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Portada del relato La sinfonía de las sombras gastadas
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Fragmento:


Ni firma, ni dirección precisa. Pero Tomasz, como el sabueso callejero que se arrastra por las huellas de sus deudas, sabía a dónde ir. La voz –rasposa, hecha de cemento húmedo y esperanza rota– se le había colado por el contestador el día anterior. Conocía ese tono: era el de los que no temen la noche porque llevan la oscuridad a cuestas.

Duración: 04:16

La sinfonía de las sombras gastadas
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La ciudad no duerme. No, no como dicen los turistas, atónitos frente a las fachadas goteantes de lluvia, ni como entienden los que corren de oficina en suburbio y se pierden al alba en callejuelas. La ciudad respira; el humo de sus pulmones inunda los callejones, y entre la niebla, algo se sacude, hambriento. Hay quien dice que los fantasmas sólo existen en las historias, pero en Varsovia –mi Varsovia oscura, mugrienta y orgullosa– los espectros caminan perfectamente entre nosotros. Se llaman Adam, se llaman Iwona, a veces tienen la mordacidad de una taberna y otras la sonrisa afilada de un loco.

Tomasz descendió los escalones del Metro Politechnika. No miraba a nadie, porque mirar en la ciudad es firmar pactos con desconocidos, y Tomasz había aprendido que los pactos cuestan. En su chaqueta arrugada, entre billetes de autobús marchitos y recibos nunca pagados, llevaba una carta: solo dos palabras, febrilmente garabateadas sobre papel de mala calidad.

“Te espero.”

Ni firma, ni dirección precisa. Pero Tomasz, como el sabueso callejero que se arrastra por las huellas de sus deudas, sabía a dónde ir. La voz –rasposa, hecha de cemento húmedo y esperanza rota– se le había colado por el contestador el día anterior. Conocía ese tono: era el de los que no temen la noche porque llevan la oscuridad a cuestas.

La luz del farol titilaba. Como si la ciudad misma vacilara al revelar los secretos que se empeñaba en ocultar. Del otro lado de la acera, una sombra larga se desprendía de entre los edificios, deslizándose con la cadencia de algo que solía ser humano, pero ya no. O tal vez nunca.

—¿Has traído la llave? —la voz, ahora tangible, era la de Jaskólska. Aquella mujer que una vez le enseñó a perderse en la ciudad para salvar el cuello; la que olía a vodka barato y a noches sin retorno.

Tomasz asintió, y de su bolsillo sacó un objeto diminuto: una llave vieja, tan retorcida que parecía sacada de un cuento de Poe. Jaskólska agarró el objeto con furia.

—Esta ciudad es un pozo, skurwysyn —susurró—. Y alguien tiró la cuerda. Pero aún quedan lugares por donde asomarse al otro lado.

Tomasz no preguntó nada. Sabía que, en la ciudad, las preguntas solo traen dolores de cabeza y, con frecuencia, dedos quebrados. Siguió a Jaskólska por un pasillo de portales en ruinas, mientras los gritos lejanos del tranvía colisionaban con los llantos soterrados de los edificios. Subieron escaleras que crujían bajo sus botas.

En el tercer piso, detrás de una puerta marcada con el símbolo polvoriento de un triángulo, Jaskólska detuvo el paso. Golpeó tres veces. El aire se volvió más espeso, cargado de electricidad vieja.

Al abrirse la puerta, un hedor dulzón escapó. Dentro, la penumbra estaba llena de figuras sentadas alrededor de una mesa, cuyos rostros parecían desdibujarse si se los miraba con exceso de atención.

—Él vino —anunció Jaskólska.

Una carcajada se deslizó, fría como cuchilla.

—Tomasz, el que busca respuestas. ¿Qué has traído para ofrecerle a la ciudad, Tomasz?

Notó entonces que cada figura tenía los ojos huecos. No era una metáfora: en los rostros en sombra, donde deberían haber iris y pupilas, la piel era lisa, tersa, inhumana. Tomasz tragó saliva.

—La llave. Me dijeron que con ella puedo entrar… —musitó.

La mesa guardó silencio un latido interminable.

—No se trata de entrar, Tomasz —dijo la voz, ahora más cerca, demasiado cerca—. Se trata de recordar, aunque duela.

Jaskólska apoyó una mano helada en su nuca. Tomasz sintió cómo la llave giraba dentro de su propio recuerdo, destapando imágenes borrosas de noches que nunca existieron, cicatrices en su memoria que pertenecían a otros.

La ciudad, fuera, seguía bebiendo el humo de sus propias miserias. Las sombras, ya no satisfechas con las historias, buscaban cuerpos en los que habitar. Tomasz entendió que la ciudad era un animal hambriento, y los de su especie sólo sobrevivían si aprendían a alimentar a los monstruos tanto como a huir de ellos.

Y en la penumbra, mientras sus recuerdos comenzaban a desmoronarse y se sentía absorbido por la marea de almas, comprendió la advertencia de Jaskólska:

En esta ciudad, todo pacto se paga. Pero hay deudas que ni la muerte puede saldar.

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