Fragmento:
Antes de que diera la medianoche, los pasos conocidos llegaron al umbral. Toc-tac, toc-tac, como ramas secas agitadas por las alas de un cuervo. Ella no abrió, tampoco retrocedió. Sabía ya las reglas. Nadie debe dejar que entre, ni mirar mucho tiempo al invitado mientras menciona los nombres de los muertos.
Duración: 03:29
El viento llegaba del sur, cargado con la humedad de la mar y una extraña fragancia, como de flores putrefactas ocultas entre algas y osamentas. Nadie en el pueblo de Yarisal dormitaba bien cuando la niebla bajaba a los Bajíos: ni niños ni ancianos; ni perros ni bueyes. No porque temieran exactamente lo que la niebla traía, sino porque sabían que algo—al ras del suelo, deslizándose, quizás un susurro en la oscuridad—cambiaba de forma cada vez que esa cortina de agua se cernía sobre la tierra.
Avieth se había preparado durante el día para esa noche. Hundió hasta el codo su mano en el caldo de las tinajas tras la choza, mientras recitaba los nombres de las cosas que temía haber olvidado. Llevaba alrededor de la muñeca la cuerda de las ocho piedras, cada una marcada con la runa de un deseo imposible. La más antigua era su talismán, y la más nueva, una carga. Se quemó los dedos en la lumbre del hogar para recordar que la carne cede, pero la voluntad persiste.
Su casa era la última antes de los Bajíos. Desde la ventana, en la noche, podía ver cómo la niebla se arremolinaba y deshacía el contorno de los arbustos podridos y del único poste de la Cruz Vieja, que los aldeanos nunca reparaban. La cruz no era símbolo de nada salvo de olvido voluntario, pero servía: los de los Bajíos rara vez cruzaban ese límite.
Antes de que diera la medianoche, los pasos conocidos llegaron al umbral. Toc-tac, toc-tac, como ramas secas agitadas por las alas de un cuervo. Ella no abrió, tampoco retrocedió. Sabía ya las reglas. Nadie debe dejar que entre, ni mirar mucho tiempo al invitado mientras menciona los nombres de los muertos.
—Avieth—llamó la voz, no humana, pero tampoco enteramente ajena. Resonaba con la memoria de alguien a quien había amado hace mucho, o quizás aún amaba, si era posible amar a un recuerdo destilado en odio.
—¿Qué buscas?—preguntó, mirando la tinaja humeante, no la sombra que se alzaba tras la puerta.
—La promesa de Korthin. El metal escondido bajo raíz y óxido. Debes abrirme la puerta.
Avieth recordó el día: la arcilla en las manos, la sangre de su propia palma infiltrada por accidente en el barro y su maestro, Korthin, que reía, mostrando los pocos dientes que le quedaban.
—Cuando vengan a pedirte lo imposible—dijo, mientras le ofrecía la hoja mellada que apenas cortaba la luz del sol—, dales un precio que no quieran pagar.
La sombra tras la puerta, paciente, como siempre lo había sido.
—Hay otros dispuestos. No tardaré en volver si no eres tú.
Cerró el puño y sintió el frío de las piedras. Sabía ya que lo único que protegía su casa y su piel era la decisión de no ceder. El arte enseñado por Korthin no residía en la fuerza del brazo ni en la astucia de la lengua, sino en entender lo que se puede entregar y lo que jamás se debe soltar.
La noche siguió su ciclo, la niebla se deshizo con el rumor de los peces despertando en la marea baja. Al amanecer, la sombra había partido, y Avieth, luego de enterrar la piedra nueva—la promesa que nadie cumpliría—, se prometió, como cada vez, no olvidar los nombres de lo que había rechazado.
Pero en los Bajíos, bajo la niebla y la raíz, algo se removía: promesas no cumplidas, deseos imposibles marcando la tierra con runas olvidadas por todos excepto por los que, como Avieth, sabían que la brujería más peligrosa no reside en los pactos sellados con sangre, sino en aquello a lo que un corazón aprende a decir que no, noche tras noche.
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