Pack Harry Potter - La serie completa
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
La niñera
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Tras la puerta
Portada del relato Las cartas no enviadas del Sr. W
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El viernes, de acuerdo al calendario familiar y a la crónica de la tía Elli, fue el día en que el señor Witherspoon —hombre de estrictos modales, calcetines de lana y peculiares opiniones sobre el sentido de la vida tras los eclipses— decidió preguntarse a sí mismo, frente al espejo (un espejo que sólo devolvía medias respuestas), cuánto pesa, realmente, el arrepentimiento. La respuesta —que, créame, me llegó por carta tan sólo tres semanas después, con tachaduras y manchas de té— se encontraba en la receta de budín de pan adjunta, escrita por error en sánscrito. Pero el peso del arrepentimiento, según el Sr. Witherspoon, es casi siempre un asunto caligráfico.

Duración: 05:14

Las cartas no enviadas del Sr. W
-a / +A

Muy apreciado lector, permítame, antes de tirar la primera palabra sobre este lienzo despeinado, advertirle que está usted a punto de ingresar en una casa de espejos rotos y pasillos demasiado estrechos para el decoro narrativo, donde los hechos, si acaso los hay, vagan en bata y olvidan cerrarse las puertas. Nosotros, usted y yo, perseguiremos ese hilo de lana gris que alguien, tal vez mi tía Elli, dejó tropezar por las escaleras un día tan nublado que hasta el reloj decidió dormirse dos veces, la segunda más profundamente que la primera.

El viernes, de acuerdo al calendario familiar y a la crónica de la tía Elli, fue el día en que el señor Witherspoon —hombre de estrictos modales, calcetines de lana y peculiares opiniones sobre el sentido de la vida tras los eclipses— decidió preguntarse a sí mismo, frente al espejo (un espejo que sólo devolvía medias respuestas), cuánto pesa, realmente, el arrepentimiento. La respuesta —que, créame, me llegó por carta tan sólo tres semanas después, con tachaduras y manchas de té— se encontraba en la receta de budín de pan adjunta, escrita por error en sánscrito. Pero el peso del arrepentimiento, según el Sr. Witherspoon, es casi siempre un asunto caligráfico.

Ese mismo viernes, o quizá fue jueves, mi prima Mathilda contaba monedas junto a la ventana, esperando la visita del cartero Filch, que —conociendo sus tendencias a la pereza— acostumbraba a entregar cartas a las casas equivocadas para reducir sus propias jornadas. Ella, entre moneda y moneda, deseó no recibir aquella carta azul, que de cualquier modo llegó. En su interior, sólo una pluma blanca. Nadie parecía recordar cuándo o por qué comenzó la tradición de enviarse plumas entre parientes, pero todos, tarde o temprano, recibían una.

En el desván, el joven Geoffrey escribía en el polvo acumulado sobre el baúl de la bisabuela una carta a la amada que nunca conoció. "Estimada Lucille —rayó con su dedo—, tal vez eres sólo una de las palabras que se esconden al final del diccionario, o el nombre de una melodía que tararean las vigas cuando el viento sopla del noreste". Cuando, años después, al abrir el baúl, sólo encontraron la marca leve de sus palabras, nadie en la familia se extrañó; algunos recuerdos prefieren vestirse de invisible.

El padre, por otra parte, había decidido coleccionar relojes. Relojes detenidos, andando, girando en sentido contrario, relojes sin manecillas, de péndulo y de sol. Todos alojados en la estancia oeste, donde, declaraba convencido, el tiempo se acumulaba como el polvo y podía verse, algunos días, prendido en el aire como si fueran luciérnagas. "Cada reloj atrapa, entre sus ruedas dentadas, un instante que no volverá", murmuraba. Se desconoce cuántos instantes atrapó, pero sí se sabe que, con el tiempo, la estancia tuvo que cerrarse pues el tictac crecía como maleza y amenazaba con invadir el comedor.

Ahora bien, dejando de lado a los vivos, la abuela Humphrey prefería intervenir en las cosas desde el otro lado, dejando mensajes en el vapor del espejo del baño, alterando la posición de las cucharas o cambiando de canal la radio justo cuando sonaba la Tarantela. Un día amanecimos y sobre el mantel, escrito con azúcar granulado, apareció: "Hoy, no olviden los guantes rojos." Sin embargo, nadie recordaba haber poseído guantes de ese color. El tío Aaron los buscó hasta en el horno, por si algún recado del más allá podía también arder.

En uno de los cajones del aparador, alguien —la mano anónima de la memoria, posiblemente la de la tía Elli— guardó una lista de verdades incómodas:

1. Las cartas sólo llegan a quienes no esperan recibirlas.

2. El café sabe distinto en las tardes de lluvia.

3. Hay corredores donde el eco responde antes que uno pregunte.

4. Nadie sabe de qué lado colgar los retratos de los ausentes.

5. El reloj de la estancia dejó de marcar la hora, pero nunca dejó de marcar la ausencia.

Salto entonces hacia el domingo, donde todos los habitantes de esta historia, salvo los fantasmas que duermen de día, se reúnen alrededor del pastel de zanahoria (que siempre queda torcido, pero eso le añade carácter, dice Mathilda). Ahí, los fragmentos de conversación flotan como notas sueltas de un piano desafinado:

—¿Alguien ha visto mi libro de mapas imposibles?

—El sauce del jardín ha crecido, parece que ahora se inclina hacia el norte.

—No entiendo por qué la leche sabe a melancolía estos días.

—La abuela dice que le respondieron en sueños, pero era en italiano y sólo recuerda la palabra finestra.

—Hoy el tiempo pasó de puntillas.

Tal vez en otra casa, o en una historia mejor emparejada, sería el momento de cerrar estas páginas, pero aquí, en el reguero insensato de nuestra genealogía, cada día es una promesa de nuevos retazos y cada noche, un baúl repleto de cartas nunca enviadas. Le invito, lector —si aún no ha perdido la paciencia— a descubrir bajo su propia almohada la pluma que le corresponde. Nadie puede decidir el mensaje escrito en su vapor, pero asegúrese de leerlo antes de que las palabras se desvanezcan en la primera luz del martes.

FIN (o, más bien, “Mientras tanto…”).

Pack Harry Potter - La serie completa
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
La niñera
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Tras la puerta

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.