En la antesala de la Gran Burocracia Celestial, donde el papel carboneado florece en vez de margaritas y las cartas de reclamación constituyen una forma de arte, el señor Benedictus Blümers se encontraba sentado, es decir, haciendo cola para sentarse, porque incluso en el más allá uno espera su turno. Había gente con toga fosforescente y expresiones de haber sido sorprendidos en medio de una rutina especialmente insípida. Un ángel municipal recorría la fila con un sello de caucho y el último número de Almas Modernas, recomendando incesantemente que solo se usara la ventanilla para trámites existenciales los jueves por la mañana.
Benedictus sostenía una carpeta azul que contenía su Currículum Existencial, lleno de trabajos mal pagados, amores mal cobrados y decisiones tomadas por ausencia de elección. Cuando llegó su turno —tras, por supuesto, rellenar un breve cuestionario sobre su grado de satisfacción vital mediante imágenes de bollos blandos— fue conducido ante la Dama del Buzón, una secretaria tan estricta que habría conseguido que las piedras se disculparan por tropezar a la gente.
—¿Propósito de la visita? —gruñó, mirando su carpeta por encima de sus gafas cuadriculadas.
—Supongo que he venido a averiguar qué hago aquí —titubeó él.
—¿Destino final? —insistió ella— ¿Círculo de las Tareas Inacabadas? ¿Zona de Castigos por Procrastinación? ¿O prefiere la reencarnación en forma de planta de interior en una oficina sin ventanas?
Benedictus pensó en su vida, y le pareció coherente que terminaran ofreciéndole un escritorio, aunque este fuera eterno y estuviera tan pulido que uno pudiera ver reflejados en él todos sus remordimientos y, peor, sus PowerPoints.
—Supongo que la procrastinación... aunque nunca conseguí empezar nada.
—Eso es perfecto —sentenció la Dama—, será promovido a espectro adjunto al departamento de Asuntos Pendientes.
Al salir por la puerta giratoria que desembocaba directamente en un cubículo de neblina, Benedictus se encontró rodeado de almas aún más desorientadas que él. Una de ellas, ataviada con un delantal cubierto de puré metafísico, le ofreció una taza de café, o de algo con la textura y color del café pero la amargura de los sueños no realizados.
—¿Anterior ocupación? —le preguntó amablemente.
—Vigilante nocturno en un museo de bronces olvidados.
—Ah, perfecto, sabrá reconocer bien los silencios incómodos.
En el Departamento de Asuntos Pendientes nunca se terminaba de archivar nada, porque cada vez que una firma parecía inminente una forma brumosa exclamaba: “¿Está seguro de esto?” y desaparecía por los pasillos hasta la semana siguiente. Los expedientes iban acumulándose, las sugerencias de mejora se debatían en reuniones que ocupaban porciones intangibles del tiempo, y las actas, cuando finalmente se escribían, se autodestruían por exceso de falta de interés.
Un día llegó una circular de la Gerencia Superior: se buscaban ideas innovadoras para agilizar la rueda de la existencia. Benedictus, en un arrebato de lucidez, propuso utilizar cucharas gigantes para remover el flujo del karma estancado. Su plan era enviar a todos los burócratas a remover las aguas de la vida para que los buenos propósitos subieran a la superficie, los malos se sedimentaran y el resto, que era el grueso, se evaporara con el café.
La propuesta fue remitida por triplicado, debatida largo y tendido, pospuesta tres veces y finalmente aprobada cuando alguien confundió “cucharón” con “cupo de vacaciones”. Así nació, en medio del caos y la risotada, la era moderna del más allá, donde sólo los que realmente sabían remover problemas con cucharas tenían alguna posibilidad de ascender… o al menos, de conseguir una oficina con vistas a la eternidad.
La moraleja, si es que alguien estaba dispuesto a leer hasta el final de la circular, era esta: la vida, la muerte, y las grandes burocracias, tienen en común que, por mucho que uno agite con energía, el poso siempre acaba saliendo a flote en el momento menos oportuno… y siempre, siempre, mancha la taza.
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