Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
La chica del lago
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Tras la puerta
Portada del relato **El Club del Último Dragón**
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Rupert tenía la extraña habilidad de caminar a través de las sombras especialmente viscosas; el tipo de sombra que olvida a quién pertenece. Y esa noche en particular, mientras la luna hacía lo posible por iluminar sin tener que encender el motor de emergencia, Rupert seguía el rastro de algo que olía vagamente a rencor mezclado con perfume barato y magia doméstica mal resuelta. Había comenzado al atardecer, como la mayoría de los males rutinarios, con una carta deslizada bajo su puerta, sellada con una goma de mascar y un sello de un club al que él nunca había pedido unirse.

Duración: 06:25

**El Club del Último Dragón**
-a / +A

En la ciudad nadie mira arriba. Nadie nunca lo hace—demasiadas luces abajo, demasiados peligros al ras del suelo, y demasiado miedo a encontrarse con algo que no debería estar allí, porque cuando uno vive en una ciudad como esta, las alturas culturales son para los pájaros, los aventureros, y, ocasionalmente, para los tejanos perdidos buscando la Estatua de la Libertad. Y sin embargo, allí arriba moraba Rupert Nott, oculto entre las gárgolas renegadas y las antenas de televisión decrépitas. Era, por adopción, un detective de escaleras de incendio, y, por nacimiento, alguien a quien la ciudad nunca admitiría abiertamente en el padrón municipal.

Rupert tenía la extraña habilidad de caminar a través de las sombras especialmente viscosas; el tipo de sombra que olvida a quién pertenece. Y esa noche en particular, mientras la luna hacía lo posible por iluminar sin tener que encender el motor de emergencia, Rupert seguía el rastro de algo que olía vagamente a rencor mezclado con perfume barato y magia doméstica mal resuelta. Había comenzado al atardecer, como la mayoría de los males rutinarios, con una carta deslizada bajo su puerta, sellada con una goma de mascar y un sello de un club al que él nunca había pedido unirse.

La nota, escrita en un papel de recibo reciclado, decía simplemente:

«La señora Malinowski, de la charcutería, implora ayuda. Algo ha comenzado a comerse sus sueños. Si gusta de seguir viviendo, absténgase». Y eso era todo.

Por lo general, la negativa implícita del “si gusta de seguir viviendo” era lo que convencía a Rupert de aceptar más casos que rechazar. Así que salió, evadiendo a la casera que gustaba de inventariar a sus inquilinos durante la cena, y descendió a la ciudad que sólo las ratas, las cucarachas y los magos fracasados consideraban hogar.

El trayecto a la tienda de la señora Malinowski le llevó a Rupert por las avenidas de los que no querían ser encontrados—atractores de ruido, corredores nocturnos, y (según rumores) una pequeña colonia de duendes sindicalizados encargados inexplicablemente de reventar bombillas de alumbrado público justo cuando alguien se sentía perdido. Al llegar, el letrero de charcutería destellaba nervioso, como si supiera que estaba a punto de declararse en huelga.

La señora Malinowski, uno ochenta de tenacidad polaca envuelta en delantal con estampado de jamones, lo esperaba entre dos vitrinas que chillaban por la edad o la presencia de espíritus podridos.

—Es usted el detective del ático, ¿verdad? —preguntó, pero era una demanda, no una duda.

—Así me dicen. Aunque algunos prefieren «ese loco de la azotea».

—Mis sueños —sollozó, desbordando más manteca que lágrimas—. Me los están robando. Despierto tan cansada como un carnero sin esquilar. Y mire esto:

Le mostró un frasco con lo que parecían ser jirones de niebla y, flotando en su interior, la cola de un ratón, o posiblemente la de un empleado infeliz.

Rupert tomó nota mental de no aceptar café mientras resolvía el caso.

—¿Ha notado algo raro últimamente?

La señora Malinowski, pragmática incluso en la desesperación, lo meditó.

—Ayer, una sombra intentó hablarme. Bastante insolente, usaba acento de los suburbios.

No era la respuesta más extravagante que Rupert había escuchado esa semana, pero, aceptémoslo, era martes.

El detective del ático recorrió la charcutería mientras la noche se espesaba detrás de los cristales. Observó las estanterías de embutidos, el ventilador atrapado en un ciclo zen de onanismo acústico, y los reflejos de luna bailando en el cuchillo de cortar salames. Percibió, en los rincones, una presencia hambrienta; en la nevera, algo invisible relamía los restos del sueño de la señora Malinowski.

En ese momento, el reloj sobre la puerta comenzó a caminar hacia atrás.

Las manecillas, indecisas, volvían a la hora en que los sueños de la charcutera aún sabían a esperanza y no a ceniza. Y entonces sucedió: del cortinero surgió una figura diminuta, envuelta en lo que parecía la toalla robada de algún hotel para ratas. Tenía orejas puntiagudas, nariz de zorro y ojos color arrepentimiento. En la frente llevaba una chapita: “Supremo Delegado del Sindicato de Onirófagos”.

Rupert dio dos pasos al frente, posición de negociador/fregona:

—¿Tú te comes los sueños de la señora Malinowski?

La criatura enderezó su insignificante figura.

—Los malos, solamente. Tenemos convenio colectivo. Pero últimamente, sus sueños son un buffet libre de insatisfacción. Mis chicos no pueden parar.

—¿Y el sindicato es generoso con las indemnizaciones por depresión inducida?

El onirófago se encogió de hombros.

—Depende del gremio. ¿Le interesa una solicitud?

Mientras discutían el impacto sindical de los sueños robados, la señora Malinowski soltó un grito: de la nevera había salido una sombra con acento suburbano y, francamente, muy mala educación, que se abalanzó sobre Rupert, cubriéndolo de escalofríos y promesas rotas. El detective, habituado a enfrentarse a las partes menos glamourosas del subconsciente humano, sacó de su chaqueta una linterna cargada de elogios y la encendió en dirección a la sombra.

El grito de la sombra fue breve, pero sonó como un buzón de reclamaciones desbordado.

—¡La luz! ¡El respeto! ¡La empatía! ¡Noooo!

En la ciudad de abajo, continuó el ruido habitual: bocinas lejanas, el silbido del tranvía embrujado, y el suspiro de los edificios aliviados de que, una noche más, seguían en pie.

Rupert Nott, limpiando la linterna y devolviéndola a su forro de sarcasmo, guiñó a la señora Malinowski.

—Debería intentar soñar, al menos, con un poco de esperanza. Los onirófagos son adictos a la desesperación, no al optimismo.

La charcutera asintió, aliviada, y el sindicato se dispersó por las rendijas del suelo, planeando una huelga de hambre para la semana siguiente.

Al salir, Rupert subió a la azotea de siempre, donde la ciudad era sólo promesa y antenas. Había limpiado, otra vez, una esquina de las pesadillas que nunca figurarían en los informes policiales y, como siempre, nadie lo miró desde abajo. Porque en la ciudad, nadie mira arriba.

Y así, entre la niebla, los ladrillos y los recuerdos de sueños a medio digerir, Rupert Nott desapareció, llevando consigo la certeza de que la vida nocturna de la ciudad siempre ofrece trabajo para quienes pueden ver lo que nadie más se atreve a mirar.

Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
La chica del lago
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Tras la puerta

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.