La lluvia había caído toda la noche, incesante y morosa, dibujando surcos en el lodo del poblado. Allá, acurrucado bajo un alero desvencijado, se encontraba Édrik, con la capucha empapada cubriéndole el rostro y los dedos entumecidos por el frío. Escuchaba el siseo suave del agua al colarse entre las piedras, atento al rumor de pisadas en el fango, a la vida arrastrada de quienes aún quedaban.
En las aldeas del sur contarían historias más dulces, seguramente. En Bairholt ya nadie creía en milagros. La magia, si alguna vez existió, se había marchitado mucho antes de que Édrik naciera. Lo que quedaba eran hombres de manos callosas, cicatrices viejas, lealtades compradas y promesas nunca cumplidas. Lo milagroso era sobrevivir.
Esa noche, pues, las sombras parecían más densas. Las apenas dos docenas de luces que permanecían en las cabañas apenas bastaban para vencer la penumbra. Una mujer cruzó la plaza barrosa, con la falda remangada y un fardo bajo el brazo. Édrik la observó, percatándose por la joroba en el hombro izquierdo: Era Magda la curandera. Ella tampoco dormía bien desde hacía meses.
El joven se levantó despacio. Bajó el callejón, los pies chapoteando casi en silencio, hasta deslizarse tras la curandera antes de que ella traspasara el umbral de la vieja taberna. Una taberna vacía, pero con la lumbre encendida. Nadie la mantenía por esperanza; sólo porque los gusanos no debían adueñarse aún del corazón del pueblo.
Y allí, junto al fuego, la esperaban tres figuras. Un mercenario con barba de días, los labios resecos y un brillo opaco en la mirada; una mujer anciana con el pelo atado con cintas rojas; y el propio alcalde, Ilven, gordo y siempre sudoroso a pesar del frío. Magda depositó en la mesa el fardo. El olor, mezcla de sangre y tierra, llenó el ambiente.
—No han terminado con él —dijo la curandera, apenas levantando la voz.
El alcalde apretó los puños, con temblores en las mejillas.
—¿Todavía vive? ¿Después de eso…?
—Desearía no hacerlo —la voz del mercenario era arena y hierro—. Nadie sobrevive por orgullo, Édrik. Es miedo. Miedo de lo que acecha si se rinden.
Édrik entró sin pedir permiso. Todos lo miraron. Era joven, mucho más que ellos, pero nadie en Bairholt podía permitirse el lujo de ignorar una voluntad férrea.
—¿Qué fue esta vez? —preguntó, sus ojos fijos en el paquete ensangrentado.
Magda abrió el lienzo y reveló la mano de un hombre. Los nudillos destrozados, las uñas arrancadas. Ningún anillo, nada que hablar del pasado. Édrik apartó la vista.
—¿De cuántos más?
El silencio pesó antes de que la anciana respondiera.
—Unos dicen tres, otros cinco. La gente no habla, sólo susurra. Nadie ve nada, nadie hace preguntas.
—¿Y no fue un lobo? —preguntó Édrik, amargo.
La frase flotó en el aire, tan ridícula como necesaria, porque todos sabían quién —o qué— perpetraba esos crímenes: Hombres. Vecinos. Nombres que se cruzaban cada día, voluntades rotas por el hambre o la ira.
El mercenario sorbió un poco de vino peleón y apuntó al fuego con la barbilla.
—Lo de siempre. Ladrones que ahora llaman a sí mismos “justicieros”. Dicen protegernos de no sé qué amenaza inventada. Exigen pagos, castigan a quienes se quejan. Él se negó.
—Le cortaron la mano para advertirnos —concluyó Édrik.
—Sí.
Nadie lloró. La compasión era un lujo de tiempos más generosos. El alcalde, torpe, trató de evitar que el miedo asomara en su voz.
—¿Crees que… deberíamos hablarles? Intentar una tregua.
—¿Tregua? —Magda lo miró con desdén—. Te doblegas una vez, te exigirán rodillas siempre. Ya no queda orgullo, Ilven.
Édrik miró el fuego. Vio reflejadas, retorcidas, las caras de sus padres perdidos, de amigos caídos, de los que no aprendieron cuándo esconderse y cuándo salir por la puerta de atrás. Sabía lo que debía hacer, aún sin valor suficiente.
Dio la vuelta a la mano mutilada. En la muñeca había una línea torcida, el vestigio de una vieja marca de quemadura. Muy pocos la recordaban entonces, pero Édrik sí: la misma marca que tenía su hermano, aquel que nunca volvió la noche de la quema del molino.
La furia se encendió, seca y fría.
—Esta vez no huirán como ratas al alba —dijo leve, mirando al mercenario—. ¿Vendrás conmigo?
El mercenario sonrió, con la resignación de quien ha sobrevivido demasiadas veces.
—Nunca me gustó el papel de testigo.
El plan lo tramaron al abrigo de la lumbre, con la taberna convertida en santuario silencioso. Sabían que nada en su plan era heroico ni limpio. Buscarían a los ladrones, rastrearían las viejas rutas que una vez pertenecieron a los leñadores, y en el claro más oscuro los enfrentarían. Habría sangre. Volverían menos de los que partieron.
Nadie habló de redención. En Bairholt, el único milagro pequeño era no convertirte tú, también, en sombra. Y aún así, en mitad del lodo, bajo las gotas cansadas del amanecer siguiente, Édrik se levantó con la mirada fija, más cerca de la venganza que del perdón.
Y el barro, por un instante, pareció menos pesado.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.