Fragmento:
“En un rincón de la alcoba, de cuyo nombre prefiero no acordarme por temor a la indiscreción, yacía Gregorio Absurdez, metamorfoseado una vez más en deudor de impositiva concupiscencia. Sin auxilio de despertadores ni lejía, revolviéndose en las sábanas indudablemente sucias, supo, con el fatalismo del condenado por la risa, que el mundo había olvidado el arte severo de la sátira lubricada.”
Duración: 04:33
Se dice, y quien lo niegue sabrá de la ceguera voluntaria de la sociedad contemporánea, que la respetable Sociedad de Provechosos Inútiles se reunía todos los jueves en el vetusto salón de Willoughby, entre la indescriptible hedentina a cuero y el susurro perpetuo de polillas eruditas. Allí, bajo la vigilancia postrera de los retratos ancestrales –cuyos bigotes parecían fruncirse ante cualquier atisbo de vulgaridad verbal–, se iniciaba la ceremonia de la noche: el gran Parodiario.
Aquel jueves, el reloj de pie pareció marcar trece campanadas, como un presagio de la excentricidad que estaba por desatarse. Lord Tennyson de los Calcetines Caídos, ataviado con un batín azul celeste a medio abrochar y un monóculo tan inmóvil como su sentido común, se levantó con la parsimonia que sólo cultivan los hombres que jamás han tenido prisa por nada, y alzó una copa rebosante de brandy tentadoramente adulterado. Fue él quien dio la orden, con voz hueca de oráculo en resaca: “Caballeros, esta noche nuestras mentes navegarán el proceloso mar de la Parodia sin remos morales ni brújula de recato.”
Lady Dampweather, que decía ser la directora honoraria de la Liga Contra la Palabra Llana (y cuyo abanico fustigador había azotado más egos que el látigo de un domador de circo), reclamó el primer turno. Se irguió magnánima y, con un brillo de perversión pícara en los ojos, leyó su composición:
“En un rincón de la alcoba, de cuyo nombre prefiero no acordarme por temor a la indiscreción, yacía Gregorio Absurdez, metamorfoseado una vez más en deudor de impositiva concupiscencia. Sin auxilio de despertadores ni lejía, revolviéndose en las sábanas indudablemente sucias, supo, con el fatalismo del condenado por la risa, que el mundo había olvidado el arte severo de la sátira lubricada.”
La ovación fue nada menos que anatema ante los oídos delicados: taconeos, chascarrillos, un tosido ronco del doctor Fortescue (cuya tos presagia siempre un nuevo escándalo en el Comité de Decoro).
Acto seguido, sir Wendell Gorgonzola, viudo de tres esposas y cinco ideas originales, irguióse para recitar su epopeya:
“Cantemos, oh musas prostibularias, la caída de Penélope, no en la tejida esperanza, sino en la tupida red de contenidos para adultos, donde el ciego Homero habría preferido la ceguera voluntaria. Ulises retorna, despliega las persianas y descubre a su doncella blandiendo un libro prohibido, de hojas más arrugadas que la frente de Cronos y contenidos menos explícitos que las minutas del Parlamento.”
Reían, los labios doblados por el deleite inmundo, y la señora Busby enrojecía como un tomate sabio en el entrecejo del invernadero vicarial.
No perdió la ocasión el joven Maltravers, quien, con un aire singular de cinismo y los cabellos erizados como los aforismos de un autor suicida, clamó:
“A la sombra de un sauce ahorcado, halléme con la lírica de los poetas malditos, quienes por una moneda de cinco peniques vendían la virtud de sus versos, gramaje extra en doble sentido incluido. Allí Lady Macbeth bajaba por la escalera de caracol, buscando (en vano) lavar aquel infame bostezo de la decencia con las aguas de Sodoma embotellada.”
Caía la noche, y el brandy regaba laringes desinhibidas. Las historias se sucedían: bufones de reyes que usaban sus cetros como consoladores inefables; madame Bovary indecisa entre el veneno y el conde de Montecristo en boxer de satén. Los cronistas de la comedia registraban, entre eructos y carcajadas, los giros más atroces de la inventiva humana aplicada a la literatura.
El clímax llegó cuando el reverendo Swithin, aquel egregio censor de bibliotecas, se atrevió a leer su “Generalización de la moral exuberante”. Fue tal la lascivia velada de sus metáforas (un jardín de delicias regado con agua bendita y fertilizado con exegesis viciosa), que el retrato de la abuela Willoughby literalmente resbaló un palmo en la pared y los candelabros palidecieron, a la par que la Sociedad aplaudía con la contención más hipócrita jamás reunida tras máscara alguna.
El alba sorprendió a los Provechosos Inútiles durmiendo sobre folios plagados de ripios voluptuosos, caídos como guerreros en la Batalla de la Decencia. No se escribieron actas, pues la tinta manchaba demasiado fácil y los recuerdos, por fortuna, se desleían el viernes por la mañana con un par de tazas de café y promesas de respetabilidad renovada. Sin embargo, cada jueves el reloj insiste en marcar una treceava campanada, y los viejos retratos aguardan, bigotes enhiestos y cejas arqueadas, por el regreso de la sagrada parodia.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.