***
A Maelik el Tuerto se le habían acabado las excusas con la primera helada. Encogido en la trastienda de la herrería de Darn, mirando el húmedo resplandor de las brasas apagadas, le pareció oír la voz de su hermano muerto en la tormenta: “Nadie rompe la palabra en Firdam, ni siquiera los cobardes”. Maldita fuera la memoria por no dejarle vivir en paz.
La ciudad se desangraba desde el último otoño y nadie fingía otra cosa: no se vendía pan sin sangre, ni se sellaba un barril de cerveza sin rencor salado bajo la lengua. La vieja reina agonizaba despacio en su torre de obsidiana, y la corte—retorcida y pálida como ratas de cloaca—rondaba su lecho esperando el suspiro final. De las murallas para afuera, los clanes solo se mantenían unidos por promesas viejas como el hambre, y Maelik cumplía años preguntándose si esta era la época en que los hombres buenos terminaban haciéndose monstruos.
Detrás de él, Darn escupió sobre las cenizas. “Te marches o te quedas, pero deja de empujar el hierro con esos dedos. No hay anillos que salvarán un cuello cuando vengan a por nosotros.”
“¿Y qué harás tú?” preguntó Maelik, sin mirarle.
El herrero alzó el brazo—su única respuesta un antebrazo fuerte y cicatrizado—como si la carne fuera motivo suficiente para elegir pelear.
Era la noche de la última luna roja, dijeron en las tabernas. El día que bajaron los urugos del norte, escupiendo dientes y rezando a dioses que exigían sangre y tierra, no perdón ni plata. Maelik no recordaba exactamente cómo fue que terminó con la espada vieja de su padre ceñida al cinto, con una promesa ajena en los labios. Solo que huir sería no solo cobardía, sino también traición a todos aquellos cuyos nombres pesaban en sus sueños.
En el patio de la herrería esperó, mientras los gritos se hacían más nítidos en la noche, y las antorchas de los urugos bailaban sombras largas sobre el lodo congelado. Las puertas de la ciudad resistieron tres embestidas. A la cuarta, la madera crujió como las vértebras de un animal anciano.
—No somos muchos —murmuró una voz cerca de su hombro. Era Nora, la sargento, con una cicatriz que le cruzaba la mandíbula y una risa que nunca llegaba a los ojos. —Pero somos los suficientes para morir bien.
A Maelik le hubiese gustado encontrar en su alma el temple de un héroe, o el desprecio de un villano. En vez de eso, solo sintió vacío. Pero apretó la empuñadura de la espada, y siguió el paso de Nora hacia la puerta astillada, hacia el muro de escudos, hacia donde el destino cortaba y quemaba sin distinguir derecho de equivocado.
El primer urugo que pasó la brecha era casi un muchacho, con las orejas a medio mutilar y la cara salpicada de barro. Maelik le hundió la hoja en el vientre y todo el mundo pareció detenerse un instante, como si ni el filo ni la sangre pudieran convencerle de que aquello era real. Luego fue el caos: acero y grito y humo, hombres arrastrándose por los suelos manchados, rezos quebrados en lenguas que nadie en Firdam había oído jamás.
Cuando amaneció, el humo era tan denso que ni siquiera las campanas de la torre parecían sonar limpias. Entre los montones de muertos, Maelik perdió la cuenta de las veces que creyó encontrar a su hermano entre los rostros helados y azules. La ciudad resistió—pero solo en la forma en que las ruinas resisten: recordando, odiando, esperando sin esperanza.
Nora pasó a su lado, sangrando pero en pie. “No hemos vencido. Solo duramos otra noche. ¿Puedes vivir con eso, Maelik?”
Él no respondió. Solo se quedó allí, la espada apoyada en la tierra embarrada, los nudillos blancos, la palabra de su hermano resonando otra vez en el silencio: Nadie rompe la palabra en Firdam, ni siquiera los cobardes.
Miró el amanecer pálido, oyó a los cuervos y el llanto de los heridos, y supo que mañana habría que elegir de nuevo. Quizá entonces, pensó, no serían tan pocos. O quizá solo quedara uno. Pero el hierro seguía caliente, y con cada latido, Maelik el Tuerto seguía respirando. Y a veces, incluso eso era bastante.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.