Beric sospechaba que algo iba mal cuando pidió una cerveza y el posadero se la sirvió con una inclinación que apenas podría haber hecho menos obvia su total incomodidad si se hubiera afeitado la cabeza y tatuado “¡Estoy incómodo!” en su calva brillante. No era extraño que los posaderos le temieran: Beric era alto, corpulento y lucía una capa negra que azotaba los taburetes cuando entraba, como si estuviera a punto de juzgar a cada mueble por crímenes aún por determinar. Pero esta vez olía la tensión en el aire, como si todos hubieran dejado de respirar y, sobre todo, de masticar. Y eso decía mucho de la clientela de la posada Tambaleante.
Beric levantó la jarra a los labios y se dio cuenta que el silencio era tan denso que podía oír el burbujeo interno. Golpeó la mesa, con la costumbre de quien no vino a pedir explicaciones, sino a recibirlas.
—¿Qué pasa aquí? —gruñó, y la cerveza negra tembló en su jarra como si también sospechara algo.
La dueña, una mujer con más ceño que sonrisa, barrió sus faldas como recogiendo migas invisibles, y luego se atrevió a acercarse:
—No es seguro para usted, señor. Ni para nadie que, bueno, tenga su cara.
En ese instante se abrió la puerta y entró un hombre… No, aquello no podía ser. Porque Beric estaba sentado y, sin embargo, vio a Beric de pie, arrastrando su capa de la misma manera, con el mismo gesto desdeñoso hacia la clientela, idénticos ojos grises que ya habían decidido que este era un lugar indigno de su historia. Era como mirarse en un espejo, excepto por la parte en la que el “reflejo” también tenía una jarra de cerveza en la mano.
La sala colapsó en un murmullo aún más tenso.
—Oh, qué interesante —dijo Beric. O quizá fue el otro. Era difícil decirlo—. ¿Ahora la magia ha alcanzado a las cervecerías?
El otro Beric se sentó enfrente, sin pedir permiso. También golpeó la mesa. Sorprendentemente, ambas cervezas saltaron en arco, formando idéntica espuma sobre la madera.
—A mí tampoco me gusta repetirme —dijo el recién llegado.
Beric frunció el ceño, que era como ver a dos tormentas compitiendo en el mismo horizonte.
—¿Quién eres?
—La mejor pregunta sería: ¿quién eres TÚ?
Beric miró alrededor. Los demás clientes se habían deslizado hacia las paredes, como si esperaran una pelea, pero no sabían si apostar o huir. Nadie quería ver a Beric pelearse con Beric; podía provocar una reacción en cadena con el universo, o al menos con el mobiliario.
—Soy Beric, del Caminolargo. He matado tres dragones, dos demonios y cincuenta y siete recaudadores de impuestos.
—Impresionante —asintió el otro—. Yo soy Beric, del Caminolargo. He matado tres dragones, dos demonios y cincuenta y ocho recaudadores de impuestos. Aunque sospecho que uno era un prestamista disfrazado, pero cuenta igual.
Beric sintió un escalofrío en la parte posterior del cuello. No era magia ordinaria la que podía producir un duplicado perfecto, con recuerdos, bravuconadas y hasta la misma cicatriz en la mejilla, justo donde, en la infancia, un gallo rebelde le dejó marcado para siempre el precio de la impaciencia.
—De acuerdo. ¿Brujería? ¿Ilusión? —musitó.
El otro Beric se encogió de hombros, un gesto afinado por años de cargar armaduras pesadas y manjares posiblemente envenenados.
—Eso intento averiguar. Me he estado topando conmigo mismo desde que maté a aquel demonio espejado en la cueva de los Gemelos. Sabes, cuando los dioses del Caos se aburren, pasan cosas como estas.
Beric miró la cerveza. Pensó en que aquel doble no era una ilusión cualquiera; no había distorsión, ni reflejo brumoso. El otro hasta había anotado el número de recaudadores de impuestos correctamente, y eso era memoria selectiva en su máxima expresión.
—¿Qué propones? —preguntó Beric —No puedo andar por ahí sabiendo que hay otro yo, igual de peligroso… y con tan mal gusto en la capa.
El otro Beric sonrió, una sonrisa que crujió en su rostro como ramas secas partiéndose.
—Quizá debamos matarnos. La costumbre dicta que solo puede haber un Beric —dijo, sacando la espada negra de su vaina gastada.
La otra mitad de la posada suspiró en unísono resignado. Alguien ya se arrastraba por debajo de la mesa para poner las apuestas sobre el desenlace.
—O podríamos beber hasta encontrar cuál de los dos aguanta más —propuso el Beric original, esperando, sí, que lo fuera—. Seguro que no hiciste mejor trato con las cervecerías de los siete reinos.
El otro se lo pensó. Beric podía leer en sus propios ojos la misma resolución testaruda. Sacarían la solución a golpe de cerveza, un método ancestral de la diplomacia barbárica.
Primera jarra abajo. Ningún Beric pestañeó. Los parroquianos, mientras tanto, hacían gestos y apuestas y se preguntaban si llegaría el amanecer antes del desenlace. Segunda jarra. Tercera. La cuarta les hizo entrecerrar los ojos y mirar el dorado líquido con menos admiración y más sospecha.
Mientras sus jarros tintineaban, el posadero se acercó arrastrando los pies, mirando alternativamente a ambos como si esperase que, por pura improbabilidad matemática, uno se desvaneciera por sí solo.
—Si puedo interrumpir —dijo, temblando—, esta no es la primera vez que pasa… Sucede desde hace un mes. Distintos viajeros se encuentran a sí mismos. Algunos se pelean, algunos beben, otros se enamoran… Es el Lago de Ilutron, ha empezado a desbordarse.
Beric levantó una ceja, un gesto tan automático como mirar si le quedaba dinero en la bolsa después de pagar una ronda.
—El Lago de qué?
—Ilutron, espejo de los deseos. Si pasas cerca, te devuelve lo que eres. O lo que crees que eres. O lo que temes ser. Las brujas lo han intentado secar, pero solo consiguen que el pueblo tenga doble de grises al amanecer y cisnes que compiten por el mismo mendrugo.
El otro Beric lo miró pensativo, como si considerase que por fin habría una respuesta lógica a todo, aunque fuera la más absurda.
—Si el lago desborda y crea duplicados, ¿qué pasará cuando los duplicados lleguen aquí…? ¿Y si no somos los originales?
El verdadero Beric, si es que lo era, recordó el combate contra el demonio espejado. ¿No era posible que, en algún instante, hubiera cambiado de ser el cazador a ser la presa, la copia, el reflejo? ¿Y si en realidad, ambos eran reflejos de un tercero que ni siquiera se molestó en aparecer por la Tambaleante?
—No puedo vivir sabiendo que hay otro yo tan lamentable como este —gruñó, pero con una fatiga repentina.
El otro Beric se encogió de hombros, idénticamente.
—Al menos, tenemos la misma excelente cerveza. No puede ser tan malo.
Una idea surgió, chisporroteando como relámpago.
—¿Y si no estamos aquí para matarnos, ni para emborracharnos? ¿Y si estamos aquí para perdonarnos?—propuso el Beric primero, bajando la voz como si temiera espantar la revelación.
El silencio se apoderó del local. Los duplicados, al parecer, también sabían filosofar. Muchos espectadores sintieron de repente la necesidad de escribir largas cartas a quienes no habían perdonado en la vida. A veces, la magia desborda el vaso, pero es la propia humanidad (o la falta de ella) la que se derrama.
Beric y su reflejo levantaron las jarras.
—Por nosotros —brindaron, y nadie pudo decir cuál sonaba más sincero.
Y así fue como la posada Tambaleante fue testigo de la más insólita tregua: cuando dos hombres idénticos se vieron obligados a sentarse juntos, mirarse a los ojos y aceptar, no que uno debía morir o vencer, sino que ninguna copia está completa sin su original. Y tal vez, solo tal vez, al día siguiente, habría en el mundo un Beric menos. O quizá, por fin, dos en paz consigo mismos.
Eso, o la próxima semana habría rebaja de cerveza negra, pero solo para clientes individuales.
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