Fragmento:
Cuando el país entero caminaba bajo la lluvia, sin la excusa del paraguas para taparse la cara o simular distracción, surgieron problemas de una índole que superaba el ingenio de cualquier funcionario. Las peluquerías colapsaron, los fabricantes de gel y laca entraron en huelga indefinida y los psicoanalistas reportaron una sobresaturación de pacientes aquejados por “angustia del cabello mojado en público”.
Duración: 04:26
Había una vez, como tantas veces en que la vida no tiene importancia más allá de lo trivialmente molesto, que en una ciudad como cualquier otra decidió instalarse el Ministerio de Cuestiones Perfectamente Evitables. Este año, sin razón aparente, le correspondía abordar el problema de la Inundación Permanente de Paraguas, esos artefactos inútiles que alguien seguía fabricando porque, de algún modo tierno y predecible, el mundo estaba regido por comités que solo sabían protegerse de amenazas que no existían.
La fundadora y Suprema Comisaria del Ministerio, la Señora Ramírez de las Alas Tenues, poseía el don de convertir resultados estadísticos en obras de arte modernista. Cada lunes, en la sala de juntas tapizada de cuero sintético y diplomas enmarcados, la alta funcionaria pronunciaba discursos sobre el peligro apremiante del exceso de paraguas. Todos asentían, aunque una ligera inquietud surcaba el entrecejo de algunos burócratas: ¿realmente habría tantos paraguas? Nadie lo sabía, pero nadie preguntaba porque preguntar era sospechoso en la era del "Aseguramiento Preventivo de Causas Imaginarias", y en el Ministerio de Cuestiones Perfectamente Evitables, la sospecha era la antesala del traslado burocrático al Departamento de Corrección de Pequeños Placeres Públicas.
El plan maestro se conoció como “Desparaguización Sistémica”. Consistía en dos fases: primero, retirar todos los paraguas de la vía pública y convertirlos en esculturas urbanas de mal gusto (la alcaldía colaboró encantada); después, educar a la ciudadanía en el arte del mojamiento valiente. Carteles de neón parpadeaban slogans por doquier: “El Agua No Es Tu Enemiga: Es Solo Húmeda” y “Mójate, Sé Pulcro”.
Cuando el país entero caminaba bajo la lluvia, sin la excusa del paraguas para taparse la cara o simular distracción, surgieron problemas de una índole que superaba el ingenio de cualquier funcionario. Las peluquerías colapsaron, los fabricantes de gel y laca entraron en huelga indefinida y los psicoanalistas reportaron una sobresaturación de pacientes aquejados por “angustia del cabello mojado en público”.
En una asamblea extraordinaria presidida por la Señora Ramírez, se estudió la posibilidad de rehabilitar algunos paraguas. El joven funcionario Alfonso, quien en secreto jamás había usado uno, propuso crear el “Paraguas Transparente con Orificios Estratégicos”, que prometía proteger pero solo parcialmente. La idea fue celebrada, porque en una democracia moderna nada triunfa tanto como la solución que no soluciona nada del todo.
Mientras tanto, en la periferia de la ciudad, una insurgencia de ciudadanos—autodenominados “Los Secos Rebeldes”—comenzó a confeccionar paraguas clandestinos de camuflaje: modelos que se doblaban en el bolsillo, otros que simulaban ser perros guía o pájaros tropicales. Pronto surgió un mercado negro. El trueque era insólito: dos paraguas de contrabando por un certificado de “Mojado Heroico” necesario para ascensos laborales.
La prensa, tan seria como siempre (es decir: un circo sin carpa), informaba de la “Crisis Nacional del Disfraz Humectado”, dedicando titulares en la sección cultural a nuevos movimientos artísticos: “Permanente Desnudez Post-Lluvia”, “La Escultura Efímera de los Charcos”, y la inevitable “Apreciación Filosófica del Resfriado Solidario”.
La Suprema Comisaria paseaba por la sala ovalada de reuniones, tapizándose con papeles mojados que proclamaban los últimos índices, y murmuraba para sí: “Nadie sabe por qué, pero seguro que es necesario”. En sus jardines crecían margaritas con la forma de pequeños paraguas, y los gnomos de piedra sostenían pancartas en miniatura: “Mójate tú primero”.
El desenlace fue menos grandioso de lo imaginado: una mañana gris, el sol apareció por primera vez en treinta años, y todo el país, sin paraguas, no supo cómo protegerse de ese resplandor insólito. Hubo pánico. Hubo carreras. Hubo incluso una asamblea de emergencia para tratar la “Aguda Incertidumbre Solar”.
No sobrevivió ni un solo par de zapatos secos, pero todos coincidieron en algo: pocas veces una decisión tan estúpida había producido un consenso tan refrescante. Y desde entonces, en el Ministerio de Cuestiones Perfectamente Evitables, se aprobó el lema final: “Protegerse es humano, pero complicarse la vida, sencillamente imprescindible.”
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