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Novela romántica Antes del amor
Portada del relato Las Aguas Vítreas de Kaarn
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Fragmento:


Nadie se movió. Porque preferían mentir. Ser noble es eso: mentir muy bien, incluso cuando ni uno mismo se lo cree del todo.

Duración: 06:47

Las Aguas Vítreas de Kaarn
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La sala del trono olía muy levemente a violetas y, quizá, a fracaso. Suelo de obsidiana, columnas que parecían retorcidas por un dios borracho: así era la decoración preferida del rey Melquinor, un hombre que consideraba el brillo opulento, y casualmente amenazante, una tendencia en auge. Alrededor de su figura—larga, enjuta, envuelta en pieles de bestias susurradoras—las corrientes de la política y la magia se cruzaban como ratas desesperadas. Y bajo el trono, en el espacio que todo monarca adulto llamaría sótano pero que los niños saben que es cueva, alguien respiraba.

Su nombre era Careld, aunque nacida como Carelda, si a la diosa de los reemplazos le importara el género. Ella/él pertenecía a la irregular, callada y frecuente orden de los Cambistas: magos capaces de intercambiar recuerdos y, si estaban especialmente hambrientos o aburridos, colores. No era una magia sutil; dejaba rastros. Como la baba en los labios de la corte, o los rumores en las escaleras del palacio.

—Así que hoy te han tocado las sombras —musitó Careld hacia los ladrillos. Su voz tenía el timbre de la seda desgarrada, un tono adquirido tras largos años escuchando las confesiones de tapices sentenciados al polvo.

El único que respondió fue el eco. Y el eco, como puede atestiguar cualquier mago, es el peor tipo de compañía porque siempre tiene razón y demasiado tiempo para pensar en ello.

En lo alto del salón, los nobles se movían con la plácida agresividad de peces en una pecera donde acaban de ver la lombriz del desayuno. Unas almas pulcras, otras sucias hasta la euforia, todos temerosos de que la siguiente orden del rey implicara perder tierras, cabeza, o algo aún más valioso en la Corte de Kaarn: reputación.

Melquinor levantó su cetro, que contenía cinco joyas y al menos dos maldiciones activas.

—Esta noche, por deseo propio y mandato de los hilos que surcan mi sangre, abriré el Espejo. Si alguno de vosotros teme el reflejo, váyase ahora; si no le teme, miente.

Nadie se movió. Porque preferían mentir. Ser noble es eso: mentir muy bien, incluso cuando ni uno mismo se lo cree del todo.

A dos pisos por debajo, Careld arqueó una ceja. No podía ver el espejo, por supuesto. Pero podía sentir la calidez y luego el frío que precedía a la revelación de cosas demasiado verdaderas para estar cómodamente vestidas.

El Espejo de la Corte, una reliquia traída por invasores que inventaron la retirada como arte, era infame por convertir los peores secretos en relatos reflejados. Más infame aún por no discriminar entre los pecados y las virtudes, mostrando ambos igual de desnudos y ligeramente ridículos.

Entre las piedras, Careld deslizó una mano y recuperó un cuchillo tan antiguo como su miedo. Había llegado el momento de entrar en el juego. Ante lo inevitable, uno puede gritar, esconderse o vestirse de gala. Ella optó por el acero.

Subió por los recovecos más profundos de palacio, esquivando sirvientes, fantasmas farfullando y la ocasional rata con títulos nobiliarios (“señora Vizcondesa de la Alacena”, solían anunciarse con chillidos).

En el salón, los nobles observaban el Espejo, que ocupaba la pared del fondo. Era, por fuera, francamente decepcionante: marco de hierro, cristal empañado, manchas de lo que nadie quería identificar. Pero cuando el rey susurró la clave (“Desnuda la verdad y vengan los que temen a los astros”), la superficie reptó y se volvió lúcida como el agua de un lago despejado, solo que infinitamente menos acogedora.

En cada reflejo, comenzaban a verse detalles pequeños, luego más grandes, hasta que los secretos se deslizaban en la superficie. El conde Rubran se vio a sí mismo —chanclas rosadas, actitud besucona, pasión secreta por la jardinería de setos—. Lady Yerant miró y vio la serpiente que guardaba en la manga enroscándosele al cuello. Un consejero lloró sin lágrimas mientras su reflejo le mostraba un mundo donde siempre fue generoso.

El rey Melquinor, por primera vez en veinte años, se apartó unos pasos del cristal. Vio lo que todos los reyes temen: la silueta intermitente de una traición, girando y girando como una llave en la cerradura más apretada del alma.

Y entonces, la puerta estalló.

Careld irrumpió, cabello hecho un estandarte de furia y ojos demasiado sabios para las modas del reino.

—He venido —dijo— a negociar las sombras.

La corte se quedó helada. Algunos murmullos, algunos gruñidos o bien el leve suspiro de un duque que debería haber estado muerto desde la víspera.

—¿Quién eres para interrumpir el Espejo?, exigió el rey, voz templada como un rayo de invierno.

Careld sólo sonrió, y en ese gesto la corte reconoció algo antiguo, ajeno y absolutamente inconveniente.

—Soy la que recuerda lo que preferiste enterrar bajo risas y vino caro —dijo—.

Y al decirlo, el Espejo vaciló como si estuviera a punto de vomitar todas las historias que alguna vez tragó sin masticar.

Careld levantó el cuchillo. No lo lanzó. En vez de eso, se cortó apenas la palma, dejando que cayera una sola gota de sangre sobre el mármol.

La gota chisporroteó, y la sala, normalmente indiferente a los daños personales ajenos, pareció respirar en una sola exhalación.

—Propongo un intercambio —declaró Careld—. Dejemos de fingir. Dame la sombra de tus mentiras más queridas, gran Rey, y te mostraré la melodía que suena cuando nadie miente jamás.

El rey vaciló. Y un vacío se abrió bajo él, tan profundo como los antiguos pactos.

Corte y siervos se inclinaron adelante, hipnotizados, oliendo la posibilidad de un mundo menos cómodo y más real.

Melquinor, finalmente, asintió.

Careld inhaló… y con ello, la estancia entera cambió de sonido: los secretos se elevaron, se arrastraron, hicieron círculos como enjambres de abejas razonables. La magia respondió y por un instante, sólo uno, el palacio supo la verdad.

Muchos lloraron; algunos rieron; uno o dos comprendieron por fin sus sueños más extraños.

Cuando cayó el silencio, era otro silencio. Una de esas rarezas que alimentan leyendas, de las que aún los Espejos hablan en susurros.

Careld desapareció poco después, dejando apenas una mancha de sombra y una gota de sangre seca. El Rey gobernó mejor, o peor, pero siempre más honestamente.

Y la Corte... la Corte aprendió que ningún espejo muestra toda la verdad, pero que a veces la verdad basta para cambiarlo todo, aunque duela, aunque no brille.

Eso fue lo más cerca que el reino llegó jamás de la redención. O, tal vez, de la adultez.

Porque al final, en Kaarn, nadie temía tanto a la sombra... como a la claridad que la sigue.

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