Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
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Portada del relato Las Puertas de Humo y Memoria
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Fragmento:


El trabajo de Odran es sencillo y cruel: corta la madera, corta la carne que sobra en las mesas, corta los rumores antes de que maduren. En el cinturón lleva la vieja hoja, grabada de cicatrices ajenas y propia resignación. Pero, esta noche, la hoja pesa como si la empujara el recuerdo de cada muerte. El aire se espesa con las palabras de Siriel, que no son palabras: “Vuelven esta noche. Caminan con hambre”. Sus ojos, tan llenos y tan secos, señalan hacia la niebla.

Duración: 05:53

Las Puertas de Humo y Memoria
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El rugido del crepúsculo deshilacha los muros, pero en la aldea de Gálif, la noche es sólida y huele a hierro frío. Las hogueras mueren pronto aquí; es costumbre ancestral no tentar a las sombras, ni dejar que las historias se enfríen en los labios de los ancianos. Odran, quien nunca se sintió hijo de esa costumbre, camina entre los últimos rescoldos mirando de reojo los ojos del viento: ha llegado hasta la frontera del mundo pacífico y por debajo de sus botas, las viejas piedras susurran nombres que él ha olvidado, aunque sabe que una vez los llevó tatuados sobre la lengua.

A esa hora solo le acompaña la mujer sin voz. La llaman Siriel; ni joven ni anciana, con el pelo oscuro recortado por cuchillos de tiempo, y la piel manchada por símbolos antiguos, apenas visibles bajo el polvo. Nadie recuerda cuándo apareció. Tal vez nació de alguna grieta entre los años, pero nunca pide nada y la escuchan cuando no habla. Esta noche, Odran y ella, se miran largo: no parecen aliados y sin embargo, en el peso del silencio, algo se pacta. Detrás de ambos, la aldea duerme, cerrada en un puño de miedo; a su alrededor, la frontera: arena y piedra, y más allá de la colina baja, la niebla sin dueño donde han empezado a desaparecer los vivos.

El trabajo de Odran es sencillo y cruel: corta la madera, corta la carne que sobra en las mesas, corta los rumores antes de que maduren. En el cinturón lleva la vieja hoja, grabada de cicatrices ajenas y propia resignación. Pero, esta noche, la hoja pesa como si la empujara el recuerdo de cada muerte. El aire se espesa con las palabras de Siriel, que no son palabras: “Vuelven esta noche. Caminan con hambre”. Sus ojos, tan llenos y tan secos, señalan hacia la niebla.

La niebla no es enemiga, solía pensar Odran. Él mismo jugó en ella de niño, la respiró cuando pastoreó cabras y robó besos rápidos a la hija del curtidor. Pero la niebla que acecha ahora es otra criatura: sus entrañas laten con las pisadas de quienes cruzan del otro lado, y no siempre traen manos; a veces sólo traen la promesa del fin de todo. Es el efecto de la vieja apertura, la grieta en el tejido del mundo, por la que entran cosas que no tienen palabra en ninguna lengua humana.

Siriel camina delante. El polvo se eleva y baila, animado por fuerzas más hondas que el viento. Odran casi siente el filo de su propio miedo sumarse al de ella. Siguen la vieja vereda de pastores, hasta donde la colina se curva como un cuerpo en reposo. En el alto, la niebla espera, hundida en su propio sueño. No es blanca, sino azul ceniza, y pulsa como una herida abierta que no quiere cerrar.

Odran desenfunda la hoja porque eso sabe hacer. Siriel se agacha, hincando las manos en la arena. De su garganta brota un gemido bajo, que se confunde con el crujido de la tierra al ser removida. Los símbolos de su piel arden levemente, como si la sangre recordara de pronto ser fuego. La grieta que buscan se abre a la derecha, custodiada por dos árboles secos hace generaciones: raíces nudosas y ramas como garras, siempre abrazadas por el horror.

Del abismo de niebla emerge una figura; ni hombre ni bestia, sino trozos de algo que alguna vez fue ambos y ninguno. En su frente destellan fragmentos de obsidiana, y cada articulación chilla como metal enloquecido. Habla con muchas bocas a la vez, y cada una emite un idioma distinto, todos llenos de hambre. Odran da un paso atrás: la hoja en su mano vibra, ya no contra la carne, sino contra el tiempo.

Siriel se yergue. Ahora tiene los ojos cerrados y sangre nueva corre entre los símbolos de su piel. Pronuncia un nombre con el pensamiento, y la figura titubea. Odran entiende, repentinamente, que lo que está ante ellos no pelea para conquistar, sino para recordar: busca verse, reconocerse, y por eso devora. Solo la memoria puede traspasar de regreso aquello que pertenece al otro lado.

El combate no es un duelo de acero ni de músculo. Requiere ceder: fragmentos de dolor, trozos de identidad. Siriel guía a Odran -sin tocarlo, sin mirarlo-, dejándole sobre la lengua un eco, un recuerdo que nunca fue suyo: la risa de una madre a la luz temprana, una despedida en la lluvia, el color de una piedra bajo el hielo. Odran entrega estos recuerdos al monstruo, bajando la hoja. Eso es lo que la grieta pide: dar lo que pesa, aquello imposible de sostener.

La criatura se sacude, retorcida por lo que recibe; por cada memoria liberada, una voz se apaga, un fragmento cae y se disuelve bajo la niebla. Odran siente, con horror, que comienza a olvidar los mismos recuerdos que acaba de ofrecer. En ese vacío, la hoja ya no es suya, tampoco lo es la aldea ni el miedo. Solo queda el temblor de lo indeseado.

Siriel, agotada, guía lo que queda de la criatura de vuelta a la grieta, susurrando palabras que nadie escuchará jamás. Cuando termina, el filo de la niebla retrocede. Sobre la colina, los dos permanecen inmóviles un largo rato, vacíos y llenos de esa nada nueva: Odran ya no es quien era, y Siriel ha cambiado también. La noche, sin embargo, les acoge. Nunca serán héroes; tal vez, ni siquiera sobrevivientes. Pero han pagado la memoria y saldo es la existencia misma del mundo.

En la aldea, las hogueras aún no se encienden. El miedo tardará en disiparse como tarda la niebla en aceptar que es solo aire. Siriel marcha en la dirección contraria a la salida del sol; Odran la sigue, no porque lo desee, sino porque las puertas abiertas detrás de ellos aún murmuran, y alguien debe escuchar para que el resto pueda dormir.

Por eso, donde la frontera es más delgada, alguien, cada noche, camina al borde: no buscando gloria, ni venganza, ni siquiera sentido. Solo sosteniendo, como un cuenco de arcilla agrietado, el eco de lo que no puede olvidarse sin destruirlo todo.

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