Fragmento:
Osvan apareció antes de lo esperado, deslizándose entre los pinos doblados, la chaqueta remendada y la barba espesa llena de escarcha antigua. No pronunció saludo, solo depositó una mano sobre el baúl, con una seriedad pesada como plomo.
Duración: 04:31
Las montañas del norte sirvieron de frontera durante siglos. No una frontera de esa clase que los cartógrafos dibujan, no una raya que se rompe en triángulos bajo la lupa de los hombres de leyes. Sino la frontera que marca el miedo y el frío, el silencio sordo de las rocas y la memoria de las cosas extinguidas. Incluso ahora, las sendas que cortan la roca se van borrando y la escarcha muerde la madera de los carros cuando quedaba alguno, las ruedas quietas y los caballos apretados por el hielo y la penuria. Atrás, las tierras cultivadas y las ciudades grises, delante solo valles que parecen bocas abiertas en la tierra.
Hali nunca había sido supersticiosa. Ni siquiera cuando le dijeron que el viento, en noches de luna nueva, arrastraba palabras de otro tiempo. Palabras muertas, voces de gente que no había existido más que en las historias que sus tías tejían junto al fuego. Había dejado atrás el pueblo seis inviernos antes, y de su vida de costurera no le quedaba más que la teoría de puntadas invisibles y la práctica callosa de las manos ásperas.
El encargo no era difícil. Subir al fuerte viejo, la torre rota de la familia Eard, y llevarle a Osvan—el capataz medio loco—el baúl lacrado que los del concejo querían fuera del pueblo. Osvan tenía sus reglas, y en la taberna decían que cobraba por prender candiles en habitaciones vacías y apartar los cristales rotos del vestíbulo antes de que el viento los hiciera añicos. Nadie más subía allí por voluntad, pero la paga era mejor que aguantar el ácido de la abuela o la mueca desesperada de su antiguo prometido.
Subió la cuesta con el pecho ardiendo, el aliento empañado en la bufanda raída. La nieve vieja crujía bajo las botas y el baúl pesaba más de lo que parecía, con ese temblor interior, ese frío que no venía solo del invierno. Cuando divisó la torre, supo que nadie la observaba desde las ventanas: no quedaban cristales, y las sombras eran tan viejas como la piedra, indiferentes a quien pasara bajo su amparo. Su mente, sin embargo, empezó a tejer preocupaciones, como hilos invisibles que rozan la piel.
Osvan apareció antes de lo esperado, deslizándose entre los pinos doblados, la chaqueta remendada y la barba espesa llena de escarcha antigua. No pronunció saludo, solo depositó una mano sobre el baúl, con una seriedad pesada como plomo.
—¿Sabe alguno lo que hay aquí? —preguntó, con voz extrañamente baja.
Hali sintió la punzada de la curiosidad, pero el cansancio la arrastró hacia la respuesta más sencilla.
—No me pagan por saberlo —dijo, y sintió que algo en Osvan, alguna tensión, se suavizaba apenas.
Detrás de ellos, la sombra alargada de la torre parecía oír cada palabra. El hombre tanteó el candado, dejó el baúl a sus pies y buscó algo en el bolsillo. Silencio. El viento. El crujido lejano de alguna criatura pequeña entre la maleza.
—Estos encargos nunca traen nada bueno —musitó Osvan, casi hablando para sí. Usó la llave y un rastro de vapor ascendió de la cerradura, una niebla helada.
Dentro había libros. Libros viejos, apilados y cubiertos con un tejido negro, y entre ellos, una caja de madera casi blanda por los años. Libros, nada más. Pero Osvan no los tocó. Se los quedó mirando como si esperase que dijeran algo, como si recordara otro tiempo en que las palabras podían volverse afiladas.
—¿Se los lleva el concejo? —preguntó ella al final, sin tenerse a sí misma paciencia.
Osvan negó con la cabeza.
—No. Dejan que yo los queme. Nadie quiere mirarlos más. Nadie quiere recordar lo que fuimos.
Hali se estremeció. De cerca, la letra dorada apenas era visible sobre la tapa, el nombre de un lugar que no reconocía y una fecha imposible, muy anterior a su nacimiento. Osvan contempló los lomos con una reverencia estéril, resignada.
—¿Cuántos quedan? —aventuró ella.
—Pocos —respondió Osvan. Luego alzó la vista; sus ojos no tenían nada de locos. Había en ellos una tristeza práctica, una sabiduría marchita por la costumbre.
—Vuelve antes de que anochezca. Hay cosas que prefieren las voces humanas en la oscuridad… y no quiero que te encuentren. Ni a ti, ni a mí.
Hali se apartó despacio, pero antes de cruzar el umbral de la verja pensó en todas las historias que se quemaban con aquellos libros. En los nombres y los lugares y los errores que el pueblo parecía querer olvidar, tapando el eco de lo que una vez les sostuvo.
Bajó la colina, con la garganta ardiendo y el alma un poco más vieja. El viento, esa noche, le pareció que decía su nombre. Pero ya no estaba segura de querer escucharlo.
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