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Fragmento:


Desde las murallas caídas las colinas parecían heridas abiertas en carne de barro, y sobre ellas llegó la sombra de Vell Aghri, un hombre sin patria con la lengua partida en dos por mentira y promesa. Se presentó ante el Concejo con una bolsa de ojos secos y risueños. Nadie preguntó de quiénes eran. Su trato fue claro: les daría fuego negro para la defensa, pero a cambio deseaba la corona de huesos de Tern.

Duración: 03:57

El Susurro de las Llamas
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Antaño, la ciudad de Tern pasó un invierno tan largo que los gritos de los muertos siguieron flotando en las calles hasta bien entrada la primavera. Pero aquel año se avecinaba uno peor, lo decían las nubes jadeantes, el olor a ceniza en la lluvia y esa quietud del aire, como si el mundo aguardase la mano de un verdugo. Nadie lo dijo en voz alta, pero Caethe, la hija del último herrero, supo leer los signos. En Tern sabían perder, y perder dignamente, pero la dignidad se ve distinta cuando el enemigo es el propio destino.

La herrería de su padre había dejado de forjar esperanza para dedicarse a los implementos de la humillación: grilletes, cerrojos, puntas de lanza dentadas y feas. Ferran, el herrero, quemó la cruz de la tradición cuando fundió la última espada personal de la ciudad en clavos para los ataúdes. Caethe, mientras, limaba los bordes, observando la ciudad agonizante por la ventana: hombres sucios bebiendo tabaco en vez de pan, niños jugando a enterrar ratas imaginarias.

Desde las murallas caídas las colinas parecían heridas abiertas en carne de barro, y sobre ellas llegó la sombra de Vell Aghri, un hombre sin patria con la lengua partida en dos por mentira y promesa. Se presentó ante el Concejo con una bolsa de ojos secos y risueños. Nadie preguntó de quiénes eran. Su trato fue claro: les daría fuego negro para la defensa, pero a cambio deseaba la corona de huesos de Tern.

Ninguno protestó, ni siquiera el viejo sacerdote con los dedos manchados de aceite, pero Caethe escuchaba desde las sombras y tomó nota del temblor con que el líder aceptó. Esa noche, el fuego negro ardió en los calderos enormes junto a las puertas. Cuando los enemigos del norte vinieron, ni siquiera supieron en qué momento el aire les robó el alma. Murieron de pie, las armas en manos y la sangre pegándose a las piedras.

Pero Tern también murió. El fuego negro se impregnó en todo y lo respiraron bebés y abuelas, perros y campanas. Los soldados lloraron lágrimas de hollín, sus huesos se combaron como plomo bajo sol de mediodía. Las ratas se pusieron a hablar y reír y a inventar pequeñas historias obscenas sobre los humanos, raptando dedos y dientes para sus banquetes.

Caethe fue la última en salir de la herrería. Su padre yacía encorvado sobre el yunque, la barba ardida, la mirada perdida en las brasas agonizantes. “No queda acero digno, niña”, murmuró. “Tampoco manos para guiarlo.” Ella le cerró los párpados y tomó una de las lanzas dentadas, aún tibia, sin lavar. Salió a las calles para enfrentarse a los espectros del fuego, dispuestos a reclamar lo que quedara de su hogar.

Cerca del pozo seco, se cruzó con Vell Aghri, quien desplegaba dedos de humo entre la muchedumbre postrada, pescando secretos. Le olió el miedo. Pero el miedo era todo lo que tenía, y a veces, el miedo es arma suficiente. Caethe le clavó la lanza en el costado y esa sangre era fría, azul y antigua. Aghri no gritó; sonrió. Dejó que los ojos de ella se llenaran de sus recuerdos: ciudades como Tern, vendidas; muertes como las de su padre, repetidas y negociadas.

“Hay más caminos”, dijo la voz del hombre de fuego negro. “Siempre hay otro precio.”

Caethe, rota y vacía, se apartó. Los demás la miraron como se mira a una nueva leyenda, a una maldición con piernas.

Cuando por fin la primavera susurró en los huesos rotos de Tern, Caethe no salió a buscar redención ni venganza. Caminó sola hacia las colinas, donde las ratas danzaban y el fuego negro aún susurraba antiguos nombres. En la punta de la lanza, gota a gota, goteó la última mentira de la ciudad. Y en la ciudad, los condenados aprendieron a vivir con la ceniza entre los dientes, temiendo la risa cada vez que el viento cambiaba.

Todos aprendieron, menos ella; pero fue suficiente para que, en las noches en que el miedo se disfrazaba de recuerdo, las mismas ratas callasen y la escucharan soñar.

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