Fragmento:
Esa tarde, la torre se llenaba del zumbido de nervios y la estática de los misterios aún por cometer. Myra pulía su espejo de obsidiana mientras Quirps, meticulosamente desinteresado, estudiaba la posibilidad de derribar el último vaso de agua del alféizar. Los magos, decían, sabían cerrar portales. Pero nadie –ni el más loco cronista del Gremio de Historias Improbables– había preparado a la Dama Myra para lo que asomó a través del aire esa noche. Ni para lo que vino después.
Duración: 04:51
En el corazón de los Nueve Reinos, donde las montañas sangran oro y los ríos arrastran anillos de olvido, se alzaba la Torre de Raigmore; negra como el carbón y tan afilada como la satisfacción de un contable tras las fiestas de impuestos. Nadie en su sano juicio vivía en Raigmore, excepto (y este es un uso notable de la palabra “excepto”) la Dama Myra de las Lámparas Que Murmuran y su gato, Quirps, que estaba convencido de ser un noble caído en desgracia. Lo cual, dadas las alternativas felinas, no estaba tan mal.
Esa tarde, la torre se llenaba del zumbido de nervios y la estática de los misterios aún por cometer. Myra pulía su espejo de obsidiana mientras Quirps, meticulosamente desinteresado, estudiaba la posibilidad de derribar el último vaso de agua del alféizar. Los magos, decían, sabían cerrar portales. Pero nadie –ni el más loco cronista del Gremio de Historias Improbables– había preparado a la Dama Myra para lo que asomó a través del aire esa noche. Ni para lo que vino después.
Veréis, la magia, como el queso, envejece y se corrompe en silencio. A veces, la magia decide fermentar justo cuando menos la esperas, y ese exacto destello eléctrico de imposibilidad fue lo que Myra sintió cuando en su espejo apareció la imagen de un hombre con un reloj dorado... en vez de cabeza. Uno esperaba ver hechiceros lanzando rayos, no relojes corriendo por pasillos metafísicos intentando llegar puntuales a la ruina.
El Hombre-reloj apareció en el vestíbulo (el lugar favorito de los visitantes incómodos), donde la alfombra mordida por polillas fue testigo de la negociación más absurda de la temporada. Hacía tic-tac con cada palabra y, tras cada frase, un segundero invisible parecía clavarle la lengua. “La mecánica de los votos está rota,” dijo, con voz lija de campanario viejo. “Uno de los Reinos tiene la promesa negra. Y han olvidado pagar su precio.”
Naturalmente, lo que debería haber seguido era una discusión madura y civilizada. Myra se limitó a mirar al gato; Quirps carraspeó. En estos casos, sólo hay una palabra adecuada: ‘maldición’. La promesa negra era una leyenda ancestral, no demasiado distinta a las ofertas del bazar local: mucho brío, poco sustento, y siempre te quedas con menos de lo que entiendes. Se suponía que ataba los deseos profundos de los reinos a un precio. Solo que, por lo visto, el precio iba a recaer en alguien… o algo… que ni siquiera había pedido nada.
Myra suspiró por vigésima vez en aquel crepúsculo extendido. “¿Y quién tiene la promesa?”, preguntó, con la esperanza secreta de que fuera el reino vecino, Groenbrock, famosos por romper promesas y vajillas. Pero el Hombre-reloj la miró con toda la crueldad de un cronómetro a punto de dejarte sin café. “La Torre de Raigmore,” recalcó él, y un pequeño cucú asomó por una oreja dorada, chillando la hora de las revelaciones desagradables.
Había, pues, que resolver el asunto antes de que la realidad se fracturara en mil pequeños contratos sin letras pequeñas. Porque donde la promesa negra habita, la magia borra primero los recuerdos felices, luego los mapas y finalmente las salidas de emergencia. Myra, arrastrando a Quirps y su dignidad, descendió las ochenta y tres gradas que separaban su estudio del sótano, donde desde hacía años evitaba abrir una puerta sellada con lacre, sobres de cartas y un sombrero de copa para ratones ilusos.
Dentro, la oscuridad era densa y aceitosa, y algo fluía bajo la losa del suelo. Pero el tiempo era escaso; los susurros helados de la promesa negra barruntaban ya en las paredes, prometiendo pagar dividendos en pesadillas y promesas rotas. Y fue allí, ante el antiguo altar, donde Myra recordó. Recordó la noche que, desesperada por salvar la torre del olvido, había susurrado esa promesa prohibida. Una promesa por amor, una promesa para desafiar al tiempo y no perder la canción de su linaje.
Ahora, con el Hombre-reloj expectante, la hora debía pagarse. “Toda promesa tiene un precio”, masculló él. “¿Amor o memoria? ¿Magia o misericordia?”
Myra, al mirar el temblor en los bigotes de Quirps, supo que la respuesta importaba menos que el acto. Deshizo el lazo de su promesa, devolvió lo que había tomado: una lágrima de alegría sellada hacía décadas. El eco de esa entrega sacudió la torre, e hizo que durante un breve instante, las lámparas murmuraran melodías olvidadas y los relojes se detuvieran, rindiendo homenaje al valor de devolver.
Cuando la promesa negra abandonó la torre, los reinos respiraron, y a la Dama Myra le quedó la tenue certeza de que, aunque el precio siempre se cobra, a veces, al pagarlo, lo que queda es justo lo que necesitas. Incluso si ese "lo que queda" es compartir el último vaso de agua con un esnob felino y escuchar, finalmente, la risa de las lámparas al alba.
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