sería capaz de trackear: el vicio de saber que seguimos adictos a hablar de adicción.”
El auditorio, bañado por la luz azul de la alienación, no interrumpió su scrolling. El relato concluye, no con una moraleja, sino con un retumbar gentil de notificaciones y el eco lúbrico de una última frase sabiamente inútil: ningún like cura, pero ninguno duele tanto como no tener nada más que scrollear.
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