El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
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Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato Conversación en la margen
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Fragmento:


Caminaba bajo la lluvia perenne —siempre la lluvia, como un comentario marginal que no se atreve a tocar el argumento— mirando los charcos que, en la ciudad arqueada, tienen vocación de espejos. Era tarde de domingo, como cualquier otra, y mis pensamientos se deslizaban con el sigilo de las ratas que hurgan en el fondo viscoso de las palabras no dichas. El manuscrito reposaba en mi gabardina, sus hojas temblorosas, aún tibias de las manos febriles que, ajenas a sus límites, lo habían convocado. El manuscrito —oh, maldita entidad— respiraba, arrullado por el tránsito de mis dedos y el temor de volverse nada más que una suma de líneas, una confesión interminable de su insuficiencia.

Duración: 05:44

Conversación en la margen
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Caminaba bajo la lluvia perenne —siempre la lluvia, como un comentario marginal que no se atreve a tocar el argumento— mirando los charcos que, en la ciudad arqueada, tienen vocación de espejos. Era tarde de domingo, como cualquier otra, y mis pensamientos se deslizaban con el sigilo de las ratas que hurgan en el fondo viscoso de las palabras no dichas. El manuscrito reposaba en mi gabardina, sus hojas temblorosas, aún tibias de las manos febriles que, ajenas a sus límites, lo habían convocado. El manuscrito —oh, maldita entidad— respiraba, arrullado por el tránsito de mis dedos y el temor de volverse nada más que una suma de líneas, una confesión interminable de su insuficiencia.

Me detuve en el umbral de la taberna de O’Shea, ese refugio de los narradores cansados y las criaturas de las contrahistorias. Allí estaba él, sobresaltadamente cuerdo, sorbiendo una taza de café que olía a imprenta y a noche sin tregua. Quise sentarme a su lado —llamémosle L.— pero antes de ocupar el banco, lo supe: su historia comenzaba cuando mi silencio terminaba. Observó mi mirada, y en sus pupilas vi las riberas de mi relato, el reflejo de mis propias palabras huyendo río abajo, persiguiendo el delta incierto de un texto que busca desbordar su cauce.

—¿Te has leído hoy? —preguntó sin apartar la vista de su cuaderno.

Tragué saliva, adivinando que la respuesta carecía de importancia. El aire se colaba entre nosotros como un margen. Era el intervalo preciso donde los personajes susurran al oído del autor y, si él se deja tentar, abandonan el argumento y se dispersan en los pliegues de la sala, revoloteando como mariposas de noche alrededor de la bombilla temblona.

—A veces me confundo. No sé si escribo o si el relato me está escribiendo, si sólo soy una silla vacía esperando el peso de un narrador ajeno.

L. sonrió, y en la comisura de su gesto advertí un secreto antiguo, uno que sólo conocen quienes han intentado acabar una novela y han fracasado. Se acercó y, con voz apenas un susurro, tejió una espiral que todavía hoy me araña:

—Todo lo escrito quiere ser leído, pero sólo una parte de lo vivido merece ser narrada. El resto debemos transcribirlo en el reverso invisible de la página.

Me retiré el abrigo, como quien se despoja de la última defensa frente al invierno del sentido, y saqué el manuscrito. Imaginé que, si lo abría, los personajes saltarían de la página, saldrían corriendo a la barra, tomarían una copa y brindarían por su efímera libertad. El camarero —más personaje que carne— rellenó mi vaso sin pedir explicación. Había en su gesto la complicidad de todos los que alguna vez sospecharon ser palabras sostenidas por la mirada de un otro invisible.

Abrí la primera página. La tinta era densa y, pese a mis mejores intentos, se escurría bajo la luz, reescribiéndose. ¿O era mi mirada la que cambiaba, la que desplazaba los significados como un lector impaciente juega a corregir la novela con cada nueva lectura?

Allí, en la primera línea, mi nombre: no mi nombre verdadero, sino el que el escritor se permite cuando nadie lo observa, cuando no teme volverse argumento de sí mismo.

Sentí la presencia de L. detrás de mis párpados, leyéndome a medida que leía. Esas páginas estaban tatuadas de confesiones, borbollones de infancia y de viejas reyertas con la estructura, con el deseo serpenteante de no cerrar nunca el círculo. Volví la hoja: el tiempo se encogió, como si la sucesión de hechos dependiera de mi respiración. Cada capítulo era un borrón de mi propia memoria, corregida y aumentada por una voz que no era mía ni del todo ajena. Una conversación donde las palabras son cadáveres que fingen estarse moviendo, esperando el chasquido sectario de la resurrección.

Entonces ocurrió: leía una escena donde otro hombre, en la misma taberna, abría otro manuscrito idéntico al mío. Espiaba desde su rincón, como si la historia se plegara, consumiéndose en los pliegues de una correspondencia infinita.

En ese instante, supe que no era su memoria la que recorría, sino la mía, y viceversa. Que cada relato era una elipsis tramposa, una finta de espejo. Que ese hombre, en la página, me leía para corregir sus propios errores, rehaciendo el manuscrito mientras el mío sangraba tinta, borracho de inseguridad.

No sólo leía a L.; L. me leía. Y detrás de nosotros, en un rincón más oscuro, un tercer hombre —o una sombra de hombre— apuntaba datos en su cuaderno. Levantó la mirada: en sus ojos estaba el miedo a que todo lo narrado, incluso este instante, fuera apenas una invención más, un pretexto para esquivar la verdad. ¿Cuál verdad? La de que la invención es la forma más educada de la mentira, y que nosotros, seres de papel y carne, vivimos para fingir y ser fingidos, esperando que un lector, en otra tarde de lluvia, se atreva a levantar la vista y nos descubra en pleno acto de falsedad, celebrando el pecado original de toda literatura.

En la taberna de O’Shea, mientras la lluvia tejía su propio relato en la ventana, entendí aquello que la voz sin dueño me había susurrado desde el inicio: no hay final posible; sólo márgenes que se expanden, escenas que se deslizan de unas manos a otras, personajes que, cansados de ser palabras, reclaman ser leídos para poder huir de sí mismos.

Y así, mientras escribo estas líneas, miro hacia atrás: la barra, la tinta, los espejos. Y te veo a ti, que has llegado hasta aquí, apostando tu tiempo en la ruleta de otra vida. ¿Nos reconoces? Somos tus pensamientos, las voces fragmentadas que te murmuran cuando crees que la lluvia no puede escucharte.

La próxima vez que te sientes, recuerda: la historia ya te ha leído antes de que te atrevas a leerla.

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