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Portada del relato Aventuras del Vizconde de Rocinante en la Corte del Absurdo
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Fragmento:


En algún lugar del hexágono encantado, cuya memoria me invade como una jaqueca tras ocho copas de ron, vivía el Vizconde de Rocinante, hombre de ilustre apellido y aún más ilustres deudas. Su único legado eran unos pantalones raídos, una biblioteca infestada de tratados ilegibles y las constantes burlas del barbero del pueblo. Debido a un arrebato súbito de genio —o quizás de indigestión— nuestro Vizconde juró erradicar la necedad del mundo, armado sólo con el filo de su sarcasmo y una cucharilla de postre, pues no disponía de otra arma más ofensiva.

Duración: 04:16

Aventuras del Vizconde de Rocinante en la Corte del Absurdo
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En algún lugar del hexágono encantado, cuya memoria me invade como una jaqueca tras ocho copas de ron, vivía el Vizconde de Rocinante, hombre de ilustre apellido y aún más ilustres deudas. Su único legado eran unos pantalones raídos, una biblioteca infestada de tratados ilegibles y las constantes burlas del barbero del pueblo. Debido a un arrebato súbito de genio —o quizás de indigestión— nuestro Vizconde juró erradicar la necedad del mundo, armado sólo con el filo de su sarcasmo y una cucharilla de postre, pues no disponía de otra arma más ofensiva.

Una mañana, mientras reflexionaba sobre la virtuosidad del queso camembert y la metafísica práctica de la siesta, recibió una carta sellada con cera roja. El remitente, Su Majestad la Reina Irónica I, lo invitaba a la corte para resolver un enigma de suma urgencia: el súbito brote de cordura entre los cortesanos, pandemia que amenazaba convertir la corte en una república. El Vizconde, sintiendo cómo su reputación de excéntrico peligraba, partió de inmediato a lomos de su mulilla “Sofisma”.

Al llegar, halló a la corte en plena ebullición: filósofos servían de bufones, bufones dictaban sentencias, y los poetas, los peores, presidían el consejo de ministros. “Esto huele a sensatez mal disimulada”, meditó el Vizconde, quitándose el sombrero como quien se despoja de una ilusión gastada. Acercóse sigilosamente al gabinete del primer ministro, el Marqués de Despropósito, que estaba ocupado escribiendo edictos en verso alejandrino mientras esperaba a que el reloj diera siempre la hora exacta.

El Vizconde comprendió que, para restaurar el glorioso caos de antaño, debía enfrentarse al mayor de los monstruos: el Dogma. Era un ente escurridizo, alimentado por discursos solemnes y regado con brindis de vino barato. “El Dogma”, advertía la visión del Conde Sórdido —que se apareció convenientemente en una sopa de apio— “no se machaca, se desafina”.

Guiado por la lucidez inexistente, el Vizconde convocó a la flor y nata de la insensatez: el Inventor de Lunas, la Marquesa de Gorgoritos, y el Cirujano de Palabras Extranjeras. Unían sus talentos para organizar la inverosímil “Gran Noche del Silogismo Danzante”, en la que toda afirmación debía ser contestada con un axioma aún más absurdo, y cada evidencia, con una risa enlatada.

La Reina Irónica presidía el evento, envuelta en un manto de notas al pie de página, luciendo en la testa la diadema de las Repúblicas Imposibles. Los cortesanos, enfrentados al peligro mortal de pensar por sí mismos, sudaban balbuceos e intentaban recordar su tabla de valores como un monje recita letanías sin fe ni fervor. Ah, pero cuando el Inventor de Lunas planteó la inevitable cuestión: “¿Por qué existe la lógica si el universo huele a croissants?,” la sala estalló en carcajadas, liberando así el virus de la insensatez que tanto temían.

El Dogma, incapaz de soportar la atmósfera de estupidez metódica y razonamientos alocadamente afinados, se disolvió en una nube de citas apócrifas. El Marqués de Despropósito, liberado de la tiranía de la cordura, redactó el histórico “Decreto de la Comedia Perpetua”, en el que se obligaba a todos los súbditos a comenzar el día citando a autores que jamás existieron y a resolver disputas a base de malentendidos creativos.

Saciado de gloria y ajenjo, el Vizconde abandonó la corte, dejando tras de sí una estela de paradojas aún sin resolver y la promesa de regresar si alguna vez el sentido común, ese funesto enemigo de la alegría, volvía a infestar aquellos salones. De vuelta a su aldea, inhaló con profundidad el aroma barroco de los absurdos cotidianos y juró solemnemente no volver a tomarse en serio ni siquiera la seriedad misma.

Se dice que en cada luna nueva, en la corte del Absurdo, los cortesanos brindan a la salud del Vizconde, temiendo sólo que un día descubra el modo de hacer lógica la locura y, con ello, arruinar para siempre la dulce demencia que les protege de la realidad. Y así continúa el reino, entre el chisporroteo de contradicciones y el ardor del ingenio inútil, en perpetua celebración de todo lo que la razón no puede comprender y el corazón sólo sospecha tras el segundo vaso de vino.

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