Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oída en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios se recuesta en su bando de oro. Pero Lirana, que no sabía cerrar los ojos ni abstenerse de andar, cruzaba los viejos caminos de piedra sangrada buscando esa llama imposible de ser robada, ni contenida, ni pedida en lenguaje humano.
La víspera de la Quinta Luna, Lirana encontró al custodio: una estatua nada festiva, carcomida por lluvias que lamen como perros sin dueño. El custodio era llamado Yaolm, y tenía la piel de cerezo amargo. Le habló con la voz que tienen los árboles tras un incendio:
—¿Por qué preguntas por lo que no puede ser hallado?
Lirana solo mostró la palma de la mano, tiznada de azul hasta la muñeca, la señal de aquellos a quienes les fue prometido el regreso.
—No busco hallarlo —dijo. Su voz era una grieta en la madera húmeda—. Solo quiero ser oída.
—El eco no sana, hija de nadie.
Más allá del custodio, la senda se volvía surco de huesos menudos, fragmentos de palabras olvidadas; cada paso arrastraba recuerdos de un séquito que Lirana no reconocía, y sin embargo la seguía. Rodeó la estatua y al hacerlo bufó un viento que traía consigo el olor de un puerto donde hubo batalla, donde alguien debió esperarla, y no fue. La llevó hasta una ciudad no inscrita en libro ni en historia: Varanos, la de las murallas invertidas, donde los sueños se tejían bajo la corteza de los álamos grises.
En Varanos, nadie dormía, pero todos cerraban los ojos para olvidar mejor. Los habitantes danzaban a deshoras, pintando señales rojas en sus mejillas, y Lirana supo que aquí tampoco hallaría ni cobijo ni espejo, sólo prisiones que brillaban en la penumbra de los lentes esmerilados. Un mendigo de seis bocas y ningún nombre le ofreció una palabra a cambio de media verdad.
—¿Por qué cruzas tierras roídas por el desamor de los antiguos?
—Busco el fin de la errancia. Busco el fuego que no devora.
En aquellos años, las palabras malgastadas aún tenían una pátina de poder y un rumor corrió por Varanos: la forastera azulada buscaba el Corazón de la Llama Cuajada, un fragmento primigenio de tiempo, que se enrosca tres veces en la garganta de quien lo posee, haciendo que ni pueda hablar ni pueda morir. Una bruja de los corredores, Rebin, se apiadó de Lirana, no por compasión, sino por aburrimiento.
—Hoy los dioses no miran —le susurró al oído—. Camina conmigo.
Y juntas bajaron por un camino de sombras, donde el idioma de los vivos y muertos era el mismo: lo nunca dicho, lo aún temido.
Rebin la condujo a la corte de los Custodios Dormidos; formas que no respiraban, ni reían, ni miraban, pero cuyo aliento llenaba todas las habitaciones con el viejo olor de la promesa rota. Aquí Lirana tres veces dudó, tres veces sufrió el hielo subiendo por los huesos, tres veces casi rogó volver atrás.
—Si cruzas esa puerta —dijo Rebin—, la unicidad de tu ser se perderá entre los filamentos del primer olvido.
—Lo que fui —respondió Lirana— no basta para vivir. Tampoco lo será lo que sea. Líbrame de mi sombra y que arda.
Así, entrando sola en la sala de escombros, Lirana enfrentó al Corazón de la Llama, colgando como fruto prohibido de una raíz invertida en el techo. Se oyó a sí misma en ecos que no eran suyos, y comprendió: el viaje no era para obtenerla, sino para mirarla, comprender la desnudez entera de la promesa que nunca pudo cumplirse. Tomó la llama en sus manos y la dejó morderle la piel. Y mientras ardía, sin quemarse, mientras era desollada sin morir, Lirana fue vista por el último dios ausente —uno que había olvidado su nombre y, con él, el de todos sus fieles—, y este, en su misericordia feroz, la dotó de un don: canto sin eco, partida sin fin.
Se dice en Erazin que aún camina, azul y calcinada, que allí donde pasa renacen árboles de hojas sin tiempo, y aves que nunca aprendieron a dormir. Que no tiene patria, pero en su pecho reluce una luz que ni puede ser robada ni contenida, ni pedida en lenguaje humano. Porque hay una hora, apenas oída, en la que aún arde la posibilidad de la piedad.
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