Novela romántica Antes del amor
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato Luciérnagas en la niebla
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


En una noche especialmente fría, una sobre la que la niebla reptaba en busca de farolas para tragar, Alina recibió un sobre sin remite. El papel era suave al tacto y olía a violetas marchitas. Dentro, una sola frase: "Esta noche, en el puente Caronte, la deuda se paga." No había firma. No había sello ni fecha. Sólo el recuerdo del temblor que le asaltaba cuando intentaba no recordar el significado de esas palabras.

Duración: 06:09

Luciérnagas en la niebla
-a / +A

No había nacido en la ciudad, pero no podía recordarse en otra parte que no fuera esta marea de tejados y humo reclamando el horizonte. Se llamaba Alina, aunque poca gente se molestaba ya en preguntar nombres. En cambio, preguntaban la hora, preguntaban direcciones, preguntaban si el último tren de las 2:12 todavía circulaba en noches de niebla, y sobre todo preguntaban cómo se sobrevivía a la sensación de estar siempre a punto de olvidar algo esencial.

Alina vivía en el tercer piso de un edificio cuyo ascensor había decidido comportarse como un oráculo: sólo funcionaba para los moradores de corazón sincero o aquellos desesperados que hubieran perdido todo menos la esperanza. El resto subía las escaleras entre crujidos, y la señora Varela del segundo afirmaba que los pasos de los que escondían secretos nunca dejaban eco en los peldaños.

No era la única rareza del inmueble. A veces los interruptores encendían ventanas lejanas, y los espejos empañados mostraban reflejos en los que uno nunca aparecía solo. Por las noches, la fachada sudaba agua de lluvia incluso cuando afuera el asfalto crujía seco como papel doblado. Alina aceptaba estos enigmas, porque la ciudad la había adoptado y las calles, por mucha furia que hirviera bajo las baldosas, parecían protegerla. En algún rincón, la ciudad también necesitaba de sus habitantes tanto como ellos de ella.

Su ocupación, en apariencia anodina, era la traducción de textos antiguos para una editorial cuyo número de teléfono siempre había dos cifras invertidas, hicieras lo que hicieras. Manuscritos de una pureza improbable, notas de promesas incumplidas, confesiones de extradición entre dimensiones, cartas que nunca salieron de la habitación donde se escribieron: cosas así. Nunca preguntaba por la procedencia real de esos documentos. Sabía que si husmeaba demasiado acabaría extraviando la memoria de los mejores atardeceres que había vivido y, quizás, su sentido de la orientación; era el precio habitual en los pactos de conocimiento en este distrito.

En una noche especialmente fría, una sobre la que la niebla reptaba en busca de farolas para tragar, Alina recibió un sobre sin remite. El papel era suave al tacto y olía a violetas marchitas. Dentro, una sola frase: "Esta noche, en el puente Caronte, la deuda se paga." No había firma. No había sello ni fecha. Sólo el recuerdo del temblor que le asaltaba cuando intentaba no recordar el significado de esas palabras.

El puente era uno de esos lugares que todos conocen pero niegan visitar. De día parecía solo una pasarela de acero sobre el río humeante, fácil de ignorar; de noche, el suelo vibraba como si el agua, que nadie recordaba limpia, contuviera exiliados de otros tiempos. Algunas noches, admitía el vecindario, podías ver barquitas de papel flotando a contracorriente. Nadie preguntaba a dónde iban.

Alina salió casi de inmediato, abrigándose con la bufanda tan antigua que debía ser recuerdo de una vida anterior. La ciudad se desplegaba a sus pies con la familiaridad de los viejos enemigos a los que reconoces el paso sin necesidad de asomarte tras la puerta. Bajo los semáforos, las sombras formaban nuevas letras en los charcos, y sólo los gatos parecían entender los mensajes.

Al llegar al puente, descubrió que no estaba sola. Una silueta aguardaba recostada en la barandilla: el tipo llevaba un abrigo demasiado largo para la moda y unas botas en las que parecía haberse jugado una apuesta con el polvo de siglos. La miró como si ambos estuvieran involucrados en una conversación iniciada mucho antes, en otro idioma y otro calendario.

—Alina —dijo la figura, y ese simple sonido rebosaba la tensión de pactos desconocidos—. Es la hora.

Ella no hizo preguntas. Era la forma más segura de permanecer entera en noches así. Extendió la carta; la figura la tomó con una delicadeza que contradecía la aspereza de su aspecto. Bajo la luz azulosa de los semáforos lejanos, la carta parecía contener un brillo subterráneo, casi un zumbido.

—Han pasado siete años —murmuró el hombre—. Pensé que no lo lograrías.

—Pensé lo mismo —repuso ella, sin convicción. La ciudad, abajo, sostenía la respiración.

El hombre desplegó la carta en el pretil del puente como si fuera un mapa. Apoyó sobre ella una moneda plateada que parecía chisporrotear con la humedad. Alina supo, sin saber cómo, que había aceptado el precio mucho antes de que le fuera pedido, que ese intercambio no era solo por ella, sino por todos los que alguna vez cruzaron la ciudad jurando no mirar atrás y fallaron la promesa.

Las aguas bajo el puente obedecieron su propio código: reflejaron durante un instante la imagen de Alina como la niña que fue, la adolescente huidiza, la mujer de ahora. Reflejos desordenados, tiras de tiempo, memoria líquida. Contemplando su rostro, reconoció la sombra del miedo y la forma en que la voz de la ciudad, profunda y ronca, susurraba los nombres de los que aún tenían deudas pendientes con la noche.

La carta se consumió en una llama pálida, y el hombre, o lo que fuera realmente, depositó un pequeño objeto envuelto en tela. Alina no lo miró hasta que la silueta se desvaneció entre la bruma, con la naturalidad de quien se retira porque la función ha terminado y los actores no deben ver a los tramoyistas.

Dentro de la tela vieja había una llave: oxidada, con una etiqueta en la que alguien había escrito, con letra muy menuda, “Esperanza”. Alina la sostuvo, sintiendo que era más liviana de lo que merecía. El rumor del río le empujó una despedida, y la ciudad, arriba y abajo, exhaló la tensión de lo cumplido.

Nunca supo para qué servía la llave ni quién era la figura del puente Caronte. Pero desde esa noche, cada vez que subía a su apartamento, el ascensor la aceptaba sin examen, los espejos ya no la mostraban sola y los pasos de desconocidos en la escalera compartían, por fin, su eco. Y cuando la niebla regresaba, como regresan siempre las preguntas sin respuesta, ella salía al balcón y saludaba al cielo, convencida de que la ciudad, en su extrañeza feroz, ya no la necesitaría para sostener sus secretos. Pero aún así, ella seguiría allí, guardando las llaves de lo imposible.

Novela romántica Antes del amor
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.