Fragmento:
Junto a Didrell iba Nefilasta, el anticuado caballero sir Basto—tan viejo que incluso sus mentiras tenían arrugas—, y la más reciente elección del gremio de Ladrones, una joven llamada Mapla, que nunca hubiera robado nada de haberle dado la ocasión. Al inicio de la travesía, cada cual llevaba consigo un objeto de máxima utilidad según los dictados misteriosos de la fortuna: Didrell, una piedra que supuestamente señalaba el norte (era mentira, la piedra era del sur profundo); Nefilasta, un libro sellado que no podía (ni debía) leerse; Basto, una espada sensible a la pereza; y Mapla, una carta de renuncia escrita antes de recibir el puesto.
Duración: 06:37
Había una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. Su capital, la ciudad de Hierbaechá, se extendía vasta y enrevesada a lo largo de las orillas de un río de agua totalmente sensata: ni mágica, ni completamente potable, sino sobre todo omnipresente y propicia para el desarrollo regular de cañas y cotilleos.
Hierbaechá tenía muchas particularidades, siendo la menor de ellas el hecho de albergar al Consejo de los Equivocados, una asamblea integrada por sabios que habían demostrado, con una brillantez casi cómica, estar sistemáticamente errados en todo salvo en sus malas decisiones. Eran amados, por supuesto; no hay nada tan reconfortante como ver equivocarse a los poderosos, siempre que no manejen cuchillos cerca.
La peor decisión que tomaron fue invitar a la archimaga Nefilasta a una reunión de rutina. Traía consigo un birrete prominente, ligeramente chamuscado, y la admirable capacidad de discutir consigo misma en voz baja mientras otros hablaban. “¿Y si nunca aprendemos nada, salvo cómo equivocarnos decorosamente?”, murmuraba mientras removía distraídamente su caldo de raíces momificadas.
El tema de la reunión era el permanente avance del Bosque de los Caminos Olvidados. Era un bosque considerablemente menos interesante de lo que sugería su nombre, dado que casi todos sus caminos llevaban exactamente a donde uno esperaba: perdición, hastío y, en ocasiones, la posada del Trol Despeinado. No obstante, el problema era que el bosque avanzaba exactamente a razón de un paso perplejo al día, tragándose no solo los edificios periféricos sino también la memoria de que alguna vez hubo allí algo.
El Consejo resolvió, tras largas deliberaciones, enviar una expedición digna de leyenda (o, en su defecto, de rumores imprecisos tras la tercera jarra) liderada por el recaudador de impuestos por error, un supuesto descendiente de dragón llamado Didrell. Se lo elegía siempre por su capacidad para sobrevivir a una declaración de bienes ajenos y a su inexplicable habilidad para perderse inclusive en habitaciones con un solo umbral.
Junto a Didrell iba Nefilasta, el anticuado caballero sir Basto—tan viejo que incluso sus mentiras tenían arrugas—, y la más reciente elección del gremio de Ladrones, una joven llamada Mapla, que nunca hubiera robado nada de haberle dado la ocasión. Al inicio de la travesía, cada cual llevaba consigo un objeto de máxima utilidad según los dictados misteriosos de la fortuna: Didrell, una piedra que supuestamente señalaba el norte (era mentira, la piedra era del sur profundo); Nefilasta, un libro sellado que no podía (ni debía) leerse; Basto, una espada sensible a la pereza; y Mapla, una carta de renuncia escrita antes de recibir el puesto.
Avanzaron por el Bosque de los Caminos Olvidados con más determinación de la estrictamente necesaria. Los árboles los miraban con la desconfianza propia de quien ha visto demasiados leñadores y pocos poetas. Todo estaba cubierto de una niebla que parecía pensada para ocultar la incompetencia y realzar el heroísmo accidental.
En la segunda tarde (poco después de que Basto intentara negociar con un arbusto para obtener mejores condiciones de sombra) encontraron la primera señal de que el bosque no era completamente lo que parecía: bajo el musgo, muy cuidadosamente ocultos, encontraron restos de letras talladas en piedra. Mapla, que había aprendido a leer de izquierda a derecha pero pensaba mejor al revés, lo descifró: “Todo Lugar Fue Alguna Otra Cosa”.
La archimaga murmuró: “La memoria es el peor tipo de magia, porque no la puedes enterrar muy hondo”. Nadie prestó mucha atención, salvo el bosque, que pareció encogerse un poco de pura culpabilidad.
Esa noche, mientras dormían entre raíces que olían a arrepentimiento y a sopa de cebolla, los sueños de cada uno dieron en cruzarse. Soñaron el mismo sueño: regresaban a Hierbaechá y no la encontraban, solo una vasta extensión de pasto y gaviotas muy satisfechas. Ninguno lo comentó al despertar, por si acaso el sueño era contagioso.
Avanzaron, guiados por sonidos indistintos y la ocasional pedrada de la razón práctica. Descubrieron, eventualmente, que el Bosque no solo estaba borrando los recuerdos de las cosas que devoraba, sino que los almacenaba. En una caverna hueca en la raíz de un gran roble, hallaron pilas de relojes sin manecillas, retratos sin rasgos y sospechosamente muchas listas de compras.
Al centro de la caverna encontraron a la Guardiana de las Cosas Olvidadas, mitad anciana, mitad reloj de pie, y totalmente exasperada. “Recuerdos, recuerdos por todas partes y ni uno bueno en años”, refunfuñó. “El olvido es una bendición para los necios, pero alguien debe recordarlo… y limpiar, ya puestos.”
La expedición intentó negociar: ofrecieron promesas de historias inéditas, una receta de pan que Nefilasta nunca recordaba y la piedra sureña, que por primera vez apuntó efectivamente al norte, extrañando a su antiguo dueño. La Guardiana, consciente de que nunca nadie resolvía nada simplemente olvidándolo, accedió a devolver lo perdido a cambio de una historia auténtica, una que nadie quisiera olvidar ni siquiera cuando doliera.
Así, uno a uno, contaron sus historias reales: Didrell confesó no ser de sangre dragón ni recaudador, sino un impostor preferido por el azar; Mapla admitió que lo suyo no era el robo sino la fuga; Basto, que nunca tuvo grandes gestas ni leyenda digna, solo muchas ganas de seguir andando; y Nefilasta, que su magia provenía del miedo a lo irreversible.
La Guardiana, sonriendo con la tristeza suave de quienes entienden el tiempo, selló el bosque nuevamente en una noche más corta de lo que dictan los relojes. El Bosque dejó de avanzar, aunque prometió hacerlo de nuevo si algún día los humanos deseaban olvidar más de lo imprescindible.
La expedición regresó a Hierbaechá. Sus relatos nunca fueron del todo creídos, pero tampoco olvidados, y el consejo decretó oficialmente la tolerancia periódica a la equivocación y la importancia de conservar, de vez en cuando, todo lo que no sirve para nada salvo para contarse.
Así acabó y volvió a empezar la historia que, como todas las historias auténticas, seguirá creciendo cada vez que alguien se pierda por las avenidas de la memoria o fracase con torpeza necesaria y elegancia accidental. Porque si algo enseña la alta fantasía es que el olvido, como la magia, está donde menos lo esperas, y a veces incluso donde lo necesitas.
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