Fragmento:
En una ciudad donde la fiscalidad era cosa seria y los ladrones nunca mentían sobre sus ingresos, la vida se levantaba cada mañana justo un poco fuera de la legalidad, pero claramente dentro del margen concedido por la costumbre. Ralph era portero, lo cual no significaba que custodiara puertas importantes ni tuviera llaves doradas: solo levantaba la ceja izquierda en señal de advertencia cuando alguien pretendía entrar al edificio después de las horas estimadas de decencia.
Duración: 02:59
En una ciudad donde la fiscalidad era cosa seria y los ladrones nunca mentían sobre sus ingresos, la vida se levantaba cada mañana justo un poco fuera de la legalidad, pero claramente dentro del margen concedido por la costumbre. Ralph era portero, lo cual no significaba que custodiara puertas importantes ni tuviera llaves doradas: solo levantaba la ceja izquierda en señal de advertencia cuando alguien pretendía entrar al edificio después de las horas estimadas de decencia.
La propiedad era antigua y sus ladrillos parecían resignados, igual que el propio Ralph. Pero ninguna pared era tan sabia en los trucos como la señora Tindle, quien afirmaba no haber visto el sol desde que desapareció su marido en una expedición al sótano. Era una historia poco creíble porque, en realidad, nadie había visto nunca al señor Tindle. Según la señora Tindle, él era muy bueno evitando la luz.
Una noche de neblina, cuando las luces de gas tintineaban con el viento y las sombras jugaban a ser más largas de lo que podían, Ralph recibió la extraña visita de un hombre que llevaba zapatos perfectamente limpios: algo sospechoso en un barrio donde incluso la suciedad parecía un lujo. El hombre preguntó, en voz baja, si quedaban habitaciones libres para miedos antiguos y ocasionales episodios de culpa. Ralph, acostumbrado a preguntas raras y tarifas aún más raras, ofreció la habitación justo arriba del lavadero, donde jamás nadie dormía dos noches seguidas.
Al llegar allí, el visitante dejó caer una bolsa. El tintineo dentro era demasiado discreto para ser monedas. Ralph, como todo buen portero, sabía mantener una curiosidad profesionalmente contenida, así que solo preguntó si necesitaba toallas. El hombre negó con la cabeza, luego sacó de la bolsa una serie de espejos, cada uno pequeño, opaco y con más huellas que recuerdos.
Mientras en la ciudad crecía el rumor de que alguien negociaba con arrepentimientos viejos, la señora Tindle bajó con su canario, que tenía la costumbre de dormir en su pelo. Exigió saber si “el de los espejos” era confiable. Ralph solo puso cara de portero, esa que contiene todas las respuestas y ninguna al mismo tiempo. El canario lo miró, con ojos húmedos, y luego se durmió.
Esa noche, tras un sonido de cristales rotos, las luces parpadearon, la caldera tosió, y la sombra del visitante descendió las escaleras, dejando atrás los espejos hechos añicos. La ciudad, indiferente, giró del lado bueno de la almohada. Al día siguiente, solo quedaba un leve rastro de polvo plateado y una nota: “Algunas reflexiones son mejores rotas”.
Ralph barrió las escaleras mientras la señora Tindle le preguntaba si esta vez había sido un ladrón o un poeta. “A veces, la diferencia solo está en los zapatos”, contestó, quitándose una piedra del suyo. En la ciudad de nunca suficiente, la fantasía era algo que se perdía en la colada y a veces, solo a veces, volvía en la forma de un huésped con espejos.
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