Fragmento:
"¿Por qué seguimos aquí?", preguntó Irsa, tensando el arco aunque no había nada que cazar salvo recuerdos. Berenghar no respondió; en vez de eso, se arrodilló cerca del círculo de piedras donde antes brilló el fuego campamental. Retiró la capa y hurgó en la tierra con las manos, como un animal atormentado. Sus dedos tocaron algo frío, un anillo que había pertenecido al hijo que le arrebataron seis lunas atrás, muerto por la sombra de un enemigo cuyo nombre ni se atrevían a pronunciar.
Duración: 05:24
La noche caía sobre el Bosque de Asmura como una ola de vino negro, denso y frío, barriendo los claros y ahogando la última luz del día. El silencio vibraba entre los troncos rojos de los pinos, sus agujas cargadas del peso de un reciente asesinato. Allí, entre la niebla y la sangre, Lord Berenghar De Ver le ofreció al crepúsculo lo único que aún poseía: la promesa del retorno.
A la entrada de su tienda rasgada, el hedor de hierbas chamuscadas intentaba, en vano, cubrir el tufo de la carne desgarrada que pendía de los árboles. A sus talones se arrastraban los ecos de la masacre; veintiséis hombres perdidos en una sola noche, el estandarte del ciervo plateado hecho harapos entre barro y vísceras. Le quedaban tres leales: Irsa, la arquera de ojos lúgubres, Eldim el escudero hijo de nadie, y Korys, el sargento cuya cara estaba tan marcada como el campo después de una estampida.
"¿Por qué seguimos aquí?", preguntó Irsa, tensando el arco aunque no había nada que cazar salvo recuerdos. Berenghar no respondió; en vez de eso, se arrodilló cerca del círculo de piedras donde antes brilló el fuego campamental. Retiró la capa y hurgó en la tierra con las manos, como un animal atormentado. Sus dedos tocaron algo frío, un anillo que había pertenecido al hijo que le arrebataron seis lunas atrás, muerto por la sombra de un enemigo cuyo nombre ni se atrevían a pronunciar.
Los pinos crujieron con el peso del viento y de los cuerpos colgantes. Eldim rezaba, palabras apenas audibles: "Padre de la Caza, Guía En La Sombra, líbranos de la Lengua del Lobo". Nadie recordaba cómo empezó el odio; sólo sabían que los Lobos Grises bajaron del norte tras la hambruna de invierno, ávidos no sólo de carne sino de leyendas nuevas para nutrir su terror.
Una rama se rompió, un aliento gélido barrió el campamento y, desde el límite del claro, surgió una silueta encapuchada. Irsa levantó el arco, Korys desenvainó su hacha. Pero Berenghar los detuvo alzando la mano. El encapuchado avanzó con lentitud y, bajo la capucha de fieltro negro, brillaron dos ojos como ópalos rojos. "No he venido a matarlos", declaró con voz rasgada por la sal y el hollín.
"Traigo venganza", continuó la figura, "y sólo juntos podremos degustarla". Arrojó a los pies de Berenghar una bolsa de cuero que al abrirse dejó rodar tres anillos cortados de los dedos de hombres poderosos. Las iniciales estaban grabadas a fuego: Osc, Vyn, Harr. Sangre noble, sangre corrupta. Berenghar lo entendió: sus enemigos se mataban entre sí, y aquel ser misterioso era heraldo de una nueva alianza, la que sólo el odio puede forjar.
El campamento pactó en silencio esa noche, bajo la mirada altiva de las estrellas y el rumor de los árboles testigos. El encapuchado, que se nombró a sí mismo Morren, llevó al grupo por senderos ocultos, evitando las huellas de los Lobos Grises y de los fabulosos y traicioneros Pájaros de Tizón, que devoran tanto la carne como la memoria en su vuelo. Así cruzaron hasta un claro donde la luna refulgía sobre una tumba abierta.
"Debéis jurar sobre los huesos de los caídos," exigió Morren, "pues solo una promesa sellada por la muerte puede resistir la tormenta que viene". Uno a uno, los supervivientes hundieron la mano en la fosa. En sus dedos se pegaba el barro negruzco, en el pecho algo vibraba de miedo y ansia. Berenghar fue el último. "Que mis enemigos se ahoguen en el mismo barro que bebieron su ambición", musitó.
El encapuchado sacó de entre sus ropas un estandarte: no era ni el ciervo, ni el lobo, ni el halcón de las crueles Alturas de Lysith, sino un emblema nuevo forjado en la tragedia: un puño apretado en torno a una rama de pino ensangrentada. "Esta será nuestra bandera", dijo Morren, "y cuando el mundo la vea, sabrá que aquí mueren las casas antiguas para que crezca una venganza más feroz."
Al alba, los Lobos Grises llegaron al claro, confiados en la desunión de sus presas. No esperaban hallar un ejército de despojos, comandado por Berenghar con la furia de quien ya lo ha perdido todo. Irsa disparó sus primeras flechas, Korys danzó entre los cascos de los caballos enemigos, Eldim recogía espadas y promesas, mientras Morren susurraba conjuros en la lengua olvidada de los Pinos Rojos.
Un relámpago hendió el cielo al estallar la batalla. Sangre sobre nieve, gritos ahogados por el crujido de huesos y leña. Pero aquella lucha no era sólo acero contra acero; los demonios de la venganza, desatados por el juramento nocturno, se deslizaron con la niebla, torciendo la voluntad de los enemigos, sembrando caos y traición allí donde menos lo esperaban.
Cuando todo terminó, la bandera del puño erguido ondeaba en la cima de la colina. Berenghar, cubierto de heridas nuevas y antiguas cicatrices, miró a sus leales. Pocos quedaban ya, pero el miedo en los ojos de los vencidos era mayor que cualquier ejército. Morren se diluyó en la niebla, arrastrando consigo algo de la sombra que antes amedrentó a Berenghar.
En el eco de la última flecha, bajo la sombra interminable de los pinos de sangre, nació un nuevo linaje, tejido no por la pureza sino por un juramento hecho sobre muertos. La venganza y la esperanza, indiscernibles ahora, se extendían como raíces bajo la tierra fría, esperando el siguiente invierno, el siguiente enemigo, el próximo precio a pagar.
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