Fragmento:
Lyrisin observó el portón mayor, entreabierto, balanceándose suavemente con un crujido que parecía salir de una garganta sin voz. Se adentró bajo el arco y la humedad le golpeó el rostro dulcemente. A su derecha, una hilera de vitrales entonaba relatos de guerras pasadas; a la izquierda, pedazos de escultura de algún dios olvidado, tumbados sobre musgo y raíces. Todo el aire vibraba con la certeza de la magia que había sido; andaba como sobre las últimas notas de un himno apagado.
Duración: 04:25
Delante de la catedral consumida por hiedras sangrantes, Lyrisin se detuvo, respirando el aire agrio que flotaba sobre el Lago Perennal. Tenía la mano enguantada envuelta en los pergaminos antiguos que durante meses la habían conducido, página tras página, hasta este lugar que el mapa prohibido solo osaba dibujar con cuatro líneas y una mancha negra. Y sin embargo, desde su niñez, su abuela le había contado historias sobre la bóveda subterránea donde los dioses se retorcían de soledad, inmóviles pero aún conscientes, condenados a vivir como piedras bajo la corteza del mundo.
Lyrisin observó el portón mayor, entreabierto, balanceándose suavemente con un crujido que parecía salir de una garganta sin voz. Se adentró bajo el arco y la humedad le golpeó el rostro dulcemente. A su derecha, una hilera de vitrales entonaba relatos de guerras pasadas; a la izquierda, pedazos de escultura de algún dios olvidado, tumbados sobre musgo y raíces. Todo el aire vibraba con la certeza de la magia que había sido; andaba como sobre las últimas notas de un himno apagado.
Supo que aquel era su destino desde la visita del Tercer Hombre, aquel ser que penetró en su sueño mientras su madre dormía enferma y le susurró acerca de la Espina del Silencio. No se atrevió nunca a pronunciar el nombre en voz alta, pero lo veía relucir cada vez que cerraba los ojos, como un fulgor en la memoria de los locos.
Cuando alcanzó la nave central, descubrió el altar. Sobre él, brillaba una sola gema: una lágrima negra palpitando con reflejos de azul y rojo. Custodiaban la joya dos figuras encapuchadas, de cuerpos tan delgados que el atuendo colgaba de ellos como néboas teñidas de púrpura. Durante un momento, Lyrisin dudó: sentía cómo su sangre le susurraba cautela, pero las palabras del Tercer Hombre mordían su razón, aguijoneando el deseo.
“No debes hablar, ni siquiera pensar en tu propio nombre”, había advertido la abuela muchos años antes, cuando aún el mundo era joven para sus ojos. “Aquí, cualquier palabra es un lazo. Cualquier pensamiento, una condena.”
Los vigilantes miraron a Lyrisin al unísono. De sus capuchas brotó una voz doble, suave como la seda podrida: “¿Para qué perturbar la paz de quienes duermen en piedra?”
Lyrisin, sin atreverse a pestañear, extendió la mano, sin tocar el altar, y susurró: “Busco redención, o muerte de mi linaje. Vengo con tributo de sangre y memoria.”
Ellos se miraron entre sí: murmuraron en una lengua que parecía masticar el viento. El guardián de la derecha dio un paso adelante y la tocó, delicadamente, en la frente. Relámpagos de recuerdos la arrollaron: vio la rebelión de los antiguos magos, la condena de su pueblo a cargar sueños ajenos, y el nacimiento de una maldición transmitida por la carne y el canto.
La gema pareció latir. Un pulso caliente recorrió su espalda. Lyrisin sintió que el suelo bajo sus pies vibraba y la catedral entera se inclinaba hacia un abismo invisible, como si todo aquel lugar estuviera a punto de ser tragado por una boca hambrienta de historias.
Uno de los guardianes habló: “Si portas la Espina, tu linaje caerá en silencio—pero encontrarás verdad donde otros hallan locura.”
“Si rechazas la joya, tu pueblo persistirá en su condena, pero no conocerás la raíz de tu herencia ni el destino de los que duermen.”
La elección era un pozo: ni la abuela, ni los textos prohibidos la prepararon para la malevolencia insondable de elegir entre la ignorancia y la extinción. La gema le reclamaba con su fulgor oscuro.
“Tomaré la Espina,” dijo, sintiendo que la voz ya no era propia, sino la de todos sus ancestros, arrastrados milenios atrás antes del primer ocaso.
El altar se inclinó hacia ella; la joya se levantó y penetró su palma desnuda, hiriendo pero también encendiendo el fuego de una memoria ancestral: vio los rostros de los dioses petrificados, suplicando redención, vio la creación y destrucción de ciudades, vio cómo los lazos del canto se rompían y el silencio caía como un manto de plata sobre los campos eternos.
Cuando Lyrisin abrió los ojos, los guardianes eran polvo y la catedral reverberaba con una melodía antigua: la canción del fin de su linaje.
Salió afuera, la Espina clavada en su carne, y el aire olía a un mundo recién descubierto. La noche a su alrededor ya no era solo oscuridad, sino promesa y pavor entrelazados, el precio eterno de mirar bajo el eco de la marea ardiente.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.