Pack Harry Potter - La serie completa
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Portada del relato El último aullido bajo la luna
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Fragmento:


"Creí que estabas muerto", musitó el brujo, y en esa frase flotaba una acusación, una amenaza y un secreto que sólo compartían los dos.

Duración: 05:26

El último aullido bajo la luna
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La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabían, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olía a vino barato y a sudores, y, oculto en el rincón más oscuro, Bregor de Arantenía contemplaba el mundo a través de una copa agrietada.

Un trazo de luna entraba por la ventana, dibujando una línea de plata sobre la mesa astillada. Bregor se fijó en ella, tal vez porque había dejado atrás todos los sueños, incluso los de oro y mujeres, salvo el de volver a ver la luz del día sin tener que mirar sobre el hombro.

La puerta chirrió. Un murmullo denso llenó el ambiente, tan pesado como la capa de polvo sobre las botas del recién llegado. Con el paso lento, casi solemne de los que conocen su fuerza y la muerte que traen consigo, el hombre avanzó hacia la barra. Portaba una espada corta y unos ojos rasgados, sin color; ojos habituados a ver lo que no debía existir.

A Bregor no le hizo falta mirar mucho para saber que era uno de esos; los llamaban conjuradores, pero la plebe prefería nombres más sencillos, menos aterradores: brujos, nigromantes, cortadores de almas. La copa tiñó el vino con el temblor de su mano. Ya había tenido bastantes problemas con esa estirpe de bastardos.

El brujo pidió vino con voz cascada, y desde el fondo de la sala, el posadero tembló. No se pronunciaron saludos ni fórmulas. El respetuoso silencio de un pueblo que conoce el filo de la desgracia. Bregor giró su copa, fingió serenidad, y sólo después de varios sorbos se animó a mirar de soslayo al recién llegado. El brujo también lo observaba. Un cínico destello cruzó esos ojos quietos. Después, una palabra suspendida: "Bregor".

La tensión se espesó, densa como la sangre coagulada. Los parroquianos fingieron desinterés, unos retirándose, otros sorbiendo su bilis y aguardiente con la mirada fija en las astillas del suelo. Solo quedó el sonido del fuego, relamiendo el hogar.

"Creí que estabas muerto", musitó el brujo, y en esa frase flotaba una acusación, una amenaza y un secreto que sólo compartían los dos.

"Sólo los dioses y los necios saben cuántas veces he muerto", respondió Bregor, apurando el vino.

El brujo sonrió, pero era una mueca más propia de un cadáver: "Has dejado un trabajo a medias. Y la carne que no arde, apesta y trae problemas. Regresa conmigo. O con lo que venga después."

Detrás de la capa del brujo asomó una sombra, una presencia que no era forma ni humo. Bregor tensó los músculos. Aquello no era hechizo cualquiera; era una promesa de que la muerte vendría antes de que él pudiera cruzar el umbral de la puerta.

"¿Vienes como emisario o como verdugo?", masculló, apretando la empuñadura invisible de la daga bajo la mesa.

"Como advertencia. Ya nos has costado suficiente oro, Bregor. Ese niño debía morir limpio. No era para tus manos lentas ni para tu débil compasión. Tres días. Eso es todo lo que tienes."

Silencio otra vez. El posadero despidió a los últimos clientes con miradas apremiantes, temblor en los huesos, y sólo el eco de sus pasos persistió en la madera. Cuando el brujo giró para marcharse, la sombra tras él pareció desplazar el aire como una niebla ácida. Bregor supo que la elección estaba hecha: allí, en esa esquina polvorienta de una posada perdida, moriría alguien antes del alba.

Salió poco después, no sin antes observar el espacio donde había estado el brujo. Llovía ahora, una lluvia menuda, sucia, como el sudor de un dios moribundo. Caminó hacia las afueras, sabiendo que no era sólo el conjurador quien lo buscaba, sino la vieja culpa y el aún más viejo deseo de no presenciar más muertes innecesarias.

El niño. Siempre era un niño. Siempre una profecía, una condena escrita por quien nunca se manchaba las manos. Sacó su daga —dama fiel y fria como una promesa vacía— y se adentró en el barrizal que llamaban calles. Los rumores decían que la criatura tenía nombre y maldición, y también un guardián: la bruja Sael, ella que se alimentaba de pactos y esencias robadas.

Bregor llegó ante la cabaña, apartando el sudario de ramas y helechos. Sael lo esperaba; su cabello, gris como la ceniza, caía sobre unos ojos en los que ardía la desolación. Antes de que hablara, Bregor alzó una mano: "Sé a lo que vengo. Pero no puedo hacerlo."

Sael asintió. "Tampoco yo. La criatura es inocente. Los dioses se ensañan con los inocentes porque los inocentes no tienen derecho a elegir."

La bruja lanzó sobre la mesa un pequeño amuleto, negro y reluciente. "Tienes tres noches. Después vendrán más. Ni tú ni yo podremos detener al brujo si él decide actuar."

Bregor no respondió. Miró al niño, profundamente dormido, con el cabello enmarañado y la respiración apacible. Parecía de otro mundo, un mundo donde los cuchillos no cortan sueños. Se sentó junto a la bruja y, juntos, bebieron en silencio, mientras el miedo a la muerte compartida se desvanecía, y nacía en su lugar una chispa imposible: la esperanza.

Afuera, la lluvia lavaba el polvo y las culpas, pero no se llevaba la amenaza de la espada ni el veneno de la magia. Porque en esos mundos, la única certeza es que los errores siempre vuelven, y la redención tiene siempre un precio. Uno demasiado alto.

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