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Portada del relato Sombras sobre el jardín de Silea
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Fragmento:


El bosque de Nelai tenía fama de devorar a quienes no supieran leer la música del viento. Pero esa noche, además del crujir habitual y el runrún lejano de los búhos, Saren distinguió un retintín diferente. Una risa, breve y aguda, como burla atrapada entre las ramas. En el mundo de los hombres, aquello podría parecer sólo una ilusión; pero en Nelai, hasta las ilusiones podían sangrar.

Duración: 05:41

Sombras sobre el jardín de Silea
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En el crepúsculo de una era rugosa, cuando las fronteras entre la fe y la traición eran más tenues que las brumas del Vath, Saren de Komagh se recogía la melena atigrada junto al fuego moribundo. Los hombres y mujeres de la caravana dormían dispersos, confiando en las cercas de espino y los hechizos de luna, mientras Saren mantuvo los ojos fijos en el cuchillo de hierro que colgaba de su cinto. No era el filo el que le daba seguridad, sino ese brillo perenne de promesa rota, la esperanza de que aún podía decidir su propio destino si era lo bastante rápida.

El bosque de Nelai tenía fama de devorar a quienes no supieran leer la música del viento. Pero esa noche, además del crujir habitual y el runrún lejano de los búhos, Saren distinguió un retintín diferente. Una risa, breve y aguda, como burla atrapada entre las ramas. En el mundo de los hombres, aquello podría parecer sólo una ilusión; pero en Nelai, hasta las ilusiones podían sangrar.

Cuando el silencio retornó, Saren ya estaba en pie. Caminó con pasos medidos hacia la penumbra, guiada por esa extraña familiaridad que poseen los recuerdos de advertencias maternas. No se llevó más que el cuchillo y una piedra de sal apretada en el puño. Cuando al fin dio con el origen de la risa, halló una figura encapuchada, envuelta en harapos y perfumes de corteza y almizcle.

—Demasiado lejos de tu fuego, brava—susurró la voz, tan áspera como corriente de arroyo—. Los caminos no son campos de cosecha para los que aún sueñan con el día.

Saren apretó con fuerza la sal hasta que le dolieron los nudillos. Nadie en Komagh ignoraba el peligro de recoger palabras en voz de las cosas que caminaban por Nelai, menos aún si éstas preguntaban sobre sueños.

—Nada busco aquí, nada me atrae salvo el sendero de regreso—dijo ella con escasa convicción, percibiendo una ráfaga de frío.

La figura ladeó la cabeza. Una mano huesuda emergió del harapo, portando un anillo de hueso al que se aferraba como a un niño.

—Pero los que nada buscan son presa dulce. Ven, niña de hierro, dime por qué tu corazón galopa aunque tus pies estén quietos.

Saren alcanzó a ver los ojos —demasiado grandes, ovalados y húmedos—, y halló en ellos esa comprensión inevitable de quienes han vivido siglos. Ella no era ajena a los cuentos de trueques indeseados; recordaba la historia del herrero que perdió el habla por cruzar la voz con un Elt, y cómo la vieja Akima caminó una semana con los huesos convertidos en plata.

—No tengo palabras para dar ni historias que venderte, espíritu del bosque—replicó.

El ser rio de nuevo, esta vez para sí. Luego miró más allá de Saren, al fuego de la caravana, y murmuró:

—Sin embargo, Silea tiene hambre, y vendrá. Cuando lo haga, ni tu cuchillo ni tu sal cambiarán el final.

La mención de Silea era un préstamo de los cuentos viejos, nombre para la diosa caída cuya ira, decían, saturó de ceniza esta tierra hace generaciones. Saren hincó una rodilla, pretendiendo atar la bota, pero deslizó la piedra de sal entre las raíces, como marcan los ritos: una ofrenda humilde.

—Déjame cruzar, y nada partiré de ti—ofreció. La criatura asintió sin moverse, como si el permiso ya no importara, y se disipó con el resplandor gris de un amanecer vacilante.

Cuando volvió a la caravana, uno de los guardias estaba muerto. No por mano de espada, sino por la lengua hinchada, los ojos en blanco: veneno o maldición. Nadie lloró demasiado; la supervivencia era un lujo de los ingenuos. Saren se lavó las manos en el arroyo, sintiendo cómo el agua arrastraba no sólo la mancha carmesí, sino parte de su coraje. Una sospecha férrea la tomó por el estómago: el trato había sido apenas una postergación, no una solución.

Esa noche, mientras simulaba dormir bajo la capa, un sutil rasguido rozó el borde de la tienda. El segundo aviso era siempre peor. Saren, con el cuchillo bajo la lengua —tal como enseñaban las abuelas de Komagh—, se deslizó fuera. El bosque olía a tiempo antiguo, a resina y oscuridad, y en ese vapor reconoció que no sólo los vivos de la caravana estaban en peligro. Las raíces del mal, si tales cosas existen, son expertas al tomar formas cotidianas.

Una sombra se desprendió del círculo de la hoguera, adoptando la silueta de su madre. Delgada, manos de cántaro y voz rota. “Silea tiene hambre”, susurró, igual que en los cuentos.

Saren sintió que el corazón le partía el pecho. Apuntó el cuchillo a la figura, mas fue inútil. El eco de la sangre antigua corría ahora no solo por el bosque, sino por las venas de los vivos, por la memoria misma. La sombra avanzó, y Saren, ardiendo en miedo y determinación, metió la piedra de sal en la boca y mordió hasta que la lengua sangró.

Entonces, el bosque entero guardó un silencio de tumba. La sombra vaciló; Saren susurró un antiguo verso de los primeros pasos, aquellos que sólo se usan para despedir a los muertos… y en torno a ella, las ramas se inclinaron, sellando el paso de Silea, al menos por esa noche.

Con el alba, la caravana halló a Saren cubierta de rocío y tierra, el cuchillo inservible, el puño crispado sobre una piedra roída y una huella de labios agrietados. Nadie preguntó qué había sucedido. Sabían —como todos los que sobreviven en Komagh— que ciertas noches, sólo la más fiera voluntad o la más desesperada memoria impiden que los dioses hambrientos festinen con los vivos. Saren sonrió al sol, débil pero indómita, sabiendo que el último paso del camino aún no era el final; tan sólo un respiro, concedido a quienes tienen el coraje de mirar a las sombras y devolverles su propio nombre.

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