Fragmento:
La señora Gibbons, ataviada con las banderas de la longevidad (bufanda desteñida, guantes con zurcidos, dos abrigos), les miró de reojo. Ella tenía la sospecha de que la verdad se escondía debajo de los maceteros o tras los anuncios de dentífrico, pero se conformaba con no encontrarla jamás. Recordaba el año en que los relojes comenzaron a hablar. Al principio murmuraban la hora con voz suave. Después empezaron a dar consejos, a susurrar ofertas especiales, a explicar lo que estaba bien y lo que estaba mal. Hoy todos llevaban la moral atada a la muñeca, vibrando a media tarde: “Compra algo, Malcolm. Has sido bueno este mes”.
Duración: 03:42
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Ayer, cuando la ciudad se despertó, sonaba a huesos mondos en una urna, limpia y pulida. Los primeros transeúntes salieron a la calle convencidos de que el día les debía algo, no por trabajo ni mérito propio, sino porque lo decía el anuncio resplandeciente que parpadeaba en la esquina: PROMOCIÓN: VIVA.
Malcolm se sentó en la parada del autobús, convertido ya en uno de esos ingredientes anónimos del paisaje. Llevaba una hoja de papel doblada en cuatro, donde su jefe le había escrito, delicadamente, la palabra «despedido» con la tinta cerúlea de las buenas noticias. Nadie miró a Malcolm. La gente es muy educada: no mira a los que sangran. A su lado, un niño apretaba el móvil contra el rostro, jugando a un videojuego en el que tenía que construir ciudades habitadas solo por él mismo.
La señora Gibbons, ataviada con las banderas de la longevidad (bufanda desteñida, guantes con zurcidos, dos abrigos), les miró de reojo. Ella tenía la sospecha de que la verdad se escondía debajo de los maceteros o tras los anuncios de dentífrico, pero se conformaba con no encontrarla jamás. Recordaba el año en que los relojes comenzaron a hablar. Al principio murmuraban la hora con voz suave. Después empezaron a dar consejos, a susurrar ofertas especiales, a explicar lo que estaba bien y lo que estaba mal. Hoy todos llevaban la moral atada a la muñeca, vibrando a media tarde: “Compra algo, Malcolm. Has sido bueno este mes”.
El autobús llegó lleno de caras programadas para simular espontaneidad. El chófer tenía una pequeña pegatina: “Hoy, mejor persona”. Todo el mundo quería serlo, aunque nadie tenía claro en referencia a qué. Un hombre de traje consultaba dos teléfonos. Uno le enseñaba las noticias: “Un hombre duerme en el metro. Posible causa: desmotivación”. El otro le recordaba sus próximos cumpleaños: sólo hijos y jefes, la familia reducida a nombres que garantizan supervivencia en la tarjeta de crédito.
En la plaza, un grupo de activistas se reunía bajo una pancarta biodegradable. Reclamaban menos soledad, más empatía, menos asfalto, más verde. Una señora joven les fotografió y subió la imagen con un epígrafe: “La esperanza es tendencia”. A los pocos minutos, la multitud virtual abrasó la iniciativa con comentarios y reacciones inflamadas. El algoritmo lo agradeció; era la hora sagrada del debate, el nuevo opio de una sociedad sin domingos.
Malcolm, la señora Gibbons y el niño del móvil acaban juntos bajo un toldo cuando comienza a llover. El niño, sin levantar la vista de su pantalla, musita: “No importa, la lluvia no da puntos”. La señora Gibbons observó la gente apretujada bajo los paraguas baratos que decían ser resistentes al viento y a la verdad. “Cuando era joven”, pensó, “la lluvia mojaba más. Y uno sabía cuándo estaba empapado”. Ahora uno nunca está seguro de nada salvo lo que le repite el reloj.
En ese instante, el ejército de hologramas publicitarios se desplegó en la acera, sirviendo descuentos personalizados según el gesto facial de cada peatón. “Oferta especial para los que hoy sienten que faltan”, rezaba uno, flotando por encima de la cabeza de Malcolm.
La señora Gibbons bostezó; tenía la esperanza de que las noticias del día siguiente dijeran, por fin: “Las cosas han dejado de estar en oferta. Todo es real”. Pero las pantallas parpadearon, sonrientes, emitiendo el estribillo universal: “Consuma aquí su parte de sentido”.
Y así, mientras la ciudad cerraba los ojos por un momento, llovía sobre todos. Pero nadie, ni siquiera el algoritmo, parecía mojarse del todo.
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