Era en la remota república de Candelabria, donde el sol salía una vez cada dos días para no cansarse, y la luna sólo servía de espejo a los concejales que, tras las sesiones parlamentarias, adoraban contemplar sus mejillas flácidas y blancuzcas. Allí vivía y vegetaba Saturnino Pulgarejo, probable descendiente de ángeles caídos a la administración pública y, por consiguiente, obligado a vivir conforme a las normas de los hombres y aún peor, conforme a los sobretiempos de los formularios.
Saturnino, funcionario de octavo grado, ocupaba la apreciada silla 23 de la Oficina General de Solicitudes Exóticas, una dependencia cuyo propósito era tan vago que sólo podía ser verdaderamente comprendido —o fingido— por quienes cobraban de ella. Cada mañana, Saturnino sacaba de su bolsillo un espejo y ensayaba tres expresiones distintas: la de la dignidad ofendida (para los suplicantes); la de la tolerancia resignada (para los colegas); y la sonrisa absurda (para el jefe, Don Hipócrates de la Incongruencia, hombre de talentos ocultos y apetitos visibles).
Una vez preparado, Saturnino recibía al primer ciudadano: Madame Peladilla, matrona de carnes generosas y domésticas ocupaciones, quien venía a renovar su licencia para conservar la humedad en su sótano. La ley, aprobada por el Parlamento en una sesión celebrada a base de vino peleón y charcutería metafísica, exigía que cada gota filtrada fuese documentada, engrampada y sellada con saliva de notario. Madame Peladilla venía, pues, henchida de humedad y súplicas.
—Señor funcionario, ¿está húmeda mi petición o la seco sobre la estufa pública?
Saturnino, sin mirar el papel, extrajo de su cajón el formulario 812-B (“Identificación de Humedades Sin Riesgo de Sublevación”), que sólo podía ser firmado con tinta invisible y contrafirmado por al menos dos testigos fantasmales. Solía evitar usar el 812-B porque una vez completado, aparecían goteras sobre los escritorios del personal, y todos temían que Don Hipócrates aprovechase para inaugurar una nueva “tasa de impermeabilización moral”.
—Tendrá que esperar a la luna llena, Madame Peladilla —resolvió Saturnino, mientras se rascaba una axila con aire intelectual—. La normativa exige sellos húmedos, y el sello sólo los moja la luna, como bien sabe.
Peladilla suspiró, dejó sobre la mesa un paraguas confiscado por el ayuntamiento y se retiró con la dignidad sólo posible en quien fracasa repetidamente ante el estado.
El siguiente era el joven Filomeno, quien quería abrir una taberna donde se discutieran guerras inexistentes. Para ello, debía certificar que sus clientes no poseían armas de fuego ni opiniones originales. El procedimiento requería la presencia de tres jueces borrachos y un poema insultante a la ortografía nacional. Saturnino le entregó el formulario C-111 (“Solicitud de Estupidez Ulterior y Corroboraciones Etílicas”).
—Recuerde —le dijo— que todo lo inventado tiene que ser traducido al esperanto para que nadie lo entienda y así el orden natural de la república se conserve.
Filomeno prometió olvidar todo lo aprendido en la escuela y partió, más ligero de ideas que de pies. Mientras Saturnino hacía una cruz imaginaria en el aire para protegerse de su propio sentido del deber, se oyó un tumulto: Don Hipócrates descendía las escaleras con el paso solemne de quien ha defraudado generaciones.
—Saturnino, buen hombre, ¿ha procreado ya su informe mensual sobre la desobediencia suburbana? —tronó, relamiéndose el bigote con gesto adusto.
—Lo tengo incubando, señor —respondió Saturnino, sin inmutarse—. Como los mejores patés: primero se asquean, luego se aprueban.
Al escuchar aquello, Don Hipócrates le confió un nuevo encargo: redactar la primera “Normativa para el Uso Correcto del Aburrimiento Público”. El propósito era crear un reglamento que regulara los bostezos, las siestas en horario laboral y el derecho de los ciudadanos a no interesarse por cosa alguna. Era costumbre que el Estado regulara sólo aquello que no le importaba a nadie, garantizando así el bienestar universal por la vía inversa.
Con la pluma en la mano y la mente entre bostezo y bostezo, Saturnino esbozó los primeros artículos:
Artículo 1. El bostezo será considerado señal de adhesión discreta al orden vigente y no podrá ser empleado como protesta, salvo en fiestas nacionales.
Artículo 2. Los ojos entrecerrados implicarán la aceptación tácita de la inmortalidad funcional y no darán lugar a suplementos salariales, a menos que el sueño sea demonstrable mediante ronquidos de tres decibelios.
Artículo 3. Nada parecerá interesante oficialmente, salvo las listas de temas intrascendentes elaboradas por el Consejo Ejecutivo de la Nada.
Al entregar el borrador, Don Hipócrates lo felicitó con una palmada tan vacía como su propia conciencia administrativa. Por toda recompensa, Saturnino recibió la medalla a la Indiferencia Ejemplar, una chapa ovalada, opaca, perfectamente inútil, que podía perderse sin virtud ni reproche.
Así, mientras la luna mojaba papeles y el sol clausuraba formularios, Saturnino comprendió el verdadero secreto de su cargo: gobernar los absurdos desde la grisura, perpetuar la nada desde la rutina y ofrecer, cada día, un espectáculo de sombras a un público profesionalmente dormido.
Y cuando la república de Candelabria, embriagada de papeleo y pereza, se asoma a la eternidad del bostezo, a Saturnino le basta con sentarse, sacar su espejo, y decidir —por enésima vez— qué expresión absurda encajará hoy en la gran mascarada del deber.
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