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Portada del relato La Dama de la Perla Sin Sueños
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Fragmento:


Vallix, a quien las leyendas locales describían como “notablemente difícil de matar y casi imposible de callar”, giró el vaso entre los dedos y observó su contenido como si esperara que la cerveza resolviera sus dudas existenciales. Frente a él, Morga la Hechicera, reina no coronada de los duelos verbales y experta en maldiciones menores, se recogía el cabello negro con la paciencia de quien ha convertido la espera en un arte. Y junto a ambos, recostado de una forma que parecía desmentir varias leyes físicas básicas, descansaba el inquietante señor Crestón, que nunca parpadeaba y cuyas botas parecían fundidas con la mugre del suelo.

Duración: 04:35

La Dama de la Perla Sin Sueños
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El viento en las Tierras Abolladas llevaba siempre consigo el olor rancio de las costras viejas de sangre y cerveza. Nadie lo notaba más allá de los muros de Garbón, la ciudad que solo soñaba por encargo y en la que los deseos con frecuencia vestían armadura y cargaban hachas un palmo demasiado afiladas. Dentro de la taberna del Unicornio Parpadeante, donde las lámparas ofrecían más penumbra que luz, los tres personajes más improbables para formar un grupo de nada -excepto tal vez una epidemia- se encontraban sentados a la única mesa aún sin masticar por termitas.

Vallix, a quien las leyendas locales describían como “notablemente difícil de matar y casi imposible de callar”, giró el vaso entre los dedos y observó su contenido como si esperara que la cerveza resolviera sus dudas existenciales. Frente a él, Morga la Hechicera, reina no coronada de los duelos verbales y experta en maldiciones menores, se recogía el cabello negro con la paciencia de quien ha convertido la espera en un arte. Y junto a ambos, recostado de una forma que parecía desmentir varias leyes físicas básicas, descansaba el inquietante señor Crestón, que nunca parpadeaba y cuyas botas parecían fundidas con la mugre del suelo.

En la taberna se rumoreaba de un encargo, quizás el último trabajo antes de que los dioses perdieran el último interés en los asuntos humanos y apostaran todas sus monedas por los cuervos. La Vieja Alhama, la dueña, deslizó hacia el trío un pergamino envuelto en hilo rojo.

“Antes de que abran los sótanos de la Aurora”, murmuró, “necesito que alguien me traiga la Perla de la Dama. No pregunten quién es la Dama. Si lo saben, probablemente ya estén muertos.”

Las miradas se cruzaron. Vallix sonrió enseñando más dientes de los recomendados por los médicos. Morga rodó los ojos, mientras Crestón, fingiendo respirar, palmeó dos veces su bolso de cuero.

La expedición arrancó esa misma noche, impulsada por una mezcla de codicia, aburrimiento y, en el caso de Crestón, el puro terror de quedarse solo con sus pensamientos. Abandonaron la ciudad por la puerta más oxidada. La luna colgaba como una lámpara de alguien que no paga nunca el recibo.

El camino hacia el Bastión de la Dama era relativamente directo si uno ignoraba a los bandidos, los lobos de dos cabezas, los rumores y la realidad. Por supuesto, nadie sensato lo haría, así que se encontraron rodeados en el claro de Niebla, donde las piedras conversaban en susurros si las pisabas con el pie izquierdo.

Allí, una figura aguardaba. Su armadura era tan negra que parecía beber la luz. Su voz, un desencanto cansado:

“No llegáis ni a medianamente peligrosos.”

Siguió un duelo verbal. Morga, entusiasta, apeló a la genealogía dudosa del caballero, mientras Vallix ofrecía apuestas sobre cuánto tardaría en oxidarse su armadura. Crestón simplemente examinó el bolsillo del caballero para ver si contenía monedas interesantes. Finalmente, el caballero, exhausto de insultos y adivinanzas, se esfumó en una ráfaga de aire resignado.

Atravesando trampas mágicas, acertijos revueltos y enemigos cuya mayor amenaza era el olor, los tres accedieron al Bastión justo cuando los gallos mágicos del este gritaban sus profecías olvidadas. Allí estaba la Perla, reluciente, en un pedestal que olía ligeramente a barro y traición.

Morga extendió la mano, recitando a media voz un conjuro para que la trampa matase a otro. Vallix vigilaba la puerta, por si la muerte llegaba disfrazada de cobrador. Crestón, mientras tanto, miró su reflejo en la Perla y, en ese momento, recordó exactamente por qué había jurado no volver a tener amores con artefactos mágicos.

El suelo tomó la costumbre de desmoronarse, y los muros de practicar la gimnasia. Huida a la carrera, portando la Perla, perseguidos por una serie de presencias ululantes que olían a fracaso y a promesas rotas.

De regreso a la taberna, la Vieja Alhama, encantada, pagó la recompensa en oro, cerveza y, para Crestón, una moneda peculiar que nunca terminaba de dejar de sonar al caer. Los tres se sentaron, exhaustos pero vivos, y Vallix alzó su vaso.

“Brindemos por la Dama y sus perlas, por las noches que nos encuentran vivos, y por la fortuna, que nunca se cansa de reírse de nosotros.”

En las Tierras Abolladas, el viento seguía trayendo olores antiguos. Los tres se preguntaron, sin decírselo, cuánto duraría la calma hasta que el siguiente encargo, el siguiente absurdo, el siguiente pequeño apocalipsis personal. Y esa noche, Garbón soñó sin encargo, por puro placer, mientras la sangre y la cerveza se mezclaban en las grietas de su historia.

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