Fragmento:
Maud dejó el cuchillo sobre la mesa y, por fin, me miró. Sus ojos, que compartían el gris plomizo de la tarde tras las ventanas, no mostraban sorpresa ni hastío, sino el cansancio de los que han vigilado demasiado tiempo por un peligro que casi han olvidado cómo nombrar.
Duración: 04:42
La puerta se cerró con más suavidad de la que pensaba. Había dejado atrás el eco extenuante de las calles, el burbujeo tímido de la lluvia sobre los árboles. En el recibidor olía a lino húmedo y a cera de abejas, y una alfombra de nudos torpes amortiguaba el roce de mis botas. Mi tía Maud, con las cejas despeinadas y el delantal encima de la falda negra, me recibió sin mirarme a los ojos. No dijo: “He guardado tu habitación” ni “Me alegro de verte después de tanto tiempo”; solo se limitó a señalar la escalera.
Trepé los peldaños, reconociendo la familiar aspereza de la baranda. A mitad de camino, pensé que, una vez arriba, todo cobraría un sentido menos oscuro; pero, como siempre, el primer vistazo al pasillo con su hilera de puertas cerradas no hizo sino aumentar mi inquietud. En casa de la tía Maud no había leyendas de duendes ni criaturas bajo la cama; sólo la persistente sensación de que las sombras en las esquinas se alargaban más de lo necesario y de que nadie, jamás, pronunciaba el nombre de los muertos.
Dejé la mochila junto a la cama. Sobre el edredón, cuidadosamente dobladas, estaban mis sábanas de la infancia, aún con manchas de tinta. El aire olía a madera envejecida y al aroma lejano de tomillo que llegaba desde la cocina. No tenía sentido demorarse; bajé de nuevo, con el corazón un poco más frenético de lo que la calma del lugar justificaba.
Maud estaba sentada junto al fogón, pelando papas. No levantó la vista cuando me senté frente a ella. Un reloj de cuerda, colgado en la pared, marcaba la una y treinta y uno, pero la manecilla del minutero parecía vacilar al pronunciar cada segundo.
—¿No funciona bien el reloj? —pregunté.
Maud dejó el cuchillo sobre la mesa y, por fin, me miró. Sus ojos, que compartían el gris plomizo de la tarde tras las ventanas, no mostraban sorpresa ni hastío, sino el cansancio de los que han vigilado demasiado tiempo por un peligro que casi han olvidado cómo nombrar.
—En esta casa nada avanza como debe —dijo—. Ni los relojes, ni las heridas.
Me encogí de hombros, sabiendo que sería inútil pedir explicaciones. En casa de Maud, la lógica era tan resbaladiza como el barro de los charcos tras la verja.
La noche llegó pronto, acompañada por el rumor constante del viento. Dormir en aquella vieja cama, bajo el peso del edredón y de los recuerdos, era un desafío peor que cualquiera de mis noches de hotel en la ciudad. Los sueños se agolparon: caras conocidas y borrosas, pasos en un pasillo interminable, una risa cortada de golpe. Me desperté de madrugada, envuelto en sudor frío. El reloj en la cómoda murmullaba, pero no había avanzado apenas desde la tarde.
Me vestí y bajé, guiado por un impulso que no sabría explicar. Maud estaba despierta en la cocina, arremangada y con la mirada perdida en la infusión que preparaba. Entre nosotros se tendía el silencio, como un animal dormido.
—¿Te irás pronto? —preguntó, sin preámbulos.
—No tengo destino —contesté.
Al decirlo, comprendí que había dejado de buscar raciocinio en mis desplazamientos, como quien asume que la lluvia no va a cesar sólo porque uno quiera salir de casa seco.
Pasaron los días. La casa era una prisión blanda, de rincones familiares y pequeñas traiciones: un suelo que se hundía de modo inesperado, una ventana que no cerraba bien y silbaba por las noches, una carta bajo la puerta que no recordaba haber escrito ni recibir. Maud salía poco, y yo menos; los dos parecíamos custodiar algo en el otro que no podíamos nombrar.
Una noche, apenas pasada la medianoche, escuché ruidos en el cobertizo. Salí con el farol. Fuera, el aire tenía el filo helado de los recuerdos y olía a humedad acumulada. El cobertizo siempre había sido el sitio donde se guardaban trastos, herramientas inútiles y, a veces, secretos familiares.
Dentro, estaba Maud. No parecía sorprendida.
—¿Esperabas a alguien? —preguntó.
—No —dije—. Sólo escuché ruidos.
Ella asintió como si aquello confirmara una sospecha antigua.
—Hay cosas que insisten en quedarse, aunque todos a su alrededor finjan lo contrario —murmuró.
Aparté una caja y vi, en una esquina, el retrato de mi madre, medio cubierto de polvo. Habían pasado años; las facciones se habían hundido en la foto, como si hasta la memoria se resistiera a avanzar. Maud me miró con una tristeza resignada.
—Aquí es donde las cosas regresan —dijo, y hubo en su voz la nota tenue de la confesión.
No hubo más palabras esa noche. Dejé el cobertizo, sabiendo que la vida continuaría al margen de causas o soluciones. Sentí que algo se había acomodado durante mi estancia, una costura invisible en el tejido de los días.
Aquella fue mi última noche en la casa de la tía Maud. Al marcharme, el reloj de la sala se detuvo exactamente a las ocho y veinte. Maud no salió a despedirme. Caminé hacia la lluvia, con la certidumbre de que, alguna vez, todo lo que no encajaba en ninguna otra parte encontraría su refugio en aquel hogar de pasos y de ecos, y que yo —como todos los que buscan explicaciones en los relojes detenidos— terminaría por volver, aunque sólo fuera en sueños.
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