Fragmento:
Eila, de la Casa de Jaresh, llegó desnuda y sin nombre al umbral de la subasta. Nadie pregunta por los orígenes de los que cruzan sus puertas; el pasado aquí es presa ligera, a veces alimento, nunca compañía. Su contrato la marcaba: una herida dulce y febril en la palma de la mano izquierda. La quemadura de un acuerdo: entregar su alma y todo dolor, todo anhelo, toda duda—y a cambio, apenas la promesa de un instante al sol antes de la oscuridad final.
Duración: 04:19
En el reino de Kravnos, allí donde las colinas eras tan antiguas que sus lomos ocultaban tumbas hasta para los dioses olvidados, una costumbre perversa germinó en la corte de Nharon: la Subasta de las Almas. Nadie recordaba si el primer contrato fue escrito con pluma o con garra, pero cada veintena de años, la Sala de Humo se llenaba de figuras envueltas en oscuros tapices, donde la única luz titilaba en las copas de vino negro y los ojos huecos de los comerciantes.
Eila, de la Casa de Jaresh, llegó desnuda y sin nombre al umbral de la subasta. Nadie pregunta por los orígenes de los que cruzan sus puertas; el pasado aquí es presa ligera, a veces alimento, nunca compañía. Su contrato la marcaba: una herida dulce y febril en la palma de la mano izquierda. La quemadura de un acuerdo: entregar su alma y todo dolor, todo anhelo, toda duda—y a cambio, apenas la promesa de un instante al sol antes de la oscuridad final.
La sala, circular y sin ventanas, olía a resina de tejo y a cráneos quebrados. Se sentó entre un anciano de boca partida en sonrisa perpetua y una mujer de piel tan pálida que los vasos sanguíneos parecían pequeños truenos azules recorriéndola. Nadie hablaba. Aguardaban.
El Subastador, Señor de la Cuerda, apareció entonces. Tenía varias sombras, y cada una se movía con independencia, recorriendo la sala con pasos líquidos. Con voz que era la campana y el grito de las aves carroñeras, les recordó las reglas: "Aquí, solo el más desesperado gana. Vuestra alma será ofrecida al mejor postor. Olvidad esperanza. Olvidad recuerdo. Olvidad fuga."
Y comenzó.
Uno a uno, los postores—demonios de apariencia pulcra, nobles con la piel estirada sobre huesos de ciervos, espectros que mendigaban calor al borde del fuego—alzaban las manos por su presa favorita. Un susurro arrancaba nombres de labios ajenos. Eila sintió el tirón invisible de quienes deseaban su fuego interno. Rezó, no por salvación, sino por olvido.
Pero mientras la puja subía, una idea germinaba, necia y pequeña como una semilla en la grieta del pavimento: el Escape. Contra el veredicto del Subastador, contra la lógica de Kravnos y sus círculos de hierro, exploró la invisible jaula de promesas y sellos. Encontró grietas, costuras apenas visibles en las palabras arcanas. El Subastador se inclinó hacia ella, leyéndole el pensamiento.
"Los caminos en la Subasta están contados," siseó, "y ninguna puerta lleva afuera. Aquí es el final de todas las sendas. El mercado compra y vende. Nadie escapa."
Pero Eila supo qué comprar. Cuando llegó su turno, no ofreció resistencia. Miró a uno de los postores—una joven criatura, envuelta en cenizas, que escondía sus ojos—y dijo suavemente, "Entrego mis sueños, no mi nombre."
Un murmullo recorrió la sala. Ofrecer sueños en lugar de alma era viejo truco; sólo que Eila no mentía. Había usado su tiempo en la sala para destilar, gota a gota, sus sueños en la quemadura de la palma. Quedaba poco en ella; su memoria era una bruma y su deseo, ceniza. Pero aguardaba, callada, una fisura entre los mundos.
La joven de cenizas ofertó una perla negra, y el Subastador, relamiéndose, tomó el pago. En el instante en que la perla y los sueños tocaron el suelo, el círculo mágico crujió. Una grieta de refulgencia cayó entre Eila y la realidad. El truco era sutil: no era ella la que escapaba, sino su ausencia la que corría, como un hueco imposible de llenar.
Lo comprendió tarde: todas las fugas eran trampas en sí mismas. Su memoria quedó atrapada, y Eila fue convertida en canción, eco en los feudos y bosques, un lamento de sabor a ceniza que los postores transmitían entre sí. Nadie en la Sala de Humo volvió a recordar el rostro ni el lugar de la que alguna vez quiso escapar. El Subastador, complacido, sumó la ausencia a su colección, sabiendo que la Subasta, una y otra vez, sólo permite un único premio: la culminación de todos los escapes, donde lo que queda es sombra y promesa incumplida.
Fuera, el día apenas comenzaba a filtrarse entre los túmulos de Kravnos. Nadie supo jamás por qué, de pronto, los cuervos se negaron a cantar y el viento olía por una noche entera a sueños calcinados.
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