La luna pálida de Esgarda descendía sobre el Valle de Onthea, una cicatriz de piedra y negra brea en la piel del mundo. Decían que aquel valle había sido antaño un jardín de los Altos Señores, pero el tiempo y la ira de los dioses habían triturado su belleza bajo las fauces del exilio. Hoy, solo ceniza y lodo cubrían aquel lugar, y entre sus sombras vibraba una presencia que hasta los lobos preferían no nombrar.
Lyral llegó en la hora quinta, sus botas envueltas en trapos ensangrentados, pues cada paso por el valle cortaba, no la piel, sino el alma. Venía buscando al olor de la muerte—pero no la suya. Buscaba a la Dama Auria, la perdida entre velos y bestias, la maldecida desde que su carne degustara el beso de la luna. Los árboles, retorcidos en hileras contra el viento, parecían enhebrados de dedos artríticos, sus nudos exudaban una savia negruzca que olía a vinagre y locura. Por encima, pájaros sin ojos graznaban nombres que nadie debía recordar.
El sendero la llevó hasta una flecha resquebrajada en el suelo. Allá, al pie de la roca, vio una silueta encorvada, susurrante, que revolvía un cuenco lleno de huesos menudos y cabellos aún húmedos.
—Llegas tarde, Lyral —roncó la anciana sin mirarla—. Ellos sabían que vendrías al oler la sangre de tus sueños derramada sobre este lodo.
La voz de la bruja arrastraba generaciones de pena. Alzó una mano temblorosa para ofrecerle el cuenco—o tal vez para robar calor.
—Entonces abre mis ojos —susurró Lyral—, si es que puedes. Muéstrame qué aguarda bajo el manto de Auria.
La anciana escarbó en el cuenco. Extraía trozos de dientes y uñas, y los esparcía formando símbolos que se retorcían solos, vibraban como musgo vivo.
—No hay gracia para quien pregunta lo que no soportará. Pero al menos sabrás qué te devora cuando el alba no vuelva —espetó, y con un giro brusco arrojó las reliquias a la bruma.
Lyral sintió texturas crueles al abrirse en su mente. Vio un salón de piedra, antiguamente dorado, ahora vacío salvo por la Dama Auria postrada ante un trono carcomido. Sus muñecas atadas con lazos de sombra, y su boca abierta en un grito sin sonido, mientras un festín de fantasmas la rodeaba. Hombres, bestias, niños—todos devoraban trozos de su carne. Lo peor no era el dolor; era ver, entre cada comensal, el propio rostro de Lyral: hambriento, masticando ansias y recuerdos.
Un frío peor que el hierro la sacudió. Volvió en sí con la bruja mirándola aún, ojos como semillas podridas.
—Has probado el festín. Has sido tan huésped como presa.
—¿Qué debo hacer? —jadeó Lyral, encorvada, lágrimas negras surcando sus mejillas—. ¿Cómo salgo?
La anciana alzó la mano—ahora huesuda garra—y le mostró un anillo oxidado.
—Solo hay salida para quien abra la última puerta. Pero las llaves son los nombres que has arrancado, y la cerradura es tu corazón. Vuelve sobre tus pasos; donde dejaste morir la esperanza hallarás al viejo rey. Si le das tu nombre, él tomará tu rostro y, tal vez, podrás arrancar a la Dama del gran festín. Pero recuerda: ningún rostro robado regresa igual.
El valle deseó tragarla, pero los pasos de Lyral sembraban dudas, no raíces. Se hundió en la noche punzante, donde cada árbol podía ser un verdugo y cada sombra un deseo olvidado. Caminó hasta que el sudor se heló en sarna sobre sus hombros y la garganta le ardió de tanto recordar los nombres que, de niña, juró nunca pronunciar. En un claro cubierto de espinas, encontró la figura del rey: una estatua tiesa, sin corona ni rostro, solo un yermo perfil de piedra y agujas.
Se acercó. Sus dedos temblaron sobre la boca ausente de la estatua.
—Mi nombre—, dijo, apenas un susurro. Las espinas se alzaron, afiladas por el hambre.
La estatua tembló, y allí donde estaba la nada creció la sombra de su propio rostro torcido, pero ávido, cruel. Un brillo dorado se encendió en los ojos de la piedra.
—La llave está dada —dijo la boca de nadie—. Pero la puerta no es para ti sola. Lo que liberes vendrá tras ti, más feroz, pues tendrá hambre y sabrá tu olor.
Sangrando sueños, Lyral se adentró al salón velado, donde la Dama Auria alzaba la cabeza, y en su garganta una voz ancestral suplicó—o maldijo—con un eco que desgarró el aire. Juntas, atravesaron la cortina de sombras, perseguidas por el banquete de muertos, y en el umbral del alba, supieron la verdad final: que nadie sale del sendero sin devenir parte de aquello que se devora a sí mismo. Y así, el valle aguardó una vez más, encorvado bajo la luna nueva, por la próxima garganta que viniera a gritar su nombre.
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