Fragmento:
Nuestra protagonista, Liridia, ocupaba el importante y completamente innecesario puesto de Coordinadora de Pretextos Improbables en la Oficina Central de Respuestas a Preguntas que Nadie Hizo. Su función —incomprobable incluso para los estándares locales— consistía en almacenar, clasificar, y a veces inventar, excusas de alcance galáctico para justificar por qué nada realmente funcionaba en Burocratón. "La culpa es de la deriva cósmica de las cucharillas" había sido una de sus favoritas el pasado trimestre. Mucha gente la citaba en los pasillos, mientras ocultaba un destornillador en una maceta o fingía perder el tiempo, labor que se pagaba excelentemente bien.
Duración: 06:18
En el corazón del universo, donde incluso las instrucciones para entender el universo requieren una suscripción trimestral y una buena dosis de desesperación, el planeta Burocratón daba vueltas perezosamente en torno a una estrella que, francamente, había olvidado encenderse aquella mañana. Era un planeta famoso por su impresionante colección de formularios en blanco —y aún más famosa por su absoluta falta de cualquier otra cosa útil, como sentido común, aire limpio o galletitas decentes para tomar con el café.
En este entorno tan propicio para el absurdo, el ciudadano promedio de Burocratón podía ser identificado por tres cosas fundamentales: una expresión de sutil perplejidad, una bandolera llena de bolígrafos que nunca escribían y un libro de reclamaciones tan grueso que solo podía ser transportado por criaturas de seis o más brazos. La mayoría de los habitantes optaban por desplazarse en monociclos administrativos, un medio de transporte tan inestable que el solo hecho de mantenerse encima durante cinco minutos era motivo suficiente para ser nombrado Subsecretario de Equilibrio Existencial.
Nuestra protagonista, Liridia, ocupaba el importante y completamente innecesario puesto de Coordinadora de Pretextos Improbables en la Oficina Central de Respuestas a Preguntas que Nadie Hizo. Su función —incomprobable incluso para los estándares locales— consistía en almacenar, clasificar, y a veces inventar, excusas de alcance galáctico para justificar por qué nada realmente funcionaba en Burocratón. "La culpa es de la deriva cósmica de las cucharillas" había sido una de sus favoritas el pasado trimestre. Mucha gente la citaba en los pasillos, mientras ocultaba un destornillador en una maceta o fingía perder el tiempo, labor que se pagaba excelentemente bien.
Aquella mañana, Liridia se disponía a no hacer lo que no tenía que hacer, cuando entró un mensajero: una criatura gelatinosa con serios problemas de autoestima y una bolsa de papeles urgentemente sellados con un adhesivo que, según aseguraban los rumores, contenía más burocracia per cápita que toda la galaxia junta. El mensajero avanzó entre sonidos de succión y dejó caer el sobre sobre el escritorio de Liridia con un ruido húmedo y calculadamente ominoso.
Liridia, consciente de que los sobres húmedos generalmente implicaban responsabilidades del orden interplanetario, decidió dejarlo para después y se sumergió en la lectura de “El Arte de Pasar Desapercibido en Juntas Importantes”, un volumen que se hacía invisible tras la quinta página o tras el tercer bostezo, lo que ocurriera primero.
Desafortunadamente, la oficina estaba plagada de sensores de productividad que emitían un chillido cada vez que alguien comenzaba a disfrutar de la procrastinación, y el libro literalmente explotó en minúsculas esquirlas de desaprobación silenciosa. Esto puso en alerta a Mork, el Supervisor de Reiteraciones Inútiles, cuyas orejas puntiagudas vibraban al ritmo de carnets sellados de forma incorrecta. Asomó la cabeza en la puerta y, en un tono que combinaba la amenaza con el letargo, exclamó:
—¿Ha leído usted el mensaje ultrahúmedo, Liridia?
—Estaba esperando instrucciones para decidir si debía esperar instrucciones —respondió ella, con el aplomo de quien lleva una década extraviando papeles importantes.
Ese intercambio administrativo podía haber durado semanas, de no haber sido por la súbita aparición de una pequeña anomalía en el espacio-tiempo, justo encima del archivador de excusas nivel 7. La anomalía —claramente sin cita previa— abrió un portal en miniatura del cual cayó una taza de café eternamente vacía, una planta de interior con serias tendencias psicoanalíticas y un simpático, aunque irritantemente autorreferencial, manual de instrucciones para leer manuales de instrucciones.
El manual, tras una breve discusión consigo mismo, anunció: "Se ruega a los presentes mantener la calma y rellenar el formulario H42-B para registrar alteraciones inesperadas de la cotidianidad."
Mork y Liridia se miraron, intentando decidir quién tenía menos ganas de ser el primero en rellenar algo. Finalmente, la planta habló primero, haciéndose notar por medio de leves toses psicoanalíticas.
—Creo que todos deberíamos reflexionar sobre las raíces de nuestra resistencia al cambio —dijo la planta, cruzando simbólicamente un par de hojas.
Como nadie tenía ganas de reflexionar (y mucho menos de rellenar un formulario al respecto), Liridia optó por ignorar la anomalía, la planta y todo lo relacionado con la realidad, y se dirigió hacia la máquina de café, cuyo botón de encendido era famoso por dar sermones sobre la ansiedad existencial mientras preparaba una infusión ligeramente menos ofensiva que el agua del grifo.
El café, servido en la taza perpetuamente vacía (que por su naturaleza nunca llegaba a llenarse), emitió un aroma tan filosóficamente ambiguo que varios existencialistas a kilómetros de distancia sintieron un hormigueo en los dedos de los pies. Mork intentó inscribir la experiencia en la base de datos de Vacíos Inexplicables, pero el sistema operativo colapsó temporalmente y fue sustituido por una pantalla que preguntaba "¿Por qué está haciendo esto?"
En medio de este caos perfectamente regulado, el sobre húmedo comenzó a abrirse solo, revelando un papel arrugado con el siguiente mensaje en negrita y tipografía papirus:
"Estimado contribuyente consciente,
le informamos que en un plazo no definido será seleccionada una persona al azar para salvar el universo de la completa irrelevancia.
Favor de presentar su formulario de aptitud o, en caso contrario, justificante de impedimento espiritual sellado por un notario extragaláctico.
Saludos y buena búsqueda."
Nadie dijo nada durante un largo minuto, hasta que la planta preguntó si podía convertirse en ficus y evitar la responsabilidad máxima. El manual de instrucciones tragó saliva (mecánicamente) y sugirió un grupo de apoyo interdepartamental para afrontar colectivamente la idea de salvar el universo.
Mork, finalmente, suspiró.
—Bueno, Liridia, parece que nos han ascendido a la absoluta intrascendencia. ¿Tienes idea de cómo se salva un universo?
—Creo que hay un formulario —respondió ella, y ambos comenzaron a buscarlo entre papeles empapados, manchas de café, y reflexiones botánicas a media luz, mientras la taza perpetuamente vacía volvía a quedarse, sin sorpresa alguna, absolutamente seca.
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