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Portada del relato El eco de las puertas cerradas
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Fragmento:


Suena el timbre del tranvía a medianoche, ese tintineo desgastado que vibra en los huesos de la ciudad y que pocos, muy pocos, logran escuchar desde sus apartamentos clavados en el concreto como uñas. Nora camina por la avenida arbolada, las sombras de los plátanos danzando en la acera rota. Sabe que en algún punto entre la tienda de licores y la pastelería halal el aire se dobla y el mundo que conoce vacila, se resiste a sí mismo y deja asomar la costura de otro.

Duración: 04:00

El eco de las puertas cerradas
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Suena el timbre del tranvía a medianoche, ese tintineo desgastado que vibra en los huesos de la ciudad y que pocos, muy pocos, logran escuchar desde sus apartamentos clavados en el concreto como uñas. Nora camina por la avenida arbolada, las sombras de los plátanos danzando en la acera rota. Sabe que en algún punto entre la tienda de licores y la pastelería halal el aire se dobla y el mundo que conoce vacila, se resiste a sí mismo y deja asomar la costura de otro.

El departamento de Nora, de molduras anacrónicas y vitrales partidos, la aguarda como un animal triste. Fue barato por una razón nunca dicha, por una historia escrita en cal y cucarachas entre las paredes. Algunos vecinos murmuran sobre voces que salen de las cañerías por las noches, otros dejan ofrendas de sal en el rellano, apenas disimuladas tras un tono de burla. Pero Nora sabe de verdad qué ocurre; o al menos sospecha.

En la portería, un anciano somnoliento bosteza detrás de su periódico. La mira de reojo, ese vistazo denso y resbaladizo con que se observan los sobresaltos. —Hoy bajó uno de tus, eh… amigos. —Nora sonríe; no responde nunca. Hace meses que en el reflejo de la marquesina ve más de una figura cuando sale o entra, aunque esté sola.

Cierra la puerta tras de sí, cadena y cerrojo, y exhala el día. Encima de la estufa, una tetera silba. El techo parece latir. Nora apaga las luces, va de una habitación a otra guiada por la penumbra y por el susurro persistente, apenas audible, de algo que duda entre estar adentro o afuera.

Sabe qué lo convoca. En el fondo del armario del dormitorio hay una rendija desapercibida, estrecha, apenas lo suficiente para deslizar la mano. Allí arroja, todos los martes, el recorte de periódico de un crimen anterior, una carta sin sello, a veces una moneda extranjera, algo que guarde el eco de otro lugar. No sabe cómo empezó el ritual, sólo que se fue haciendo necesario, obtuso y cierto, como el dolor intermitente en un hueso viejo que sólo despierta si llueve.

El eco responde siempre. Es un jadeo, una risa ahogada, un rumor a hojas sabias. Hubo noches en que al despertar encontró una nota extraña sobre la mesa —un dibujo infantil de una casa en llamas, una dirección parcialmente tachada, una palabra de otro idioma grabada en tinta de ceniza. Guarda todo en un cajón sellado con tres vueltas de llave.

Una noche llueve con furia, la electricidad vacila y el paraíso se arruga en la esquina del techo, justo donde la humedad se filtra y la sombra se vuelve más densa. Esa noche la puerta del armario se entreabre sola y del resquicio surge un aroma a tierra húmeda, a óxido y humo viejo. Nora no se asusta: sale al pasillo del edificio, cruza los escombros de otro siglo y sube hasta la azotea, donde el misterio es más nítido.

Hay otros ahí: vecinos, desconocidos, viejos amigos de mirada perdida. Cada uno sostiene un objeto: una llave herrumbrosa, un carrete de hilo, un libro arrugado. Todos aguardan, atentos a la rendija imposible del aire que cruje justo donde la niebla envuelve los bordes del mundo.

Las puertas se abren una a una, inverosímiles e invisibles. Del otro lado asoman figuras y ecos, historias trabadas, posibilidades que no necesitan ser reales para doler o aliviar. El asfalto lejos abajo titila con la luz de los faroles y la promesa lejana del amanecer. Nora comprende que las grietas no son errores: son pasillos, son memoria, son la respiración de lo que no cabe en el día.

Cuando baja, sus pasos suenan distintos sobre las baldosas. Lleva en el bolsillo una nueva nota, tejida en caligrafía firme que no conoce. La lee mientras desciende el amanecer por los patios: “Si no somos reales para los demás, que lo seamos para nosotros. Todo cruce es un comienzo.” Por primera vez en meses, Nora prepara el té sin mirar el reloj, dispuesta a levantar las costuras, una a una, hasta coserse a sí misma en el abrazo imposible de la ciudad y sus puertas siempre entreabiertas.

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