Fragmento:
No había contado a nadie la verdad: no que el hambre ya mordía en su estómago, no que las paredes de su hogar crujían por las noches como si los huesos de todos sus ancestros trataran de huir, no que una voz —dulce, arrulladora como un arroyo— lo llamaba cada noche desde el mismo linde del olvido. Cuando lo escuchó por primera vez, lo atribuyó al cansancio; la segunda, rezó y apretó una cruz de madera en la palma hasta que sangró. Ahora, había venido a responderle, como un viejo perro resignado.
Duración: 03:53
El crepúsculo se había tragado ya la última duda cuando Arleon abandonó las sombras seguras de su cabaña. La humedad del bosque lamía sus botas, y cada paso le robaba calor desde las plantas de los pies hasta el pecho. Los ciruelos crecidos junto al arroyo exhalaban perfumes que en otro tiempo le habrían recordado bendiciones y nacimientos, pero esa noche la fragancia era un presagio podrido.
Tenía el rostro envuelto en una bufanda mugrienta pero sus ojos desnudos penetraban la niebla, esperando entrever el primer indicio del sendero que buscaba. Silencio, pensó, como si solicitara permiso para existir. En su diestra, la linterna oscilaba, y la luz derramada parecía un corazón desangrándose sobre la tierra negra.
No había contado a nadie la verdad: no que el hambre ya mordía en su estómago, no que las paredes de su hogar crujían por las noches como si los huesos de todos sus ancestros trataran de huir, no que una voz —dulce, arrulladora como un arroyo— lo llamaba cada noche desde el mismo linde del olvido. Cuando lo escuchó por primera vez, lo atribuyó al cansancio; la segunda, rezó y apretó una cruz de madera en la palma hasta que sangró. Ahora, había venido a responderle, como un viejo perro resignado.
La senda apareció al pie del tercer ciruelo, marcada por piedras demasiado blancas para este suelo remoto. Una cuerda invisible pareció ceñirle el pecho y, sin embargo, sus pies se movieron con docilidad. Cuanto más se adentraba, más espesa la niebla, hasta que cada rama era un dedo huesudo rozándole la piel y cada raíz, un nudo dispuesto a retenerlo bajo tierra.
—¿Por qué vienes, Arleon? —susurró la voz, tan cerca de su oído que sintió la tibieza de un aliento.
Tropezó y cayó, su linterna rodó y la luz rebotó, atrapando entre sus breves halos un atisbo de escamas, humedad, y algo imposible en los ojos de lo que no era del todo bestia ni del todo mujer. Arleon tragó saliva. Las palabras acudieron, torpes.
—No podía más con el hambre. Ni con la soledad.
El ser se movió, arrastrando tras de sí hojas podridas que chasqueaban como caracolas vacías. La voz vino de múltiples bocas, la suavidad un disfraz apenas visible.
—¿Y qué prometes darme por tu petición? Aquí sólo se otorgan favores a cambio de algo que puedas llorar.
Arleon tembló. Recordó a su difunto hermano, cuya risa resonaba aún en las noches que el viento afilaba la memoria. Recordó los cuentos de su madre, que tejían pesadillas y dulzura con igual generosidad. Recordó la cara de su hija, extraviada hace dos inviernos, y supo que aquello era todo lo que tenía.
—Puedes tomar mis recuerdos —dijo al fin, y la oferta le costó más que la sangre—. Toma los rostros que amo.
Un murmullo repiqueteó entre las ramas, antiguo y hambriento, y la niebla se espesó aún más. La criatura se revolvió a su alrededor como un manto, posando dedos —¿hojas, escamas, uñas?— en sus sienes. El frío penetró, y cada imagen preciada fue arrancada suave y meticulosamente, como si le pelaran el alma capa a capa.
Cuando terminó, Arleon se incorporó: ligero, vacío de pesar, con el hambre mitigada y la soledad reducida a un mero susurro lejano. Pero el bosque ya no le resultaba familiar. Las raíces eran ajenas y las flores carentes de nombre. Su propio nombre le sonó incompleto, como un eco largamente olvidado. Miró la linterna apagada a sus pies y, en el reflejo débil del cristal, vislumbró un rostro que no pudo reconocer.
Se giró para regresar, pero la niebla no le devolvió el camino a casa ni tampoco el peso de sus antiguas penas. Nada siguió sus pasos salvo el murmullo lejano de la criatura, satisfecha por el festín de memorias.
El hambre regresó días después, pero en ausencia de recuerdos, ya no pudo nombrarlo. Anduvo, por siempre, entre nieblas, sin razón y sin miedo, un suspiro más del bosque en el crepúsculo eterno.
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