Fragmento:
La primera en volver fue Marith, joven aún y cansada, marcada por el hambre de saber que acosa a quienes miran demasiado tiempo el pozo seco junto al pueblo. Se deslizó bajo el cerco de ramas podridas, más allá del claro donde los ancianos escupen al pasar. Con la linterna baja y el ceño encrespado, descendió la ladera cubierta de líquenes espirales, ignorando el crujido de raíces cuya sombra se pegaba a sus talones. El sendero temblaba bajo sus pies, como si el suelo se negara a sostenerla.
Duración: 03:32
Desde antes del grito primero, antes de la frontera y el hierro envejecido, dormía bajo el monte la ciudad sumergida, su nombre tejido de olvidos y ceniza. Los aldeanos sólo la señalaban con gestos: una mueca torcida, el roce involuntario de la mano al cuello, el paso apretado sobre el musgo negro. Nadie decía su nombre, y sin embargo, todos sabían de ella. De noche, cuando la niebla descendía y alargaba los cuerpos en las paredes, era posible oír lo que no debía tener voz: una melodía discordante, el ulular de lo huido, el golpeteo de pasos más antiguos que el cansancio.
La primera en volver fue Marith, joven aún y cansada, marcada por el hambre de saber que acosa a quienes miran demasiado tiempo el pozo seco junto al pueblo. Se deslizó bajo el cerco de ramas podridas, más allá del claro donde los ancianos escupen al pasar. Con la linterna baja y el ceño encrespado, descendió la ladera cubierta de líquenes espirales, ignorando el crujido de raíces cuya sombra se pegaba a sus talones. El sendero temblaba bajo sus pies, como si el suelo se negara a sostenerla.
En el umbral de la ciudad sumergida, el aire era más denso y oscuro, como si allí se filtrara el polvo de estrellas muertas. Las puertas que se alzaban ante ella no estaban hechas de madera ni piedra; más bien, de un material intermedio, húmedo y maleable, donde nada era fijo más de un instante. La empujó no con manos, sino con la pregunta que burbujeaba en su mente: “¿Quién te recuerda?” La puerta cedió, exhalando un aliento frío que olía a helecho y a sangre.
Adentro, la ciudad respiraba largo, con el vaivén de criaturas inmensas dormidas en el fondo de un mar sin agua. Las calles se anudaban y desenredaban a medida que caminaba, sombras siguiendo a sombras hasta que ya no supo si era real o un espectro de barro soñando sus propios pasos. Atravesó corredores donde caían gotas lentas de luz verde, vio puertas cerradas a voces que sólo murmuraban si uno les daba la espalda.
Marith llegó hasta la plaza central, donde una fuente daba de beber solo a los sedientos de recuerdos; acercó los labios y bebió. Lo que hundió en ella no fue agua, sino la marea fría de imágenes pasadas. Vio el momento en que la ciudad se hundió: los habitantes de rostros pálidos, los cánticos deshilachados que cruzaban el aire, el brillo de cuchillos y la sombra que creció, tragándose las plegarias, hasta dejar solo silencio y niebla.
Alejarse fue imposible. La ciudad, satisfecha o compadecida, cerró el paso tras ella. Pronto, su memoria de sí misma se diluyó: Marith supo ya no a quién pertenecía, de dónde había llegado. Solo retuvo el anhelo de salir, de andar siempre hacia adelante, aunque los caminos se retorcieran y comenzaran a susurrar los nombres de los vivos detrás de las paredes húmedas.
En el pueblo, la ausencia de Marith se hizo rumor, y ese rumor se volvió hábito, y el hábito piedra. Los ancianos miraban ya poco el pozo: sospechaban que la ciudad sumergida tenía hambre, y que a veces se alimentaba de recuerdos y no solo de carne. Nadie volvió a descender, pero el nombre de Marith, aunque no era dicho, empezó a flotar como una motita de polvo en el aire apagado de la taberna y bajo las vigas viejas.
La ciudad, mientras tanto, murmuraba y tejía. Sabía bien que la necesidad de saber es tan poderosa como el hambre, y que pronto alguien más descendería: otra pregunta, otro nombre, otra vida doblada en la hondonada de la escarcha. Porque el olvido es una puerta; y toda puerta cerrada sueña con ser abierta de nuevo.
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