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Portada del relato Un cuaderno troceado en la estación
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Fragmento:


Miércoles: en la cocina algo sigue abierto.”

Duración: 04:18

Un cuaderno troceado en la estación
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La silla, siempre movida un poco hacia la izquierda cuando entraba. Marta cree que es Lucas, pero Lucas no pisa ese cuarto desde abril, o eso dice. Hay un olor en la madera que no acaba de irse. No es humedad. Marta ha olido suficiente humedad para diferenciarla de los recuerdos.

El teléfono en la cocina suena. Nunca a la misma hora. Un número distinto cada vez, voces que tal vez sean la misma, distorsionada, preguntando por nombres equivocados. “Aquí no vive nadie con ese nombre”, pero todos los nombres han vivido en la casa alguna vez.

Un cuaderno verde con una página arrancada. Escrito:

“Lunes: cerrar la puerta.

Martes: cerrar la otra puerta.

Miércoles: en la cocina algo sigue abierto.”

Lucas escribe con tinta verde, pero esto parece lápiz; Marta finge no haberlo notado. Las bombillas del pasillo parpadean a un ritmo distinto al de los latidos, como si llevaran un pulso propio, no humano ni eléctrico. En la mesa hay una carta, estampilla nunca franqueada, remitente ilegible, “Para ti, si te acuerdas”.

Hay una tapa de yogur sobre el alféizar, doblada meticulosamente en cuatro partes exactas. Marta piensa comer el yogur después, pero nunca lo hace. Lucas la encuentra a veces frente a la ventana, mirando la tapa, preguntándose si alguien la observa desde la otra acera. Recuerda un sueño: entra en la cocina, abre el refrigerador. De dentro, sale música en vez de frío, una melodía infantil. Tiene que cerrar la puerta muy despacio, o la melodía se detendrá (¿y si no vuelve?).

En otro lugar, una foto en blanco y negro. Un niño y una mujer, ninguno de los dos sonríe, pero detrás hay globos. La fecha: julio del 82. Ni Marta ni Lucas habían nacido entonces. Se reparten las tareas de olvido: a Marta le toca limpiar el polvo. A Lucas, el de los nombres.

En medio de la noche, el timbre suena una, dos, tres veces. Nadie en el umbral. Lucas (¿o Marta?) encuentra una nota bajo la felpudo:

“Recuerda lo que viste en la habitación del fondo.”

No puede entrar en esa habitación desde hace meses. Un día, el pomo se soltó casi sin quererlo, la puerta encajada y lista para no abrirse jamás.

En la radio de la cocina, frecuencias perdidas, voces en idiomas que ninguno reconoce, pronostican lluvias donde siempre hay sequía, o sequías donde no ha llovido nunca. Cada palabra parece un fragmento inservible, una nota suelta de un acorde olvidado.

Un vaso de leche medio bebido sobre la mesa, borde blanquecino donde queda la huella de una boca. Marta piensa en los dientes, en la marca que dejarían si la leche volviera a ser sólida, si alguien pudiera leer las huellas como partituras. Lucas halla en la basura un sobre antiguo, solo una palabra escrita a mano: “siguiente”.

El tiempo da vuelta sobre sí mismo. En la cocina, la silla no está ya allí, sino en la ducha. Nadie habla de cómo llegó ahí. Marta busca la tapa de yogur. Lucas ha dejado una piedra en el congelador. Afuera, la lluvia golpea en diagonal, y parece que las gotas insisten sobre el mismo rincón del tejado, siempre, toda la vida.

A las tres cuarenta y cuatro de la madrugada, despiertan los dos sin moverse, solo con los ojos abiertos. Hay una lámpara encendida, que no es de ellos. Oyen a alguien cuchichear desde el recibidor. No se atreven a salir de la cama; la sábana, improvisado búnker.

Recuerdan un mismo sueño: la casa está llena de cuadernos y cada uno de esos cuadernos no tiene más que una página escrita e idéntica:

“No abras la puerta de la cocina de madrugada.”

Pero nadie se acuerda de haberla abierto. Nadie confiesa tener la llave.

Amanece y en la nevera hay dibujos que no estaban antes: una luna, un perfil (el de Marta, apuntaría Lucas). Solo que la luna parece boca abajo.

Cuando Lucas pregunta quién los dibujó, Marta calla, musita, se despide y se esconde tras la puerta de la habitación clausurada. Afuera, la mañana nunca termina de aclarar.

La silla vuelve al pasillo. Alguien la mueve. El olor en la madera, el frío sin música. Los fragmentos nunca forman el todo; la casa, a pedazos, los abraza.

Y la llamada vuelve a sonar, la voz errónea pregunta por otro nombre—aunque esta vez, sí, es el de Marta.

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