Fragmento:
Emerge un detective, Zanzíbar es su nombre hoy, pero mañana cambiará. Viene oliendo páginas frescas, adicto a los márgenes, lleva una pipa humeante rellena de acentos circunflejos y notas a pie de página. Investiga el asesinato del Narrador, que acaba de ser estrangulado con la cinta de la vieja máquina. El cadáver escribe todavía, contraído en la erosión interminable de la autocorrección.
Duración: 04:09
Levanté la hoja: una página blanca pulsando luz mortecina contra mis costillas eyectadas. Inscrito, ya siendo, el relato me saluda con los ojos de Mutis, galleta de opio en la garganta, inclinándose sobre una Underwood fantasmática que nunca acaba de traspasar el umbral de la descomposición. Sugiero en silencio un nexo, un lomo para sostener la máquina atascada de mi vida: si giras la página ahora, verás la huella digital del Narrador, reseca de tinta, colgada de algún clavo oxidado de la trama.
Ahí estás tú, lector, muy quieto, invisible, encajado entre dos frases pulidas a navaja. Tus ojos —cáusticos, carniceros— cincelan el sentido, buscan carne en la palabra. Yo ya me he perdido a esta altura, deslizando la cuchilla por la página, desollando el texto. Porque cada línea que escribo es postiza, un injerto de verdad y mentira atado por el alambre del Deseo: deseo de ser escuchado, deseo de hacerle el amor a la sintaxis, deseo de destrozarme y reconstruirme treinta veces antes del desayuno.
Escucho el repiquetear de las teclas —¿son mis dedos, o los tuyos?— la historia se produce a sí misma como gusanos en la basura caliente de la imaginación. Una mujer entra en escena, después un hombre de sombrero que suda alquitrán y murmura números primos a las cucarachas debajo del refrigerador. “No hay salida”, susurra el frigorífico, y la mujer, embutida en gabardina tejida con recortes de periódicos olvidados, se pregunta cuánto le queda antes de volverse una metáfora barata en esta carnicería de celulosa.
Emerge un detective, Zanzíbar es su nombre hoy, pero mañana cambiará. Viene oliendo páginas frescas, adicto a los márgenes, lleva una pipa humeante rellena de acentos circunflejos y notas a pie de página. Investiga el asesinato del Narrador, que acaba de ser estrangulado con la cinta de la vieja máquina. El cadáver escribe todavía, contraído en la erosión interminable de la autocorrección.
Yo, que deseo salir de aquí pero no puedo, me descubro en la esquina superior de la hoja, acosado por mis propios parásitos sintácticos. Si me desplazas, lector, si pasas otra línea, corres el riesgo de infectarte. Metáforas-amebas, oraciones virales; te contamino, eres mi herencia, mi víctima morosa.
Entonces —clic— el relato se pliega sobre sí mismo. Hashish lingual, la prosa te mastica lentamente y te escupe. Los personajes, hastiados, comienzan a devorarse entre ellos, canibalismo narrativo puro, edición hecha diente y uña. “No hay regreso, sólo reciclaje”, gruñe el sombrero hombre, mientras la mujer arranca sus ojos y los convierte en comillas para la próxima línea que nunca llega.
Un ratón toma la palabra. Nadie le presta atención, pero insiste: “La historia que crees leer es sólo la distorsión óptica de un punto y coma que se negó a suicidarse.” El detective Zanzíbar recopila pruebas: piernas desmembradas de verbos, adjetivos que supuran pus, huesos calados de puntuación. Todo apunta a un sospechoso invisible: tú, lector, por omisión o por ansia.
La máquina se recalienta. Una ráfaga de teclas decapitadas y entrañas de papel arranca los decorados, y el relato queda expuesto en carne viva. Yo te espío desde el otro lado, envuelto en papel carbón, multiplicando mis errores como conejos mutantes. Me aburro y me excito al mismo tiempo pensando en la siguiente página, que no existe, pero será.
Sientes el pulso frío de la bruma tipográfica. El subtexto te lame los tobillos. Te preguntas quién miente aquí: ¿el escritor? ¿el texto? ¿tu propia expectativa de sentido? Me río, me retuerzo. La Underwood sangra tinta marrón. El relato exhala su último suspiro, una frase torpe y tartamuda:
Así que esto, mi querido parásito, no es otra cosa que el eco enfermo de una voz que ya no existe, retorciéndose en la penumbra electrificada del lenguaje, pidiendo a gritos que no la leas, que la destruyas, que la repitas, y, sobre todo, que nunca, jamás, la termines.
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