Fragmento:
Las Salas Interiores del Nido no estaban hechas para la luz del día ni para el alivio de las plegarias. Arrastrando sus recuerdos como un funesto collar, Lady Birn avanzó por los corredores, entre tapices marchitos y bustos de príncipes ejecutados. En el corazón del Nido, la corte la esperaba: figuras cubiertas de sedas negras, rostros cubiertos por máscaras talladas de madera que lloraban lágrimas de cera. Había nobles sin ojos, cortesanos que ya no podían pronunciar palabras humanas, y reinas viudas, las bocas selladas por hilos de oro.
Duración: 04:52
El carruaje, barnizado con el lustre de huesos pulidos, se deslizaba por la calzada como un escarabajo inmenso, cincelado por manos que ignoraban los nombres de la piedad. Un cielo enfermo de nubes rojas miraba el viaje de Lady Birn, quien apretó la empuñadura de la daga oculta entre sus costillas y el corsé: la última herencia recibida por mano de su madre, la Reina Vieja, antes de que los criados la arrastraran desde las cámaras del norte, suplicando por una segunda oportunidad que los dioses nunca otorgan.
Afuera, los robles de Asthrel enclavaban sus raíces en siglos de derramamiento de sangre. Nadie habitaba los bosques que cruzaba la comitiva de Lady Birn; las leyendas sobre Espinas Vigilantes, la Orden de los Mártires y el susurro de espectros hambrientos doblaban la espalda de los campesinos y sellaban las bocas de los niños. El Destino de ese linaje era volver al Nido del Ciego para la Larga Vigilia y Lady Birn, aún manchada por la edad impura del segundo nacimiento, sentía ya el peso del umbral ululando al final del sendero.
El carruaje se detuvo. Silencio, denso y tenso como la piel de un tambor, precedió a la aparición del portero. No era hombre ni bestia, sino ambos: un rostro partido por la cicatriz que los monjes llamaban “la herida de la Verdad”, ojos de leche y boca arrugada por la perpetua tristeza. Él no habló; sólo inclinó la cabeza y extendió la mano, como si esperara no una llave, sino un secreto. Lady Birn bajó sin vacilar, su capa barriendo las hojas podridas sobre las losas anchas y hundidas. El olor era a incienso y descomposición, a promesas rotas y antiguas afrentas.
Las Salas Interiores del Nido no estaban hechas para la luz del día ni para el alivio de las plegarias. Arrastrando sus recuerdos como un funesto collar, Lady Birn avanzó por los corredores, entre tapices marchitos y bustos de príncipes ejecutados. En el corazón del Nido, la corte la esperaba: figuras cubiertas de sedas negras, rostros cubiertos por máscaras talladas de madera que lloraban lágrimas de cera. Había nobles sin ojos, cortesanos que ya no podían pronunciar palabras humanas, y reinas viudas, las bocas selladas por hilos de oro.
El trono la aguardaba, no vacío sino habitado por la sombra de su madre, aún reviviendo cada noche a través de la magia tejida en el respaldo. Aquella sombra se alzó ante Birn, proyectando dedos tan largos como noches sin luna. "Llegas tarde", susurró, su voz compuesta de todos los lamentos de los muertos bajo las criptas de Asthrel. "Muchos esperan tu carne."
A la señal de la sombra, los criados trajeron el banquete. Platos cubiertos, opulentos y perfumados con hierbas que sólo crecían en jardines donde nunca penetraba el sol. Carne rosada, jugosa, de una criatura incapaz de ser nombrada; copas, llenas de un néctar que llenaba la lengua de visiones y pesadillas. "Aquí, donde los vivos sirven a los muertos, y los muertos enseñan a los vivos a morir, debes probar la Cena de la Vigilia", ordenó la sombra, "o perderás hasta tu nombre".
Birn, que conocía las antiguas astucias, cortó un bocado. La carne era dulce y salada, y el jugo corrió por su barbilla como la sangre de un enemigo. Tan pronto como tragó, vio, sintió, la verdad del lugar: vio las almas atrapadas en tapices, el río de mártires arrastrándose bajo el suelo, los secretos anudados en el cabello de las viudas, la historia de reyes caníbales y monjas heridas en su pureza.
Los convidados rieron, un coro sin alegría. "Has tomado la Marca", dijo la sombra. "Ahora sólo queda la última pregunta."
Lady Birn sintió que los hilos de su memoria se desenredaban. ¿Quién era ella sino otra pieza en este bucle de sacrificio, otra ofrenda en el altar de lo que nunca debía despertar? La sombra de su madre abrió los brazos. "¿Te unirás, hija? ¿Son tus cicatrices lo bastante profundas? O..."
El rostro de la sombra se deformó; los tapices comenzaron a sangrar, una lluvia lenta y densa. Lady Birn se levantó, su daga brillando como la luna cruel en la escarcha. "He venido a escuchar, no a servir. El ciclo termina esta noche." Un rugido, mitad miedo, mitad gozo, recorrió la corte. Las máscaras cayeron; los rostros reales eran monstruosos e infantiles, todos traslucidos de desesperanza. La daga entró en el pecho de la sombra y, por un instante, la oscuridad se replegó, mostrando la piedra negra del trono… y a la Reina Vieja, por fin, absurda y diminuta, encadenada en su propia carne y sus propios pecados.
El Nido tembló. Las almas liberadas aullaron, los tapices ardieron, los ecos de los mártires anunciaron una grieta en el mito. Lady Birn salió del hall, sola, con la luna por testigo y una nueva promesa escrita en la sangre de su linaje: algunos círculos sólo terminan cuando alguien se atreve a morder la mano del destino mismo.
Detrás de ella, cenizas y ruinas; frente a ella, caminos desconocidos y el peso fiero de la libertad. Pero Lady Birn sonreía. Por una vez, los susurros en el bosque callaron y nadie se atrevió a seguirla más allá de la carne, hacia el país de la oscuridad que sólo los vivos pueden llamar hogar.
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