Alchemised: No queda nadie a quien salvar
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Edición limitada de la novela Anatema.
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Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato Las Aventuras Aromáticas del Doble Lienzo
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Fragmento:


Despertábamos en apartamentos donde ninguna taza de café permanecía inmóvil más de doce minutos antes de convertirse en urna improvisada para propuestas de matrimonio fallidas, y los baños eran templos donde, de hinojos, se entonaban himnos al champú anticaspa. Godofredo —tan inutilmente convencido de su especialización en “logística afectiva”— lucía un esmoquin ligeramente jaspeado por migas de empanada al visitar los parques laterales, donde los nómadas digitales, entre murmuraciones geométricas, desarrollaban mapas de felicidad utilizando sillas plegables y wi-fi hurtado.

Duración: 04:20

Las Aventuras Aromáticas del Doble Lienzo
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No se podía caminar por la avenida principal de la ciudad —ese coloso de anuncios electrónicos resonando como flatulencias eléctricas— sin notar la dignísima presencia de Don Godofredo, un caballero conocido en los círculos más reservados no tanto por la largura de su bigote, que tenía la delicadeza de un helecho recién rociado, sino por su extrema propensión a disertar sobre las virtudes de los decantadores de vino, los tacos ortopédicos y, muy especialmente, las sandalias. Hay quien afirma, en momentos de penumbra, que la ciudad anterior a esta era un lugar donde los sueños cívicos giraban en torno a la meritocracia, siempre al ritmo agotador del patinete eléctrico, pero poco a poco, bajo la influencia de personajes como Godofredo y el infame Club de las Señoras con Gafas Púrpura, la urbe se transmutó en un exquisito compendio de absurdos organizados según el catálogo de un bazar patrocinado por la administración municipal.

Despertábamos en apartamentos donde ninguna taza de café permanecía inmóvil más de doce minutos antes de convertirse en urna improvisada para propuestas de matrimonio fallidas, y los baños eran templos donde, de hinojos, se entonaban himnos al champú anticaspa. Godofredo —tan inutilmente convencido de su especialización en “logística afectiva”— lucía un esmoquin ligeramente jaspeado por migas de empanada al visitar los parques laterales, donde los nómadas digitales, entre murmuraciones geométricas, desarrollaban mapas de felicidad utilizando sillas plegables y wi-fi hurtado.

Aquel martes impar de junio, el club de las Señoras con Gafas Púrpura convocó un simposio en el Mercado Municipal, suceso que provocó el corte inmediato de la arteria principal del tráfico rodado y cerebral de la ciudad. Los ventrículos más lúcidos del vecindario asistieron provistos de sombreros, megáfonos, y cartas de bingo ilegibles. “Hablaremos hoy de la importancia de la galleta de coco como columna portante del desarrollo sostenible”, anunció la Senhora Merengue, presidenta vitalicia del Club, enardecida por el eco plástico de su propio eco.

No tardó en unirse a la fiesta Rosalía, la poetisa oficinista que había consagrado su carrera alternando versos endecasílabos con solicitudes de excedencia administrativa. Competía, dicen, con la intensidad del fluorescente de una nevera social. “El verdadero epítome de la civilización moderna —sentenció, colgando de la espalda de un remero— es la capacidad de perder cosas sin perder la compostura”. La muchedumbre, deseosa de una epifanía práctica, la miró con ese apetito seminal de quienes sólo esperan por fin el canapés gratuitos.

Pero la sátira, en esta urbe, no se contenta con el murmullito ocasional de los sabios: adopta la forma de las ordenanzas, la honda gravedad de los semáforos que invitan al cruce durante media eternidad, el debate en los foros de redes donde treinta personas con avatares de gatitos sentencian el futuro del reciclaje de viejos concursos televisivos. Todo era argumento, todo era carnaval, bajo la mirada vigilante de la luna, que por alguna razón inexplicable ese día tenía el atrevido aspecto de un queso de cabra a medio devorar.

Volviendo a Don Godofredo: fue en ese parque, mientras los drones lanzaban folletos sobre la “ética participativa de las mascotas canoides”, donde tomó la inspiración para lanzar su negocio revolucionario: “Consultoría Integral de Dudas Triviales”. Pronto, la ciudad quedó saturada de asistentes personales entrenados para determinar la dirección más conveniente para colgar el rollo de papel higiénico o valorar el nivel óptimo de transpirabilidad del calcetín para jornadas de trabajo híbridas.

En los periódicos brotaban columnas enteras dedicadas a debates sobre si era legítimo microondas una croqueta sin filosofar al respecto, y en la televisión local irrumpieron programas de tertulianos que discutían la densidad simbólica del chicle pegado bajo la bancada del ayuntamiento. A nadie pareció importarle el resultado: lo esencial era participar en la grandilocuencia del detalle.

Mientras tanto, las Señoras con Gafas Púrpura ascendían a sus respectivas cúspides, ondeando banderines de retales y exigiendo que las calles fueran rebautizadas en honor a sus gatos y consolas portátiles. Los matrimonios se celebraban bajo la atenta mirada de notarios disfrazados de helado surtido, y los niños aprendieron a conjugar el verbo procrastinar en tres dialectos y media docena de aplicaciones móviles.

En resumen: así era el panorama de la urbe. Cada chispa del absurdo encontraba su caja de resonancia, cada gesto una interpretación psicogeográfica, y bajo la vilipendiada pero incombustible sombra de Godofredo, la ciudad danzaba, inverosímil e interminable, celebrando la apoteosis del problema minúsculo erigido a monumento. Este era, es, y será siempre el triunfo del detalle saturado, y si alguna conclusión merece ser legada a la posteridad, acaso sea ésta: que un mundo minucioso, cuando se toma demasiado en serio a sí mismo, únicamente puede aspirar a la gloria suprema del estrépito risible.

Alchemised: No queda nadie a quien salvar
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