Fragmento:
Había una promesa flotando en el aire, una promesa vieja, muda y podrida. Cada noche, los Brazos Largos retornaban de la niebla. Nadie podía recordarlos exactamente: eran más antiguos que los reyes de la ciudad, más antiguos que el río negro bajo las murallas, más antiguos quizá que el deseo de matar. Brazos desmesurados, rostros huecos, caminaban sin prisa y destrozaban con gusto. Cuando amanecía, Sigr-Anhar amanecía menos. Cada noche era una lenta mutilación. Cada noche, Beshir y los otros se encaramaban en las murallas con las armas preparadas, como si fueran más que palabras huecas y acero mellado.
Duración: 04:49
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupió sobre sus manos antes de ajustar la empuñadura de la alabarda. El metal rechinaba, deseando sangre. Nadie en su sano juicio habría permanecido tanto tiempo mirando el horizonte desde allí, pero la mayoría de los hombres abandonaban la cordura en Sigr-Anhar como las gaviotas dejan las plumas muertas en la playa cuando huele a tormenta y carroña.
Había una promesa flotando en el aire, una promesa vieja, muda y podrida. Cada noche, los Brazos Largos retornaban de la niebla. Nadie podía recordarlos exactamente: eran más antiguos que los reyes de la ciudad, más antiguos que el río negro bajo las murallas, más antiguos quizá que el deseo de matar. Brazos desmesurados, rostros huecos, caminaban sin prisa y destrozaban con gusto. Cuando amanecía, Sigr-Anhar amanecía menos. Cada noche era una lenta mutilación. Cada noche, Beshir y los otros se encaramaban en las murallas con las armas preparadas, como si fueran más que palabras huecas y acero mellado.
A Beshir le dolía la espalda. Le dolía la culpa en las tripas también, pero intentaba convencerse de que era solo hambre. Cuando mató al cuarto Brazos Largos de la semana pasada, aquella cosa se arrodilló ante él. Se arrodilló y le susurró su propio nombre, con una voz que le sonaba a risas que un día fueron suyas. Desde entonces, dormía poco.
A lo lejos, en la bruma, las formas de los invasores germinaban de la niebla como dientes en una encía enferma. Eran docenas, quizás cientos, finísimos y carcomidos, como si la niebla los devorara a la vez que los creaba. Desde el patio interior llegaron los gritos de la Comisaria Yurehna ordenando cerrar portones, llamar a los Labradores de Hierro, encender los fuegos de brea. Cuanto más ruido en la fortaleza, más silencio en la niebla.
Beshir pensó en huir, dejar a su suerte a la ciudad y a los que aún le llamaban compañero. Pero la memoria del susurro en su oído, la certeza de que los monstruos sabían su nombre, lo mantenía atado. Atado con cadenas de vergüenza, miedo y cierta esperanza enferma de redención. Nadie sobrevivía huyendo en Sigr-Anhar; en el mejor de los casos, uno tenía suerte de elegir cómo morir.
La primera criatura saltó el foso. Le faltaban trozos en la cara, como si la risa hubiese devorado su propia carne. Los hombres apretaron las lanzas y cerraron filas. Beshir vio cómo una lanza atravesaba el vientre de un Brazos Largos y el monstruo ni siquiera chilló, solo se inclinó con agradecimiento y besó la hoja carmesí. El soldado dejó caer la lanza y se cubrió el rostro de vergüenza. Nadie quiere ser amado por un monstruo.
Esa noche, la lluvia volvió como una maldición vieja. Se mezclaba sangre y agua en la piedra, y la batalla comenzó en silencio. Sigr-Anhar tenía tantos sonidos de agonía que la muerte se volvió una rutina, una oración sin palabras. Cuando la Comisaria cayó —arrancada en tres pedazos por un solo Brazos Largos de ojos puros y tristes—, Beshir supo que algo distinto ocurría. Los monstruos no iban a marcharse antes del alba.
Uno a uno, los defensores cayeron. Los Labradores de Hierro se fundieron en el fango y el miedo; los mendigos apuñalaron a los nobles por un hueco bajo la escalera; Beshir vio a un sacerdote romper la cruz y ofrecerla como estaca antes de perder la cabeza. Y entonces, en el umbral de la nada, Beshir se encontró solo, con la espada torcida y la respiración corrompida por el sabor a herrumbre y derrota.
El último de los Brazos Largos se acercó a él. No era ni mayor ni más horrible que los otros, pero traía una verdad consigo, una verdad del tamaño de la noche y de todos los muertos de Sigr-Anhar. Extendió su mano, larga y delgada, como la rama de un árbol ahorcado.
“Ven”, dijo la criatura, y la voz era la de su madre, y de su verdugo, y de sí mismo cuando era niño y todavía podía llorar sin miedo. Beshir no se apartó. Tenía frío, un frío imposible, el frío de la absolución o del peor castigo.
La criatura lo abrazó. Olía a nada, a pozo seco, y a la vez a la posibilidad de perdón. “Hoy acaba para ti. Mañana empezarás para nosotros”, susurró la voz. Entonces, Beshir sintió cómo las cicatrices de su vida, una a una, se abrían y lloraban. Y la noche de Sigr-Anhar, hambrienta y anciana, los devoró a ambos.
Al alba, las murallas estaban en silencio y la niebla era más espesa que nunca. Nadie recordaba los nombres de los caídos, ni los de los monstruos. Solo la ciudad, mutilada y vieja, resistía aún, esperando otra noche más entre la espera y el olvido.
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